martes, 28 de febrero de 2012

NARRAGINARIAS

divino rostro


La mitología, y el monoteísmo.





Por el arquitecto Víctor José Stilp Piccotte®


Reservados todos los derechos


Extractado del libro: Huaymocacasta, inhibición histórica de la Argentina® 2006





Prólogo





En una idílica confluencia con los mitos o alegorías que se “descubren” en el valle, el culto al “Divino Rostro” forma parte de la valoración pagana a los ancestros; y, además, es una muestra de convivencia temporoespacial nativa con los preceptos de la religión Cristiana.





Variantes





Entre las versiones que resguarda la Cultura Popular, sobre este Mito/Rito de la región, sobresalen dos variantes.


La primera señala que todo ocurrió a comienzos del siglo XIX, y según he podido compendiar en “una” verdad relativa. La historia revela que dos religiosos huían desde Machigasta (¿Machingasta? ¿Machillajta?) con destino a la ciudad de “Todos los Santos de la Nueva Rioja”, portando un preciado botín, por el que durante meses habían trabajado sin despertar sospechas entre los habitantes del pueblo.


Pero a pesar de las “debidas y santas precauciones” de los misioneros, el Curaca Calibas bien conocía de sus “no santas intenciones”. Por ello, y sin que éstos lo sospecharan, decidió perseguirlos a cierta distancia. Como no había caballos disponibles en la región, los predicadores y su perseguidor se conducían montados en lacónicos burros, que parsimoniosamente atravesaban el “barreal de Chimicomayo”.


Tras cinco horas de travesía bajo el sol abrasador, los animales, haciendo caso omiso a las indicaciones de los misioneros, se detuvieron en la laguna con el objetivo de saciar su sed; también para reposar del esfuerzo al que habían sido sometidos. Este “contratiempo” fue aprovechado por el Curaca quien sigilosamente se acercó hasta el lugar para hostigar a sus perseguidos.


Los religiosos, despreocupados y seguros de haber alcanzado el éxito en su “empresa”, se habían arrodillado en agradecimiento a su Dios, “mostrándole”, con sus manos enlazadas hacia el cielo, una pequeña imagen de “Cristo Rey”. 


Los ojos brillosos del Curaca revelaron entonces, que aquel y no otro era el preciado botín por el que se habían arriesgado los predicadores.


Con el fin de recuperar la imagen, que pertenecía ancestralmente a su pueblo, el nativo se presentó ante ellos reclamando en un incognoscible lenguaje, que le fuera devuelta aquella imagen. Mientras lo hacía, apuntaba una de sus manos señalando al “Cristo Rey”, y blandía la otra con una lanza culminada en un filoso pedernal.


Temerosos de la ira desatada, los misioneros se levantaron intempestivamente suplicando por sus vidas, dejando a merced del nativo la imagen adorada, la que fue tomada con furia.


Creyendo cumplida su misión, el Curaca corrió hacia el animal que lo esperaba en los médanos de la montaña. Mientras marchaba, apretujaba la imagen contra su pecho imaginando los azorados ojos de los religiosos luego de ser despojados de aquel “santificado trofeo”.


Pero cuando llegó hasta el lugar donde reposaba el burro, un viento repentino inundó el barreal, y sus ráfagas violentas cubrieron el paisaje con un pococho amenazador. La oscuridad detuvo al Curaca, quien sólo atinó a refugiarse en una abertura de la montaña, a la espera de que el mismo viento permitiera la visión, y con ella, el camino de regreso a su pueblo. La imagen, injustamente olvidada en una de las alforjas que portaba el animal, pareció comprender que aquel era el momento ideal para brindar una lección a quienes habían intentado usurpar su santidad y significado.


Ocurrió que el burro comenzó a dar saltos entre roznidos, alejándose del lugar. Su figura se ocultó tras el polvo levantado y desapareció del control del Curaca, que temeroso de la oscuridad continuaba arrumbado en la hendidura rocosa.


La noche llegó, aunque el viento no cesó en la violencia de sus ráfagas. Cuando los primeros rayos del sol traspusieron las cumbres del Ambato, el Curaca y los misioneros comprobaron que el burro había desaparecido, y junto a él, la imagen del “Cristo Rey”.


Extrañamente, obedeciendo a una orden esencial, los tres hombres dejaron de lado sus vanas intenciones, y se encaminaron hacia “la Puerta” que unía a los cordones montañosos, intuyendo que hacia allí había escapado el arisco animal.


Lo encontraron holgando en un lugar poblado por enhiestos cardones. Azorados, comprobaron que la imagen no se encontraba en la alforja, y supusieron que la misma se había caído en un tramo del camino.


