lunes, 16 de abril de 2012


apaco


Apakco.[1] El encanto.[2]





Por el Arq. Víctor José Stilp Piccotte©


Del libro “Mitos y Leyendas en el noreste riojano”®


Reservados todos los derechos


"Cóndor" Lucas Bertinat/Noemí Ramírez



Ascaba baja de la montaña como todos los días.


Su madre, Salima, lo espera para moler el maíz, pues desde que el Pueblo quedó sin mayores, sólo ella y la presencia de aquel hijo, cubren las necesidades de los jóvenes que habitan la aldea.


Salima oculta su mirada, pero sabe que su hijo se acerca.


-¿Cuántos años representa Ascaba?-


Si bien se ha convertido en guerrero por obra de Tonapa, Salima sabe que su hijo es un niño. El que muchos soles atrás jugaba a ser Cacique entre las rocas que poblaban la montaña. El mismo que ascendiendo a la cima evitó ser tocado por Apaco, aquella mañana, cuando el mal hecho hombre se llevó, uno por uno a todos los mayores del Pueblo.


-¡Para dialogar con Anti[3]!- Como dejaba escapar su inaudible voz.


Ascaba, con el rostro esculpido por el médano y la piel color oro, se acerca hasta su madre, sentada sobre las piedras sin sombras, pues los rayos de Anti han sido ocultados por las nubes.


Acaricia las trenzas renegridas de la mujer, y se sienta, a escasa distancia del mortero, para tomar la piedra y romper monótonamente los granos de maíz.


Ninguna palabra fragmenta el silencio. Ninguna frase se compone en los seres que la abarcan.


Salima, como todos los días, desde aquel nefasto día, evita mirarlo. Aunque lo sabe vivo a su lado. El dios, tal vez, decidió protegerlo por la trágica ofrenda, llevándose a los mayores de la aldea. Pero...


-¿Por qué no fue llevada?-


Ascaba, sin participar de esos pensamientos, cumple con el diario ritual para obtener el sustento de quienes han quedado tras la llegada de Apaco.


Desea encontrarse con él para enfrentarlo en feroz y desigual pelea, logrando de esa manera quitar el mal ejecutado, y devolver la vida a su padre y a todos los que poblaban de sonidos a su tierra.


Cuenta para ello con su amigo Ayunali, quien sobrevuela, soberano en las alturas, aguardando que llegue la mañana, para compartir los juegos y ritos con los dioses, que allá abajo en el valle nadie conoce. Que nadie conocerá jamás.


Ellos no comprenderían el porqué de la amistad de Ayunali y Ascaba.


-¿Podrían interpretar el vuelo de Ayunali como el vuelo de Ascaba?-


-¿Podrían interpretar que desde la cima, puede apreciarse la majestuosidad del Pueblo?-


-¿Podrían los hombres, allá abajo, interpretar la paz que genera chocar el cuerpo desnudo contra los vientos y flotar como si cada brazo y cada pierna mutaran en alas?-


Ascaba permite que el silencio abra su imaginación y cubra sus ojos con paisajes nunca vistos, similares a aquellos que dejaron dibujados otros hombres, en las piedras que pueblan la cima. Pinturas, donde los animales gozan de libertad, y donde no existen los hombres que matan a los hombres.


Ascaba eleva allí su plegaria a Tonapa, para ofrecer su vida por su madre Salima. Sabe que Apaco no es parte de la imaginación, y que efectivamente se llevó a los hombres y mujeres de su pueblo.[4] Y aunque es un niño, está dispuesto a enfrentarlo porque así fue instruido desde que estaba envuelto en pieles, colgado del cuello de su madre.


Cono, su padre, un valiente guerrero, mucho había cuidado de él pues estaba convencido que llegaría a ser el líder espiritual del pueblo. Una yoca de carne humana, que habrían de seguir todas las mujeres y todos los hombres.


