domingo, 18 de marzo de 2012

MITOS Y LEYENDAS

el degolladito


La mitología, y el traslado quechua.





Por el arquitecto Víctor José Stilp Piccotte®


Reservados todos los derechos


Extractado del libro: Huaymocacasta, inhibición histórica de la Argentina® 2006





Prólogo





“El degolladito” es un mito al que se le rinde una particular devoción.





El degolladito





En realidad, esta fábula se origina a raíz del asesinato de un joven de aproximadamente veinte años de edad, que fuera consumado en la parte media del camino (hoy abandonado) que unía los departamentos San Blas y Arauco… Paralelo al tramo ferroviario de la línea Gral. Belgrano que unía a las poblaciones de Alpasinche con Aimogasta.


El adolescente, cuyo nombre y apellido desconozco, se encontraba cursando el segundo año de una carrera universitaria (Diferentes versiones aseguran que cursaba el nivel terciario) y cada mes, cuando culminaba la visita a sus padres, tomaba el tren en la ciudad de Tinogasta, para dirigirse a la ciudad de Buenos Aires, a fin de continuar los estudios.


Apuesto y bien educado, primogénito de un acaudalado empresario, despertaba admiración entre sus amistades; hecho que se engrandecía con la intelectualidad que poseía.


Claro, que su presencia también despertaba la codicia de algunos miembros del bajo fondo en el Valle, quienes, decididos a quedarse con la fortuna de la familia, habían preparado una celada al joven, a efectos de robarle los víveres, los efectos de valor, y una importante suma de dinero que surgiría tras el pedido de rescate, ya que pensaban secuestrarlo.


En efecto, los malhechores estaban al tanto de los movimientos de la familia, y por ello conocían perfectamente, que el joven, a diferencia de otras ocasiones, había optado por trasladarse en caballo hasta Aimogasta, debido a la ruptura de un puente en el tramo ferroviario, cercano a la localidad de Alpasinche. Acompañado por un Capataz de la Estancia, tomó el camino de tierra montado en un brioso corcel, trasladando una carreta con provisiones y otros enseres indispensables para su vida en la ciudad.


Sucedió que a la altura de la pequeña estación de control técnico del Ferrocarril Belgrano, que se ubica a veinte kilómetros de Aimogasta, el grupo de delincuentes interrumpió el avance del joven y su acompañante, y encañonándolos con armas de fuego, tomaron todos los elementos de valor que portaban en la carreta, despojándolos incluso, de la ropa que llevaban como abrigo.





Transcurría el mes de julio.





Comprendiendo que no sólo eso pretendían los malvivientes, el joven, inexperto e ignorante de la calaña de los asaltantes, intentó una reacción que fue repelida.


Uno de los delincuentes que se encontraba a sus espaldas, asestó una puñalada a la altura del cuello del infortunado estudiante hiriéndolo de gravedad. Alarmados por el inesperado desenlace del plan, los ladrones se retiraron del lugar olvidándose de lo robado, y dejando moribundo al joven ante la mirada aterrorizada del Capataz. El mayoral se sobrepuso, y contó con la providencial llegada de una máquina ferroviaria que provenía desde Aimogasta.


El maquinista, desesperado por lo sucedido, colocó la máquina en retroceso y retornó hasta la Estación de Aimogasta, donde consiguió reunir a efectivos de la policía y del hospital para que certificaran el estado del joven. 


Cuando llegaron, constataron que el infortunado había muerto desangrado. Ante la incapacidad del Capataz en reconocer a los asesinos, la investigación policial y judicial quedó en la nada.


Con el paso del tiempo, los padres del joven fallecieron víctimas de la amargura, y el lugar, cual una “huaca”, se transformó en un centro de peregrinaje para curiosos y vecinos.


Una mañana, un desconocido colocó una cruz sobre la apacheta de piedras que señalaba el lugar de la muerte, y luego otro estampó sobre una roca el agradecimiento por haberlo salvado de una grave enfermedad.


Eso bastó para que terceros se encargaran de difundir el milagroso acto humanitario, y muchos más se llegaran hasta el lugar del asesinato, con el fin de pedirle al “degolladito” que los ayudara a solucionar tal o cual problema.


Así fue que la tragedia trascendió los límites de la realidad, transformándose en un mito dotado de poderes de sanación, al que todos recurren con el objeto de agradecer el cumplimiento de un pedido, o con la intención de implorarle que los ayude a soportar una penosa enfermedad.


Tal como ha sucedido con otras tradiciones populares, propias del Kitsch, en el lugar se construyó un pequeño espacio cubierto donde los adoradores de la fábula depositan flores y otros objetos personales, que aparentemente “son” del “gusto” del ultimado.


Años después, cuando el mito se afianzó en la memoria popular, el ferrocarril fue descartado por “oneroso”.


Sucedió que el “sabio” y “federal” gobierno central cambió el derrotero de la ruta nacional con el objeto de pavimentarla, llevándola unos tres kilómetros al este de la traza original.


Pero ello no significó que la gente olvidara el lugar de peregrinaje, por el contrario, evitando un paso peligroso por el camino en mal estado, también corrió de lugar a la primitiva apacheta… “A tres kilómetros más al este del lugar original”, sobre la banquina oeste de la nueva ruta nacional Nº 60.





Apólogo





En la actualidad, el paraje conocido como “El Degolladito”, es un hito de referencia provincial.


Aparte de ser lugar de concentración mítica y religiosa, ha sido incorporado a las tradiciones que el pueblo mantiene como hitos del patrimonio cultural y natural.


Los religiosos monoteístas, incapaces de torcer la voluntad del pueblo, han terminado por aceptar, aunque no públicamente, los portentos atribuidos al nuevo salvador.


Sin embargo, el “Degolladito”, ignorante de que la gente ha olvidado su trágico final, permanece estoico ante la “aceptación” de los religiosos. Incluso, al impulso cultural que los nuevos tiempos generan en las amplias regiones del valle…


Que muestran nuevos paisajes, libres del tren y del ferrocarril, pero repletos con fincas de olivos y jojoba, y fábricas de aceite de oliva.



versión recogida en Tinogasta.

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