domingo, 9 de octubre de 2011

MITOLOGÍA KAKÁ

LOS AMANTES SURI





Por


Víctor José Stilp Piccotte ©


Reservados todos los derechos ®


Del libro Huaymocacasta Tomo V - 2006



LUCAS BERTINAT - NOEMÍ RAMÍREZ



Existió una vez...


Una aldea cacana llamada Suri, cuyos habitantes recibían a quienes necesitaban alimentos y residencia. Nada pedían a cambio, y ayudaban a los visitantes otorgándoles una fracción de tierra, para que trabajaran mientras la luz del día los iluminara.


Como nada sabían de la guerra, nada sabían sobre cómo defenderse de los ataques de los guerreros que habitaban el valle. En conocimiento de ello, desde una aldea cercana decidieron atacarlos para quedarse con la cosecha de maíz.


Cundió entre los Suri la desesperación, pero el más sabio dejó de lado los principios y explicó que era necesario pedir ayuda a su amigos, tras las montañas que contenían al valle. Claro que para llegar a este lugar deberían pasar a través de las filas invasoras.


El silencio era muestra más que suficiente del sacrificio al que se exponían, por eso nadie se atrevía a proclamar su decisión, pues la muerte aguardaba al valiente que se animara.


Ante el silencio, una pareja de jóvenes se ofreció para intentar la proeza. Inmediatamente todos aprobaron la disposición de la pareja; y fue así, que luego de saludarse con sus hermanos, estos se lanzaron al arenal, tomados de la mano y confiados en que Tonapa los ayudaría.


Los guerreros invasores se dieron cuenta de la intención de los Suri, y comenzaron a perseguirlos. Al principio, el cacique envió a un pequeño escuadrón tras su huida, pero al darse cuenta de que sólo eran dos jóvenes los que escapaban, decidió enviar una de sus escuadras mayores.


La persecución se mostraba incruenta, ya que las flechas caían al lado de los jóvenes, que evitando mirar hacia atrás, corrían sin imaginar las consecuencias del suicida atrevimiento.


Sobre las cimas cercanas, el gran dios los observaba sin intervenir.


De pronto, los gritos de los guerreros comenzaron a atemorizar a la joven, que no podía seguir el ritmo de su compañero.


-Corre... ¡No te detengas!- Gritaba este, desesperado, tratando de estimularla -Ellos no deben alcanzarnos-


Los guerreros, sin embargo, se acercaban rápidamente, y las filosas puyas que arrojaban, se aproximaban al paso de los jóvenes. Sin comprender el motivo, éstos notaron que sus cuerpos se tornaban más livianos y veloces; y aunque sus fuerzas se agotaban, corrían a mayor velocidad, dado que las piernas eran cada vez más delgadas y largas, y que sus brazos convertidos en alas, soliviantaban sus cuerpos, ahora repletos de brillantes plumas.


Perdiendo por completo la fisonomía humana, los jóvenes se disiparon, dejando en su lugar a dos aves de gran tamaño.


Los guerreros, al comprender que sus enemigos se alejaban cada vez más, se detuvieron y decidieron regresar para atacar a aquellos que habían quedado en la aldea Suri.


Los jóvenes transformados en aves llegaron hasta la aldea amiga, y dibujando con sus patas el esquema de lo que ocurría, alertaron sobre el ataque enemigo. Los guerreros amigos tomaron sus armas y se dirigieron al poblado Suri inmediatamente.


Ingresando por la retaguardia, sorprendieron y derrotaron a los invasores, obligándolos a regresar a sus dominios.


Pasó el tiempo…


Los Suri, como eran muy unidos, esperaron el regreso de sus valientes hermanos. Pero ello nunca ocurrió, ya que los jóvenes nunca retornaron...


La historia asegura que luego de aquel trágico día, se suele observar sobre los faldeos de la montaña la aparición de extrañas aves, las cuales en lugar de volar, corren presurosas por los arenales en busca de comida.


Seguramente los habitantes de aquella aldea, en honor de los valientes hermanos que salvaron su progenie, decidieron llamar a las aves con su propio nombre…


-¡Suri!-


Como sucede con las leyendas, la mitología popular contextualiza la historia con sus creencias.


A raíz de ello, en el valle que habito, muchos aseguran que cuando la luz de la luna ilumina con mayor intensidad los médanos del valle, dos aves se acercan hasta el cauce del río Abaucán, para que Tonapa les devuelva su forma humana, y puedan amarse bajo la blanca luz, sin que nada los perturbe.



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