sábado, 7 de julio de 2012

ALGARROBO: ÁRBOL SAGRADO


tacu



arquitecto victor jose stilp piccotte©


reservados todos los derechos


del libro: Mitos y leyendas del noreste riojano®






Todos adoraban a Tonapa, Inti, Chaska, Illapa y Pachamama.


A la madre del tiempo acudían para pedir abundantes cosechas, para la feliz realización de una empresa, la caza numerosa o la protección para las enfermedades.


También para prevenir la llegada de Huillanco, Huayrapuca o Puyuspa, y para todo lo que pudiera ser causa de desgracia o sinsabor.


Levantaban en su honor apachetas[1] a la vera de los caminos, con piedras amontonadas unas encima de las otras, formando montículos. Allí se detenían a orar cuando se dirigían al valle llevando sus animales a pastar.


Pero llegó un tiempo de gran abundancia, donde los campos sembrados de maíz se transformaron en vergeles maravillosos y produjeron abundante cosecha. El ocio fue apoderándose del pueblo, que olvidando sus obligaciones, abandonó el trabajo para dedicarse al vicio y a la orgía.


Sólo pensaban en los placeres, y dedicaban al baile el tiempo que no dedicaban al descanso.


Sin embargo, llegó una época en que se hacía imprescindible sembrar si se pretendía cosechar, pero nadie pensaba en ello.


Inti, al comprobar que el pueblo desagradecido olvidaba los favores brindados por Pachamama, resolvió castigarlos.


Con el calor de sus rayos secó los ríos y vertientes.


Como consecuencia, la tierra se endureció, las plantas perdieron sus hojas y flores. Luego, los troncos y las ramas de los árboles simularon brazos retorcidos y sin vida.


Aún quedaban alimentos guardados de la cosecha anterior, y por lo tanto se preguntaban:


—Que las plantas se secaran y que el río hubiera dejado de correr, ¿tenía importancia?


—Mientras existiera alimento y bebida, ¿la felicidad los acompañaría?


El alimento comenzó a escasear, y con ello la miseria y el hambre hicieron su aparición.


Algunos recapacitaron y volvieron a sembrar. Pero el castigo de Inti no había terminado, y la tierra cada vez más seca no se dejaba clavar con los útiles de labranza.


Los animales sin alimentos, morían, y los niños víctimas de los actos irresponsables de los mayores, abrían sus bocas pidiendo comida.


De una de las viviendas que se hallaban en los alrededores de la población, una mujer corrió desesperada. Era Urpila, enloquecida porque sus hijos morían de hambre y de sed.


Arrepentida de las faltas cometidas en contra de Inti y de Pachamama, se dirigió a la primera apacheta del camino, e imploró protección:


—¡Pachamama!, ¡kusiya!,[2] ¡kusiya! —extenuada, sin fuerzas para continuar, se sentó en el suelo.


Se durmió con su cabeza apoyada en el grueso tronco de un árbol.


Los dioses que habían observado con atención la acción de la mujer, decidieron concederle la esperanza. Entonces una voz surgió en el espacio, sacando del sueño a la mujer:


—Tonapa dará otra oportunidad al pueblo. Merced a tu actitud la dicha volverá a reinar, por eso, ahora vas a dormir y cuando despiertes, en tus manos hallarás el alimento que restablecerá el honor de tu pueblo.


Cuando la mujer despertó recordó el mensaje, abrió sus manos y comprobó con asombro que contenían vainas doradas.


Tomó una piedra, y golpeó las vainas hasta abrirlas.


Luego llevó una de las semillas a la boca y trató de romperla. Un sabroso néctar se esparció entre sus labios, obligándola a levantarse y cortar las vainas de aquel árbol.


Pronto la energía volvió a su cuerpo, y bastó su comprensión sobre aquel suceso, para que corriera hacia el pueblo diciéndoles que Tonapa había otorgado al pueblo otra oportunidad.


Los habitantes recogieron las vainas de aquel árbol y gracias a su generoso fruto volvieron a la vida.


La aldea consideró desde entonces al árbol como «Sagrado».[3]


Lo llamaron «tacu» y veneraron los frutos que significaron la salvación de un pueblo.


Siglos después, los frutos del árbol sagrado continúan brindando pan y bebida a los habitantes del NOA.[4]








[1] Montículos realizados con acumulación de piedras.
[2] ¡Madre Tiempo, ayúdame, ayúdame!
[3] Ese árbol venerado es el algarrobo, que tiene la virtud, además de las nombradas, de ser en tiempos grandes sequías, el único alimento de los animales
[4] Existen varias leyendas diferentes sobre el algarrobo. Vale citar las recopiladas por Efraín A. Riboll, por Elena Santibáñez y por Leonor Lorda Perellón. (El autor, ha recopilado diferentes leyendas sobre el Pata, particularmente la que inicia el estudio de los pueblos de habla Cacá, que tiene un argumento similar, aunque la acción transcurre de otra manera, convirtiendo al personaje en el eje de la historia)

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