martes, 10 de abril de 2012

PAGANO E INPAGANO (II)

Llastay


El Señor de la Peña. (Mito de Arauco)[1]





Por el Arq. Víctor José Stilp Piccotte©


Del libro Huaymocacasta, inhibición histórica de la Argentina (2006)


Reservados todos los derechos


"Señor de la peña" Dibujo de Germán Stilp



¡Ay! Entristezcámonos porque llegaron, del oriente vinieron. Cuando llegaron a esta tierra los barbudos, los mensajeros de la señal de la divinidad, Los extranjeros de la tierra, los hombres rubicundos. Este Dios verdadero que viene del cielo, sólo de pecado hablará, sólo de pecado será su enseñanza. Inhumanos serán sus soldados, crueles sus mastines bravos. Preparaos a soportar la carga de la miseria que viene a nuestros pueblos[2]





Cuentan los lugareños, que un viajero proveniente del Tawantinsuyu, al observar la huaca, en el valle dominado por los Diaguitas, elevó su canto a Tonapa, expresando…


-¡Llastay! ¡Llastay!-


Lo hizo en señal de respeto y agradecimiento por los favores recibidos, aunque los habitantes de los pueblos del valle nada comprendían.


Ensimismados en su presente, como si formaran parte de una continua aventura, perseguían a los animales y aves para matarlos.


Distante e ignorante de lo que sucedía, el dios protector de los animales y aves, permanecía en la oscuridad.


El gran creador, comprendiendo que Llastay desconocía las acciones de los hombres, ordenó controlar su accionar, pues de no hacerlo, los animales y aves desaparecerían.


Llastay lloró profundamente. La realidad demostraba que los hombres cazaban indiscriminadamente, y nada aprovechaban de las inútiles muertes. Tanto lloró, que sus lágrimas colmaron un viejo cauce. El río llenó una extensa laguna. Luego, los rayos de Inti y el soplo de Shulco, evaporaron las aguas. Más tarde, una tormenta asoló el valle.


Llastay, sin que los habitantes se percataran, condujo a los animales hacia la montaña, para guarecerlos de la maldad de los hombres.


La lluvia inundó el valle.


Los pueblos fueron soterrados y muchos hombres perdieron la vida.


Los sobrevivientes, aterrados, intercedieron ante el gran creador para implorar piedad.


Tonapa contestó que nada podía hacer.


Sólo Llastay respondería a sus súplicas.


Amarrados a los troncos que flotaban en el agua, los hombres accedieron a la Huaca[3] e imploraron piedad.


Llastay, sin compadecerse, dijo…


-Cumpliré su voluntad, si de inmediato cesan con la matanza de animales y aves-


-Pero- dijeron los hombres -¿Cómo nos alimentaremos y cubriremos nuestros cuerpos?-


-Cumpliré su voluntad, si de inmediato cesan con la matanza de animales y aves, pues lo que dicen no es verdad-


-Pero- dijeron los hombres -¿Cómo nos alimentaremos y cubriremos nuestros cuerpos si no es con la carne y la piel de animales y aves?-


-Cumpliré su voluntad, si de inmediato cesan con la matanza de animales y aves, pues lo que dicen no es verdad, ya que los alimentos pueden obtenerse de la tierra, y los vestidos, de los vegetales que la pueblan-


-Pero- dijeron los hombres -¿Cómo nos vestiremos con vegetales? y ¿Cómo nos alimentaremos, si no es con la carne de animales y aves?-


-Cumpliré su voluntad, si de inmediato cesan con la matanza de animales y aves. Pues lo que dicen no es verdad, ya que los alimentos pueden obtenerse de la tierra, y los vestidos de los vegetales que la pueblan, tal como hacen los pueblos que habitan a orillas del mar-


Dicho esto, Llastay se retiró.


Los hombres, tristes y cabizbajos, retornaron hacia los inundados terrenos donde se asentaban sus pueblos.


Al llegar comprobaron que los sobrevivientes se habían abrazado a los troncos que flotaban. Se unieron a ellos, y durmieron convencidos que todo acabaría.


Mientras los hombres dormían, Inti perforaba las nubes con sus rayos, y Shulco, comenzaba a soplar furiosamente.


Cuando los hombres despertaron sus ojos sólo observaban la destrucción.


Los mandones de las aldeas, llamaron a los sobrevivientes a un encuentro. Uno de los caciques, ansioso por ampararlos, se asombró al descubrir que sólo quienes no habían participado en la matanza de animales y aves se encontraban sanos y salvos.


Comprendiendo el porqué del enojo de Llastay, el Cacique llamó a sus pares, y juntos, ordenaron que cada vez que sus pueblos necesitaran de la carne, resultaba imprescindible impetrar permiso al dios.


Sólo ante la falta de alimentos, llegarían en procesión hasta la Huaca para implorar permiso.


Llastay se enorgulleció, y despidiéndose, expresó…


-Cumpliré su voluntad. Aunque sólo accederé a sus suplicas, si es necesario hacerlo-


Desde aquel día, los habitantes del valle llegan hasta la Huaca[4] para que el buen dios les permita cazar.


Si el dios responde afirmativamente, lo hacen.


Si no obtienen respuesta, aguardan en silencia al lado de la Huaca.


Tal vez por esto que he narrado, los lugareños repiten la historia.


Aquella, del viajero proveniente del Tawantinsuyu, que al observar la imagen de la Huaca, elevó su canto a Tonapa en señal de respeto, por…


-¡Llastay!-





[1] Es el hijo de la Pachamama (madre tiempo ¿madre tierra?) Por encargo de ella debe cuidar los animales silvestres. Se lo representa como un hombre viejo de barba larga y cuernos como los de un carnero. Los que desean cazar deben dejarle ofrendas, al igual que al Coquena. Acepta los pactos y los respeta si uno no los da a conocer.
[2] Profecía de Chumayel y Tizimin en el libro de los libros de Chilam Balam XIV
[3] Guaca Yastay, también Huaca Llastay, también Huaca Yastay, etc.
[4] Veinticuatro kilómetros al sur de Aimogasta, se encuentra el paraje “Señor de la Peña” (En realidad es una gigantesca piedra que ¿un terremoto? ¿el agua? desbarrancó de la cumbre de la montaña siglos atrás) los nativos consideraban a la piedra como la Huaca Yastay, y hasta allí llegaban cuando necesitaban permiso para cazar a un animal o a un ave (La piedra hacia el perfil suroeste semeja el rostro de un ser humano) en la actualidad y continuando con la Visión - Misión trazada por los doctrineros de la invasión, se lleva a cabo en dicho paraje la celebración de la semana Santa de la religión católica, apostólica y romana. En ese lugar ubicado en el semi desierto riojano, llegan los penitentes para impetrar – no el permiso para cazar – sino la asistencia de la vida. (La enseñanza doctrinaria ha mudado al rostro de Cristo)

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