domingo, 27 de noviembre de 2011

NARRACIONES SOBRE MITOS POPULARES


la mujer del camino

El camino de la Quequi.[1]


Por el Arq. Víctor José Stilp Piccotte
Del Libro "Huaymocacasta, inhibición histórica de la Argentina"
Reservados todos los derechos



Prólogo





Hacia el oeste, el sol dibujaba el perfil de la sierra de Velasco; piedra sobre piedra, en la aridez del noreste riojano.





La mujer del camino





El sonido del “Bedford” contrastaba con el entorno ausente de pájaros, de animales, y del viento, persistente céfiro en el valle.

El camino de regreso resultaba monótono para el conductor del desvencijado camión, repleto con la leña recogida en el aislado monte.

El mal estado del camino – sobre el faldeo de la montaña – junto a la inexistente suspensión del rodado, se fusionaba con el frío, cobijando al paisaje en la caída de la tarde, tras el ocultamiento del sol.

Carlos colocó el termo y el mate sobre el asiento del acompañante, desocupado en ese viaje, ya que Julián, compañero de tareas, se encontraba enfermo, víctima de los resfríos en el comienzo del invierno.

Entre salto y salto, comenzó a verter el agua caliente sobre la mezcla de yerba y de azúcar. Luego, escupió la mezcla de bicarbonato y hojas de coca que había masticado desde el mediodía, y comenzó a succionar una hermosa bombilla de plata con incrustaciones de oro, regalo de su compadre César, al cumplir veinticinco años.

Inmerso en ese rito, se sorprendió al divisar sobre la reconocida complexión del molle, en el rancho de Los Morales, la silueta de una mujer.

- ¡Cosa rara! - Murmuró - Los Morales hace tiempo que han viajado hacia la ciudad - dudó un instante - Tal vez las cosas mejoraron, y “Chanquito” se ha curado… ¿? Tal vez, lo peor -

- Pero eso no es posible, “Chanquito” contrajo una enfermedad que no permite el funcionamiento de la médula, y por eso lo derivaron a la ciudad -

- ¿Quién será? - Continuó interrogándose.

El lento avance del camión, repleto con pequeños, y gruesos troncos de quebracho y algarrobo, permitía conjeturar sobre la persona que esperaba su paso.

Antes que el camión se detuviera, la mujer avanzó sobre el eje del viejo camino levantando sus brazos, y blandiendo las manos hacia izquierda y derecha, instó a la detención del vehículo.

- ¿Querrá ir hacia el pueblo? - Imaginó.

La intriga trasladó al olvido el mate recién iniciado. Y la brusca frenada, impulsó contra la guantera de chapa al termo relleno de agua caliente, que en corta explosión, desparramó el contenido sobre el piso, al lado de la palanca de cambios.

- ¿Puede acercarme hacia Machigasta? - Preguntó la mujer, descubriendo su rostro sobre la ventana de la puerta derecha.

- Suba, por favor - Carlos trató de imaginar si aquella mujer era familiar de los Morales, o si recordaba haberla observado en los distritos del departamento.

Pero no recordaba su rostro.

Descartó que fuera una de las que alguna vez emigraron de Machigasta, o de Villa Mazán, o de su natal Aimogasta.

La mujer, con sumo esfuerzo abrió la pesada puerta, y levantó la pierna derecha para asirse de la manija cromada. Sujetó su mano derecha a la misma, colocó el pie izquierdo sobre el mojado piso de la cabina, y penetró en el interior.

Se sentó, percatándose del agua derramada, pero no se inmutó por ello.

Carlos la miró de reojo, sin atinar a otra cosa que atisbar el horizonte.

Hubo un largo silencio.

La primera marcha, logró impulsar al pesado camión y su carga de madera.

- ¿Tiene frío? – Preguntó, sin quitar la vista del camino.

La mujer lo miró, y dejando caer la manta negra que cubría su cabello, contestó…

- ¡No! No tengo frío -

- ¿Hace mucho tiempo que espera? -

- ¡No! En realidad no lo sé -

- Le pregunto - Agregó - porque cuando pasé en la mañana, la casa de los Morales estaba deshabitada, y ahora la encuentro a usted -

- ¿Los Morales? -

- ¡Sí! - Replicó Carlos, sin entender la pregunta.

- ¿No estaba de paseo en la casa de Los Morales? - Sin esperar la respuesta, agregó - Pobre familia, “Chanquito” enfermó y lo tuvieron que llevar hasta la ciudad. Allá los hospitales tiene médicos de verdad y los viejos tienen la esperanza de salvarlo… ¿Lo conoce al “Chanquito”? -

- ¿Chanquito? - Articuló la mujer.

