viernes, 27 de julio de 2012

Mímesis de la memoria

Una catedral gótica antes de llegar a Paris.








Arquitecto Víctor José Stilp Piccotte©


Reservados todos los derechos.


Del libro “Inmemorias en Eau” – 2010®



El «Ferry» partió de «Dover» —Inglaterra— a las diez de la mañana.


Una hora y media después de navegar por el Canal de la Mancha arribó al puerto de «Calais» —Francia—


En Calais aguardaba un Minibús —provisto por la empresa de viajes— para trasladar a la delegación de arquitectos que integraba, hasta la ciudad de «Paris», donde inmediatamente ascenderíamos a otro vehículo que nos trasladaría hacia «Toulouse» —final de esa primera etapa—


El chofer, que actuaba como improvisado guía turístico, informó que disponíamos de doce horas libres, dado que la continuidad del tour, se había pospuesto hasta la tarde del siguiente día.


Dada la cercanía que «Boulonge Sur Mer» —Bolonia allende al mar— tiene con el Puerto de Calais. No hubo problemas en retrasar la llegada a Paris, y emplear el medio día libre para visitar la ciudad donde falleció el «General José de San Martin» —18 de agosto de 1850—


El minibús tomó la «Route des Estuaires», y media hora después accedimos a la ciudad de «Boulogne».


Las últimas horas de la tarde acompañaban la recorrida por esa ciudad, allende al mar de Inglaterra, cuando el chofer nos indicó que era necesario reiniciar el viaje. Descansaríamos en un Hotel que a tal fin había provisto la Empresa, y a la mañana volveríamos al itinerario previsto.


Por la misma autopista, retomamos el camino vía «Abbeville».


Luego de cruzar la ciudad de «Amiens», un imprevisto en el alternador obligó al chofer a detenerse en «Boves».


Solucionado el problema mecánico, reiniciamos la marcha.


No pregunté entonces, no comprendo ahora, si el chofer intentó un camino diferente creyendolo mas corto, o si el acceso a la autovía se encontraba distante y eso lo retrasaría. Lo concreto es que «Bouchoir», «Roye», «Noyon», «Soissons», «Villers-Cotterèts», y otras ciudades cuyo nombre no recuerdo, significaron las alternativas de ruta, para que mis ojos recuperaran el sueño.


No pude dormitar.


Si bien los integrantes de la delegación sí lo habían logrado, mis ojos continuaban extasiados con las luces que aparecían y desaparecían monótonamente.


—Extraños vínculos entre vacíos y llenos —idealizaba.


El frío conquistaba el exterior, y los vidrios se mostraban empañados casi por completo. Sólo los parabrisas delanteros permanecían inmunes al vapor, facilitando la visión del conductor.


Nuevas luces conjeturaron la cercanía de otra ciudad.


Limpié con mi brazo el vidrio que pertenecía a mi asiento, empañado por lógica, y pude divisar un cartel cargado de nieve, que señalaba “Eau”.


De pronto, el minibús se detuvo.


—¡Por favor! —vibró la voz del conductor—, detuve el colectivo porque necesito realizar una llamada al Hotel —comunicó—, ruego que nadie baje del mismo. ¡Retorno enseguida!


La mayoría de mis acompañantes, ignorando lo que sucedía, continuó durmiendo. Excepto mi compañera, que tratando de recomponer su espacio tiempo, se desperezaba lentamente.


—¡Que hermosa plaza! —expresó.


Mi vista se desvió al lugar que ella había señalado.


Efectivamente, una plaza se mostraba ante mis ojos, con el solado mojado y la nieve cubriendo los canteros y bancos de asiento.


Me sorprendió la luminosidad que la invadía.


La noche nacía sobre la muerte de la tarde, y me pareció ilógico observar tanta luminosidad.


Me levanté, y con el permiso de la acompañante, invadí el pasillo para sentarme en el asiento del co-conductor. El parabrisas delantero estaba totalmente limpio y permitiría una mejor visión.


Mis ojos se prolongaron a través del vidrio hacia la totalidad del espacio público.


Fue entonces cuando la magia se presentó, transformando mi savia en existencia.


Una gigantesca mole de piedras, color pajizo, se elevaba ante mis ojos; iluminada por una sucesión de reflectores que la presentaban única, espectacular, maravillosa.


—Es la catedral de «Saint Etienne» —afirmó el chofer, que había ascendido al bus sin que lo advirtiera—. «¡Saint Etienne dans Meaux!» —acotó.


La roca, trasvasada en oda al Creador, se diluía en el espacio, conteniendo la brutal expresión de su arquitectura.


Abierta su fachada hacia el este, sobrepasaba la altura media de todos los edificios que la circundaban.


—Su construcción fue iniciada a principios del segundo milenio, y terminada a finales del siglo XVI —agregó, alentado por la admiración que manifestaba ante semejante demostración de su cultura—. La fachada presenta tres puertas decoradas con esculturas en los tímpanos; a la derecha, la puerta de la virgen que semeja representar su vida, a la izquierda la torre norte que se muestra concluida, y finalmente la puerta sur que posee escultura de leones.


No expresaba nada.


No deseaba interrumpir su relato.


Las palabras, trasmutadas en explicación, encantaban lo que mis ojos observaban.


Recordé, no se por qué motivo, las frases del arquitecto alemán «Mies Van der Rohe»:


—¡Porque Dios está en los detalles, la arquitectura es la voluntad de la época traducida a espacio!

Luego…

El minibús accedió a Paris, treinta kilómetros después.


Saint Etienne dans Meaux

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