viernes, 3 de agosto de 2012


cachirú


La Lechuza





Arq. Víctor José Stilp Piccotte©


Todos los derechos reservados


Del Libro: Mitos y leyendas en el noreste riojano®





Divinidad maligna, muy temida.[1]





Este numen o duende —Caburé en las regiones centrales de Córdoba— se presentaba mimetizado en una lechuza.


Aparecía —No existen datos que lo vinculen al presente— en áreas cercanas a los cauces de los ríos o acequias, e incluso he grabado antiguos relatores que aseguran haberlo visto en las fincas ubicadas en la zona baja de la ciudad de Aimogasta.


En esa banda física, antes de la construcción del puente colgante que actualmente une el sector norte con el sector sur de la ciudad —Existe un puente vial inaugurado en el año 2006— se reunían los jóvenes en las tardes de verano; allí refrescaban sus cuerpos introduciéndose en las aguas del estrecho cauce como una manera de soportar la acción del sol.


En esos placenteros momentos, y ensimismados en incipientes flirteos, los jóvenes ignoraban que alguien los observaba, silenciosamente.


La presencia —¿Mito femenino?— aparentaba ser un niño de corta edad y escasa estatura, con la cabeza cubierta a pesar del calor. —Aunque sin disimular el incipiente pico que la delataba como ave—


Atenta a cada movimiento, aguardaba la oportunidad de presentarse ante alguna de las mujeres que integraban el grupo de jóvenes.


Cachirú, tal el nombre, escudriñaba el panorama con mirada maligna.


Una vez individualizada la víctima —mujer— la seguía con perseverancia, y al quedar sola ante la misma, simulaba encontrarse indefensa. Si lograba que la mujer detuviera la marcha, prorrumpía en un chistido conmovedor logrando que ésta tratara de acercarse para acariciarla y consolarla.


Amarrándose al cuerpo femenino, Cachirú iniciaba su ritual hincando con su pico los ojos de la joven, para finalmente absorber su aliento —energía—.


Una vez cegada y dominada, la víctima quedaba expuesta para que la victimaria cumpliera sus malignas intenciones.


En la primera mitad del siglo XX, Cachirú —Por acción de las creencias populares “adecuadas” a la época— Dejó de atacar a desprevenidas mujeres, y se «dedicó» a utilizar «el alma» de las jóvenes que atrapaba, con el objetivo de ganar longevidad.


A finales del mismo siglo, los «nuevos tiempos» cercenaron el espacio que Cachirú elegía para realizar sus actos.


Ello determinó que el duende “se recluyera en una caverna de la montaña” renovando sus hábitos de ataque.


A la sazón, comenzó a presentarse durante la noche, ya no para buscar mujeres, sino para llevarse a niños y hombres mayores, a los que engañaba con sus chistidos, golpeándolos con el pico a fin de llevárselos colgados de sus garras con dirección al monte.





Si bien el mito de Cachirú ha sido «olvidado» por las nuevas generaciones, las versiones recogidas corroboran la cita precedente.


Como ejemplo transcribo el siguiente relato:





“—Cierta vez, Cachirú se le apareció a una joven que caminaba por la actual calle 25 de mayo, a la altura de la Escuela Talacán, y tomándola en forma desprevenida, preguntó: Niña ¡Quiero que vengas conmigo!


—¿Cómo dices? —contestó ésta, asustada.


—¡Que quiero llevarte conmigo! —repitió Cachirú.


—¡Si no te retiras, comenzaré a gritar! —replicó la joven.


—Hazlo si quieres, pero nadie te escuchará.


—¿Por qué lo aseguras?


—¡Porque ya eres mía! —golpeándola, la tomó con sus garras y se la llevó a la guarida, en la montaña.





 


[1] Agüero Vera, Juan Zacarías. “Divinidades Diaguitas”

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