Carlos, dio vuelta su cara y fijó sus ojos en el rostro de la mujer.

- ¡Sí! “Chanquito” El menor, el más chico, el pibe de la familia - Elevó el tono de su voz - El menor de los hijos de don Facundo Morales… ¿Acaso no estaba ahí, esperando que pasara algún vehículo? -

La mujer suspiró. Carlos, sin saber por qué, percibió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.

- ¡No! No estaba en la casa de esa familia - Susurró la mujer - En realidad voy hacia Machigasta, donde está mi casa -

El camión comenzó un largo descenso sobre el vado mayor de un río seco, y recobró fuerzas para transitar el ascenso opuesto.

Algún pequeño tronco, soltándose de la atadura, amenazó con caer de la caja, astillando su punta al rozar el arenoso suelo.

Luego, el mismo, como poseído, se reacomodó sobre los perfiles metálicos que sostenían el chasis.

Carlos intentó retomar el diálogo.

- ¿Tiene familia en Machigasta? -

La mujer volvió a girar el rostro hacia él…

- ¡Mi hijo! ¡Mi único hijo vive allí! -

- ¿Cómo se llama? - Inquirió Carlos, con la esperanza de comprobar el origen de su ocasional y misteriosa compañera.

- ¡Julián! Se llama Julián - Volvió a callar.

- ¿Julián? - Insinuó Carlos, no sin asombro - El único Julián que conozco y que vive en Machigasta, es mi compañero. Siempre me acompaña, pero no pudo venir porque está en cama con un resfrío que ni le cuento -

- ¡Julián! - susurró la mujer.

- La verdad que no conozco otro que se llame así - Confirmó - Somos pocos en el pueblo, y nos conocemos todos - Luego imaginó - ¿A menos que tenga un sobrenombre y que así se lo conozca? -

-  ¡No! - Replicó - ¡Se llama Julián! -

El camión terminó de superar el profundo ascenso del último vado, y cuando emergió, permitió divisar el comienzo de la zona urbana.

Hacia el final de la escena, enmarcada por las montañas, coronaban los bordos que limitaban Aimogasta.

- ¡Ya llegamos! ¡Bueno! Casi llegamos - Agregó Carlos - Dígame donde se baja usted, doña - ésta vez, la mujer no contestó.

Un rayo del sol, oculto por las cumbres, logró abrirse paso entre el final de la sierra, hacia el norte, por el collado del camino que conduce hacia Los Sauces.

La cabina del camión se inundó con la luz; y ésta golpeó de pleno en el cuerpo de la mujer.

Vestía un pantalón color verde oscuro, con una campera de tela, y una manta blanca que cubría los cabellos y el resto de la cabeza.

El largo del pantalón disimulaba el calzado, y sólo su cara se mostraba límpida, clara, transparente hacia los ojos del perturbado conductor.

- ¡Déjeme sobre el costado! - Ordenó - Allí donde se juntan las pichanas, en la curva que oculta al algarrobo blanco - 

Carlos, conocía perfectamente el lugar. No sólo porque un pequeño bordo de médano ocultaba la existencia del viejo algarrobo; sino, porque hacia muchos años, cuando era un niño, un fatal suceso le había otorgado un nombre que perduraba como una leyenda popular.

- ¿En el árbol de la ahorcadita? - 

- En esa curva… - 

Carlos hundió el pedal de frenos hasta casi tocar la chapa que hacía las veces de piso inferior de la cabina. El desvencijado camión se detuvo.

La mujer empujó la puerta y ésta se abrió violentamente contra el guardabarros derecho.

Bajó sin emitir palabra.

Dio vuelta su rostro para agradecer a Carlos, y éste, sólo retuvo la imagen de la manta blanca sobre la cabeza, que esta vez, revelaba la presencia de un grueso collar en el cuello.

Una vez cerrada la puerta, Carlos impulsó el camión hacia el centro del pueblo. Después de todo, tenía urgencia en recorrer la distancia hasta su casa.

Debía bajar la carga antes que llegara la noche; además, deseaba pasar por la casa de Julián para interiorizarse sobre su salud.

Alejándose de la curva, su mente comenzaba a pergeñar una intriga. Saber hacia dónde se dirigía aquella mujer.

Dejó de lado el esquema que se había propuesto, y giró el camión por la esquina de la vieja casona de los Montoya.

El humo que emergía del caño de escape, aumentado por el esfuerzo inducido, cubrió con una larga y nociva estela al vecindario.