Se esmeraron durante todo el día, pero recién al morir la tarde la descubrieron, “herida”, entre dos trozos de roca blanca. El rostro del “Cristo” por un lado, y el cuerpo por otro.


Cuando la luna reflejó los rayos del sol iluminando el paraje, los tres hombres se miraron sin recelo.


Al llegar la nueva mañana, el Curaca partió hacia el norte, con destino al pueblo de Machigasta; y los predicadores lo hicieron hacia el sur, con rumbo a la ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja. La alforja que portaba el burro que transportaba al nativo, cobijaba al rostro del “Cristo”; y la alforja de uno de los animales montados por los religiosos, refugiaba al cuerpo de la imagen.





Esta, que he relatado, es la revelación de la historia.





Aunque existe un tiempo conjetural que desciñe la realidad que actualmente habita en Machigasta, y supuestamente en la ciudad de La Rioja. Pues he comprobado, que más allá de la realidad que exige la “biblioteca”, en el pueblo de Machigasta una familia ha dedicado su espacio existencial para custodiar el “Divino Rostro”; mientras que en La Rioja, una comunidad custodia en su ignota capilla, el cuerpo de la imagen “sustraída”.





La segunda variante, señala que en el antiguo Talacán – hoy llamado barrio “El Talacán” – vivía una anciana proclive a las supersticiones, y a la veneración de Cristo Rey, Santos, y diferentes advocaciones de la Virgen.


Ocurrió que en la tarde noche de un tórrido verano arauqueño, las nubes – ajenas a los efectos de las bombas de yoduro de plata – dispusieronsé sobre Aimogasta en forma aterradora, dejando caer agua en cantidades nunca vistas, en una vorágine de truenos, rayos, y centellas. Era tal la magnitud de la tormenta, que la mujer, presa de un ataque de pánico, comenzó a colocar las imágenes sobre la mesa de piedra, en el patio principal.


Al hacerlo, imaginó que las imágenes intercederían para que nada malo ocurriera; y por ello corría bajo la lluvia con cada una, implorando a Dios, y a los dioses de sus mayores, que impidieran la catástrofe sobre el pueblo. Pero la tormenta aumentaba a cada paso del tiempo, y el agua acumulada en la montaña había desbordado el cauce natural de los ríos, derramándose en bramidos, arrasando y arrastrando todo lo que se oponía a su avance.


La mujer sólo atinó a refugiarse en la cocina de su vivienda, y allí permaneció hasta que llegó la mañana, temblando y moviendo sus labios desesperadamente, sin que sonido alguno saliese de los mismos. El canto de los pájaros le permitió discernir que la tormenta había amainado, y que el sol invadía con plenitud la majestuosidad del valle. Cuando salió al patio para comprobar la “benéfica acción de sus imágenes”, comprobó que poco y nada quedaba de ellas. Algunas se encontraban arrumbadas entre los arbustos, y la imagen del Cristo, que era la que más veneraba, había sido partida en dos al caer de la mesa.


Apenada, tomó la parte que correspondía al cuerpo, y escudriñó el lugar para recoger la cabeza, que seguramente – especuló – había rodado hacia la calle. Pero en vano buscó y rebuscó por los alrededores. La cabeza había sucumbido a la acción de las aguas desbordadas en la montaña.


Cuentan los lugareños, que la mujer continuó con su búsqueda hasta que el “Altísimo” la llamó a su lado.


Con el paso del tiempo, una familia de Machigasta alertó que en el patio de su vivienda se había presentado Cristo. Cuando los pobladores comenzaron a llegar hasta el lugar para comprobar la veracidad de la historia, comprobaron que lo que allí veneraban no era otra que la cabeza del Cristo partido; la que arrastrada por las aguas, había recalado en el patio de esa vivienda de Machigasta.


Como la mujer había muerto, los suplicantes pobladores, comenzaron a rezarle novenas al “Divino Rostro”, y desde entonces el Culto se consolidó.





Apólogo


Si bien estas variantes condensan a tantas otras que “departen” sobre el origen de tan particular Culto, el silencio que cubre a la historia convertida en mito, realza el significado que desde entonces se le otorga al “Divino Rostro” en Machigasta.


Como una elipsis del tiempo, que no ha logrado separar los espacios de los semejantes; a pesar de que una imagen, la del “Cristo Rey”, haya sido “partida por Dios para perdonar los pecados de los hombres”.



No hay comentarios:

Familia Stilp

Familia Stilp
Maria Laura, Victor Jose, Maria Ines, Laura Ines, y German

FAMILIA

FAMILIA
Maria Laura, Maria Ines, German

Nacho y Jose

Nacho y Jose

Josefina y Abuela Laura

Josefina y Abuela Laura

Abuelos y Nacho

Abuelos y Nacho