Bruscamente el viento corre las pesadas nubes, y tras ellas, Anti asoma pálidamente tocando con sus rayos la superficie de la tierra, perforando cada centímetro con las sombras que arrojan las plantas, los seres, y las cosas. Las mismas sombras que arrojan la figura de Salima y los morteros de piedra, tapizando de oscuridad la superficie de médano, que se cierra sobre la piedra circular donde Ascaba muele los granos del maíz.


La misma sombra que...


Salima se levanta temblorosa, detiene la mirada en la figura de su hijo, y sin decir palabra, se lleva ambas manos a su boca para evitar que el susurro de una frase se propague hasta los oídos de Ascaba. Es que la figura de su hijo no arroja sombra sobre la superficie. El cuerpo de su hijo sólo refleja los rayos de Anti, trasluciendo en oro puro.


Salima sabe, que si uno de esos rayos reflejados por el cuerpo de su hijo toca su cuerpo, desaparecerá igual que los otros, pues así vio desvanecerse a mujeres y hombres.


Salima sabe que su hijo se transforma en Apaco cuando baja de la montaña. Y que nada debe contradecirlo. Pues aquellos que lo hicieron, desaparecieron.


Ascaba, sin comprender lo que sucede, siente los rayos del sol impactando en su cuerpo y abre sus brazos para emular a Ayunali, y soñar, desde lo alto, vencer al mal que se ha llevado a los mayores.


Rápidamente se quita la piel que cubre su cuerpo, para bañarse en sabiduría con los rayos de Anti, y tratar de que la herida en su pecho cierre definitivamente. La profunda herida que Cono, su padre, le perpetró para ofrecer su corazón a Tonapa.


Las manos convertidas en ágiles plumas, cubren la herida, y el Joven vuelve a taparse con las pieles que lo asimilan a sus amigos del Pueblo.


Salima, guarecida entre las rocas cercanas, espera que la muerte de la tarde impida el reflejo de los rayos de Anti sobre el cuerpo de su hijo sacrificado, y lo devuelva como cada noche al yoca cercano.


Sabe que allí, volverá su vida normal hasta que Anti asome en el horizonte.


Salima no comprende porqué Tonapa permite que Ascaba regrese a la aldea cada mediodía. Tampoco comprende por qué lo llama hacia la cima al nacer la mañana.


Es que Salima no intuye que Cono no debía ofrecer a su único heredero a Tonapa. Que solamente Ascaba podía enfrentarse con Apaco para vencerlo.


Es que Salima no sabe que Ascaba al perder su corazón, se transformó en Apaco, y que nunca podrá volver a su padre, y con él, a la vida.


Sólo Ayunali, que sobrevuela, lo sabe...








[1] Genio del mal al que consideran autor de todas las desgracias, en forma especial cuando inciden en una misma persona, pudiendo equipararse al Huecú de los chilenos. Apakco o Apaco es sinónimo de maleficio, en las aguas, por ejemplo, cuando se tornan no potables, o al hombre que tras soportar una desgracia, padece otra. Dice la tradición que el Apaco o Gualicho - ambas formas se emplean indistintamente- exige sacrificios para evitarlo.
[2] Los aborígenes le atribuían todos los males y desgracias que sufrían. Para ahuyentar al gualicho (o Apaco o Hualicho) cargaban con todos sus pertrechos arremetiendo contra el enemigo invisible con gritos y movimientos amenazantes, hasta que aseguraban haberlo vencido (Las historias sobre sacrificios humanos en ofrenda a los dioses del Incario, versan sobre niños y sus posteriores “reencarnaciones” en cóndores o en el mal ¿Apaco?)
[3] Conjeturas… Anti: Denominación Cacá del sol en el cenit. Anto: Sol de la tarde. Antu: Sol, o Sol de la mañana.
[4] En algunos lugares el viajero suele encontrar árboles de cuyas ramas penden innumerables hilos de colores, hilachas de género, dijes baratos, flores de papel, etc. Son dedicatorias al Chiqui o Apaco, para evitar su influencia maligna. Apaco es también vocablo quichua/Quechua ingresado al habla transandina y al territorio de nuestra Patagonia.

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