Retomó la salida del pueblo, por el viejo sendero hacia el Puesto de los Ceres, sobre el faldeo de la sierra de Mazán.

No demoró en llegar al lugar donde había bajado la mujer.

Explorando el horizonte, trató de ubicarla, pero no pudo hallarla.

Sólo aquel algarrobo blanco, al cual la gente llamaba “el árbol de la ahorcadita”, mostraba sus ramas superiores sobre el contorno del bordo de greda.

Carlos volvió a hundir el pedal de frenos del camión. Abrió la puerta izquierda y bajó. Cruzó el sendero, donde las viejas huellas de algunos vehículos parecían demarcar un camino, y se detuvo frente al bordo.

Su corazón latía aceleradamente; y el viento soplaba con furia, estremeciendo las largas ramas de las pichanas.

Consciente de un terrible presentimiento, sorteó el contorno de pichanas y descubrió las ramas del algarrobo, tan viejo como la historia del pueblo.

Comprobó que su imaginación había concebido la realidad.

Allí, sobre la rama más baja, colgada del cuello con una gruesa soga, se encontraba la mujer que él había trasladado de regreso hacia Machigasta.

Su cuerpo comenzó a temblar, y el corazón impulsó la sangre a ritmo acelerado. Los ojos abiertos de aquella mujer, se cruzaron nuevamente con sus ojos… Y en el estertor del momento, tan dramático, como terrorífico, abrió su boca para emitir un gutural sonido, que retumbó en el valle como un arcaico eco.

Olvidándose del camión, Carlos corrió hacia el pueblo, intentando gritar, sin poder hacerlo.

Llegó arrastrándose hasta el bar de Don Marcos. Tan asustado que el viejo almacenero casi se desmaya al verlo.

Con la voz entrecortada por lo vivido, intentó hacerse entender.

El viejo, luego de escucharlo, y visiblemente emocionado, llamó a sus incondicionales clientes, incitándoles a acompañarlos al lugar del relato.

Descreídos de la historia, imaginando un nuevo invento de Carlos – seguramente borracho como de costumbre – pero intrigados y curiosos, se juntaron para cubrir la distancia que separaba al bar del algarrobo.

Marcos, que era el papá de Julián, demostraba mayor comprensión a la historia, y, además, mayor apuro para acceder al lugar.

Todos, en definitiva, se acercaban al árbol con la esperanza de observar el cuerpo de la mujer y comprobar la veracidad del relato.

Grande fue la sorpresa, cuando la soledad del lugar los conmocionó. Sólo el árbol, el contorno de greda, y las pichanas completaban la escena.

Convencidos del invento, volvieron al bar elevando junto al viento, las burlas e ironías hacia Carlos.

Marcos, aislándose, ayudó al joven a subir al camión, y lo acompañó hasta su casa.

Luego de estacionar el vehículo en el galpón de forrajes, logró sentarlo en la reposera del patio.

Pronto le alcanzó un vaso con agua.

Mientras Carlos superaba el trance, Marcos se ausentó.

Regresó con una foto.

Sin preámbulo, acercó la misma a Carlos. Éste la observó detenidamente.

Sus ojos se agrandaron al divisar la imagen de una mujer.

- ¿Ésta es la mujer que habló con vos? - Arriesgó Marcos.

Carlos bajó la mirada. Sacudiéndose.

- ¡Sí! Don Marcos… ¡Es la mujer! -

Marcos se dejó caer sobre el sardinel del cantero cercano, y clavó sus ojos en los de Carlos… Tras un largo silencio, expresó…

- ¡Es mi esposa Nuria! Has estado con la mamá de Julián -

- Pero, don Marcos… ¿Cómo puede ser que haya traído a su esposa, la mamá de Julián? Si ella se llama Juana, y no es a la que observé colgarse de la rama del algarrobo ¡Por Dios! ¿Qué es lo que sucede? -

- Nuria ha vuelto, Carlos, mi esposa Nuria, que decidió marcharse al enterarse que Juana era mi amante, la mujer que todos conocen como la madre de Carlos. Nuria es la verdadera madre de Julián, y cuando se marchó, juró volver para llevarme con ella -

- Pero… ¿Dónde estuvo todo este tiempo? - Gimió confundido - ¿Por qué motivo hizo lo que hizo? -

Marcos tomó su cabeza con ambas manos, y agregó…

- Nuria nunca se marchó del pueblo, se ahorcó en el árbol donde te permitió verla, hace muchos años, antes de que nacieras. Julián era pequeño, tenía un año y medio, y jamás se enteró de lo sucedido - Prolongó la aspiración - la gente, los mayores, saben que todo es verdad. Descolgamos el cuerpo de Nuria y lo enterramos en el cementerio, al lado del portón principal. Con el tiempo, quedó la leyenda que le dio al árbol el nombre que conoces -

Marcos bajó su mano y su mirada. Se lo veía abatido, conmovido por lo sucedido. Luego, se sumió en un profundo llanto.

