miércoles, 20 de junio de 2012

MITOS DEL NORESTE RIOJANO

Cébila


La Vilka[1]



ISBN 978-987-05-7210-7


Mitos y Leyendas en el Noreste Riojano: Costumbres y Tradiciones en el Valle de Pakcipas - 1a ed. - La Rioja: el autor, 2009.210 p.: il. 21x17 cm. 1. Mitología-Poética de la Investigación-Historiografía. CDD 907.2 Fecha de catalogación: 28/08/2009 (Obra del Arq. Víctor José Stilp Piccotte©)


"CÉBIL"
  


Las palabras del Sacerdote y Consejero de Inquina, hacia la niña nacida del vientre de Chaca, señalaban que sería la más bella de todas las mujeres.


Recibió por nombre Cébila, y como era hermana de Anqui, también heredera del Cacique Inquina, su padre.


Y aunque pocos dieron fe a las palabras del Consejero, el tiempo confirmó que las mismas se ajustaban a la realidad.


En su infancia, la belleza destacaba su presencia por sobre las demás niñas; y mucho más, cuando la virginidad explotó en deseo.


Los jóvenes se enfrentaban unos contra otros para ganar los favores de la joven; y hasta llegaban a provocarse en trágicas peleas, cuyo fin se resolvía con la muerte de uno de los combatientes.


Inquina, inducido por su hijo, obligó a la joven a decidirse por uno de los jóvenes, convencido de que con ello cesarían los problemas.


Cébila escuchó con respeto, y le aseguró que cuando Paxni mostrara su cara, le contestaría a cuál de todos elegiría para convivir y tener hijos.


Inquina aseguró que nada se interpondría hasta no cumplirse el período.


Renegando de lo pactado, Cébila se dedicó a satisfacer las apetencias de los jóvenes. Sedienta de contacto, se desnudaba en el río provocando a todos.[2]


El amigo de su hermano, llamado Huilipalama, no pudo contenerse y arrebatado por la locura hizo suya a la joven. Esta, con dulzura, le dijo que era suficiente, que debía marcharse. Huilipalama no pudo dejar de imaginarla, y cautivado por su hermosura y la suavidad de su piel, comenzó a buscarla con desesperación. Sucedió un día, al acercarse a la joven, en que el enamorado comprobó que ella no lo recordaba, pues ante su mirada unía el cuerpo con los cuerpos de otros jóvenes; a la sombra de los árboles; en medio de la arena; o a la vera del caudaloso río.


Su hermano, indignado por la deshonra, narró a su padre lo que ella hacía. Inquina sintió una profunda amargura, y decidido a romper con su promesa condenó al exilio a la joven.


—Como tú lo has ordenado, padre —afirmó Cébila—, en el exilio me quedaré, pero ten presente que no es mi culpa que los hombres me deseen.


Cabizbajo, el cacique se retiró imaginando que Tonapa se compadecería, y obligaría a Cébila a regresar al seno de la familia.


Pero nada de ello sucedió. Cierta mañana, un hombre llegó hasta la morada que la joven había construido en un lugar de la montaña, confesándole su deseo de amarla. Sin mediar palabras se abrazaron, y durante largas jornadas permanecieron juntos, acariciando sus cuerpos bajo la luz de Anti. Luego, otros hombres descubrieron el mismo camino.


Desafiando a su padre, Cébila retornó a la aldea, y amó a todos los hombres como si fuera una diosa convertida en carne ardiente.


El Gran Sacerdote, sin la autorización de Inquina, que ignoraba lo sucedido, castigó a la mujer sin piedad. Cébila, sabiendo que le aguardaba la muerte, no dejó de dibujar en el rostro su enigmática sonrisa, mientras preguntaba en qué lugar se encontraban sus amantes, que ahora la abandonaban ante el dolor y la humillación.


Huilipalama, desesperado por el castigo ejecutado, llegó ante Inquina para informarle de los suplicios, y éste acometió desesperado. En el lugar del tormento levantó con ira un filoso cuchillo clavándolo en el corazón del Gran Sacerdote, que sin comprender cayó muerto.


Pero también Cébila había expirado sobre la piedra de las inmolaciones.


Los guerreros que la habían amado, en silencio, cremaron su cuerpo y desparramaron sus cenizas lanzándolas al viento. Cébila vivía, de esa manera, en la memoria de los hombres que había amado, los cuales, arrepentidos, le llevaban alimentos para que saciara el hambre en su larga travesía hacia la eternidad.


Un tarde, cuando la noche nacía, pudo observarse una nueva y misteriosa planta sobre la piedra donde había muerto Cébila.


En señal de respeto, los hombres aguardaron que el vegetal creciera para mostrar sus frutos, pues seguramente, suponían, serían las lágrimas de la joven, que se mostraba herida ante el doloroso trance al cual había sido sometida.


Huilipalama no pensaba igual. Por el contrario, aseguraba que la planta era sagrada y que debía ser protegida. Sucedió entonces una mañana, en la cual, decidido a iniciar una larga travesía, el joven llegó hasta la piedra para despedirse de la planta, convencido de que en ella habitaba el espíritu de Cébila. En un gesto de amor, cortó uno de sus frutos y lo llevó a su boca. Luego de un largo mutismo, exclamó…


—¡Cébila no ha muerto!... ¡Cébila no ha muerto!


Alertas a lo sucedido, los demás guerreros lo imitaron, y desde ese momento, cada vez que debían iniciar nuevas aventuras, se acercaban a la planta buscando sus frutos, para que los acompañara otorgándoles fuerza y potencia.


Así nació el amor hacia la planta de Cébil en el valle.


Por eso, cada uno de los que amaron a Cébila, y los descendientes de aquellos, muelen los frutos y aspiran el polvo que obtienen para que la bella joven los acompañe.


Como entonces, con su piel, y su lujuria.


Siempre





[1] Mito sobre el Cébil, cuyos efectos alucinógenos se equiparan a los producidos por la planta de coca.
[2] ¿Similar a la historia de Yacumama?

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