Sin emitir una palabra, Carlos se retiró del patio, olvidando pasar por la casa de Julián para averiguar sobre su estado de salud.

No pudo dormir esa noche.

La imagen de la mujer se presentaba ante él, mostrando las huellas de la soga en su cuello.

Al llegar la mañana, el fuerte viento no amainaba, y la arcaica salamandra consumía el resto de la leña, despachando al exterior el humo gris, condicionando el paisaje en el nacimiento del nuevo día.

Un fuerte golpeteo sobre la puerta de madera, sorprendió a Carlos.

Cuando la abrió, observó a Julián erguido sobre el umbral. Nervioso, sin emitir palabras, su amigo ingresó en la cocina.

- Pero… ¿No estabas enfermo? - Interrogó - ¿Para qué diablos te has levantado?

Julián, lloraba…

- ¡Papá murió anoche! ¡Papá murió anoche! -

Carlos apretó con fuerza el cuerpo de su amigo.

- Estuve con él ayer por la tarde. No sé si te contó lo sucedido -

- No - contestó Julián - Dejó un papel escrito, en él decía que sólo vos comprenderías -

Sin dudarlo, Carlos corrió hacia el galpón, puso en marcha la motocicleta de su vecino, y obligó a Julián para que lo acompañara.

Tomó rumbo al algarrobo blanco, aquel árbol de la leyenda, que oculto por el bordo de greda, encantaba una de las entradas al pueblo.

Recorrió el lugar junto a su amigo, pero esta vez no reconoció las pichanas movidas por el viento.

El algarrobo, cómplice del mito, se había quebrado a ras del suelo, borrando una historia de la que había sido protagonista.

Sin que Julián entendiera, Carlos cortó dos ramas de un visco que crecía sobre el margen opuesto del camino, y las ató formando una cruz.

La clavó en el eje del destruido tronco, e inclinándose ante la legendaria figura, rezó en silencio.

El viento dejó de soplar repentinamente, y los rayos del sol, desalojaron del espacio celeste a las nubes que ofrecían resistencia.

Hacia el este, el ruido de las cabras que buscaban pasto en la montaña, puso vuelo a la continuidad de la vida.

El corazón de Carlos, entonces, dejó de latir aceleradamente y abrazó a su amigo Julián, que empapado en lágrimas, no comprendía lo sucedido.

- Cuando regresemos le contaré la verdad - Imaginó.

Estaba en paz…

Como aquella mujer, y como Marcos, que luego de tantos años había purgado su culpa.





Apólogo





El cuerpo de Marcos, por ser hombre respetado en el pueblo, fue velado durante una noche y dos días.

Cerrado el ataúd, fue trasladado a la capilla de Nuestra Señora del Rosario, y desde allí, acompañado por una larga procesión, hasta el cementerio.

Al llegar, Carlos divisó al lado del portón de entrada, a una mujer que aguardaba la llegada del cortejo.

Una manta blanca cubría su cabello y su rostro. Supo que era ella. Lo corroboró, cuando depositado el cuerpo de Marcos en la tierra, al observarla ingresar en su tumba.

Carlos y Julián, ya ancianos, relataron la historia que he transcripto.

A pesar de que los años y el continuo esfuerzo, sumados a los efectos del alcohol y del tabaco,  han mellado sus físicos, todos los domingos visitan las sepulturas para rezar un rosario.

Julián sabe que allí descansan su madre y su padre.

Carlos sabe que fue el nexo que permitió cerrar una historia.

Antes de retirarse del camposanto, como si formaran parte de un desusado rito, dejan sobre la tierra arenosa una flor de papel, como muestra de respeto, por el eterno perdón.[2]





[1] Bruja.
[2] Esta historia, reconoce una leyenda popular, la cual indica, que una mujer, conocida habitante de un pueblo del norte riojano, muerta trágicamente, regresa para ocupar el asiento de acompañante de algún viajero desconocido, obligándole a dejarla en el mismo lugar donde murió. (Se citan pueblos, como Arauco, Machigasta, Aimogasta, Villa Mazán, que pertenecen al departamento Arauco en el noreste de la provincia de La Rioja – Los Sauces pertenece al departamento del mismo nombre – y nombres de especies arbóreas típicas de la zona)

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