domingo, 10 de marzo de 2013

LA ISLA DE CEMENTO


James Graham Ballard

En la distopía de la antiutopía
 



Por Víctor José Stilp Piccotte

Reservados todos los derechos



Recuerdo...

Los recuerdos, que recuerdo he recordado.

Situándome en un lejano mes del setenta y cinco, escuchando «Soldier of fortune» en la incomparable voz de «David Coverdale».

En la idílica sociedad que nos contenía, a quien escribe y a sus amigos, no sólo existía la música, no sólo los ideales, por lógica, los libros.

Conjurábamos una sociedad socialista, la igualdad de derechos, la dignidad del trabajo, una reforma agraria integral y la ética —no las invariantes corrompidas por los gobiernos pseudo democráticos que sobrevinieron a los de facto— que plasmara un futuro acorde a la voluntad de los héroes patrios.

Por cierto, solo, sólo pude observar el crecimiento de una sociedad distópica.

Recuerdo...

los recuerdos, que recuerdo he recordado, que llegó a mis manos un libro de ciencia ficción editado en España con el título de «Las isla de concreto» —posteriormente la editorial Minotauro lanzó al mercado sudaca el mismo libro con el agiornado «La isla de cemento»—

El libro, ese libro, que nada de vanidad cobija en sus hojas, despertó distintas sensaciones —por entonces, Neruda y su isla negra de la roja bandera, resultaba el prócer a seguir, hasta que un amigo de los británicos, llamado Pinochet, lo condenó a morir—. La idea de un hombre sumergido en un laberinto situado al límite de lo real y lo irreal resultaba fascinante.

Su autor detallaba que... “estamos siempre en el borde, en el límite de algo latente, presente, pero que en última instancia no podemos ver."

Acoto la resignificación que dejó su lectura.

El tiempo pasó, la dictadura también. En los pasillos de la facultad de arquitectura —el edificio de la avenida Velez Sarsfield, en Córdoba— sólo quedaron las fotos de los compañeros y camaradas desaparecidos.

Los gobiernos democráticos, pasaron.

Por lógica nada quedó, nada queda de lo mucho que pudieron hacer.

Sólo algunos innombrables que desean postularse al bronce insultando a los héroes patrios.

A finales del año que supuestamente los Mayas habían establecido como el final de todos los tiempos, pude ver una película protagonizada por «Adrien Brody» titulada «El naugrafio de mi vida» —«Wrecked» es el original—, donde el protagonista —Brody—, despierta en el fondo de un barranco luego de un accidente automovilistico. El bosque, ausente de caminos o senderos, lo contiene como si él habitara un laberinto. Sin lograr respuestas al interrogante de cómo llegó a ese lugar, sólo trata de sobrevivir. Solo, herido, incomunicado con el mundo que lo procreó, Brody confronta su presente con una vida pasada que habia decidido olvidar.

No sé porqué.

Aunque luego he imaginado que lo sé.

El argumento de esa pelicula me obligó a releer el libro de Ballard, que volvió a mis manos, y a mis ojos, como un desaparecido, luego de una eterna dimensión del tiempo.

No sé porqué, pero Brody, al igual que el «arquitecto Maitland», personaje principal de la novela de Ballard, semejan a los hombres que parecen dispuestos a aceptar las reglas que la realidad impone. En el primero de los casos, tratando de no renunciar a su identidad; en el segundo, renunciando inclusive a la cordura, e inevitablemente a la supervivencia.

Brody y Maitland, descubren y describen verdades ocultas, porque en definitiva, lo que está en juego no es la autodestrucción del hombre, sino el traslado hacia una distopía o antiutopía. Lo cual significa recurrir a una sociedad ficticia, indeseable en sí misma.



A pesar de que el film semeja no corresponder a la novela de Ballard, muchos de los tics argumentales de la novela, se reflejan en su tramas.

Por supuesto que los desastres urbanos de Ballard se incriben en otro paisaje, esta vez brutalista como el que constituye el cemento. Material que nos extraña —como pergeñaron los españoles con los nativos durante la invasión—, hacia un presente pasado, sin perspectivas de un presente futuro.

El protagonista del libro se nutre en la alienación. De esa manera asimila lo que le rodea y no trata de modificarlo. Ideando un mundo inconcluso, alimentándose con lo que encuentra o lo que arrojan desde los automóviles que transitan por la autopista.

En ese emblemático lugar se ubicó el arquitecto Maitland luego de un accidente automovilístico.

Al igual que Brody, Maitland es un Ser humano que parece disolverse, desciñendo una inevitable extinción. Consecuentemente, con su nuevo ideal nace un nuevo Ser, habitando un nuevo mundo.

Ballard convierte al pequeño espacio habitado por su personaje, en un mundo contenido por el cruce de las autopistas, un continente cercenado, una isla de cemento que conserva los restos arquitectónicos de lo que fue antes de la construccion de las autovías.

Yacimientos arqueológicos contemporáneos, donde el autor inserta los restos de los edificios que habitaron el espacio —incorpora al relato un emblemático y destruido cine— y, además, a controvertidos personajes —como emulo prodigio de Fellini—, como la «prostituta Jane» y un deficiente mental llamado «Proctor», trapecista en un circo antes de recalar en la isla.

Jane, sólo acepta entregarse por dinero, solamente... porque "hoy no nos damos cuenta del egoísmo de los demás, hasta que somos nosotros los necesitados."

Cuando Maitland comprende que no existe salida a la salida que él buscaba encontrar para escapar de la isla, decide quedarse, adaptado a la basura y su sima subterránea.

¿Para qué ser rescatado...? acaso, añora al mundo civilizado al que conduce la autopista?



James Graham Ballard nacio en Shangai, el 18 de noviembre de 1930.

como siempre digo, todos mueren, incluso los que no deben morir.

Ballard falleció el 19 de abril del 2009.



Una anécdota, que seguramente muchos de los lectores de este blog conocerán, describe que durante la segunda guerra mundial fue encarcelado junto a sus padres, en China, durante el asedio japones. Esa experiencia extrema, le permitió escribir el «Imperio del sol», que adapatara para la pantalla grande «Steven Spielberg» en 1984, con el protagónico de «Christian Bale» y «John Malkovich» —¡Genio!—.



Cito alguna de las novelas de Ballard: El mundo sumergido (1962), El viento de ninguna parte (1962), La sequía (1965) El mundo de cristal (1966), La exhibición de atrocidades (1970) adaptación cinematográfica de Jonathan Weiss en el año 2000, Crash (1973) llevada a la pantalla grande por David Cronenberg en 1996. La isla de cemento (1974) un año antes de que Deep Purple lanzara Traetormentas, con la voz de David Coverdale, Rascacielos (1975), Compañía de sueños ilimitada (1979) Hola América (1981), El día de la creación (1987) La bondad de las mujeres (1991), Fuga al paraíso (1994), Noches de cocaína (1996) y Super-Cannes (2000)1962))



Lamentablemente, no he leido todos sus libros, pero todos los que he leido interpolaron letras en mis ojos, describiendo distopías.



Esa palabra —distopía— no está registrada por la ¿Real Academia?.

Es una singularidad basada en el término utopía acuñada por «Tomás Moro» como “outopía” o “lugar inexistente”. Una sociedad perfecta donde la realidad transcurre en términos a los de una sociedad ideal.

La diferencia entre «utopía» y «distopía» depende del punto de vista del autor de la obra o, en algunos casos, de la percepción del lector —invariables de lo deseable o indeseable—.

La distopías describen sociedades que son consecuencia de tendencias sociales actuales y que llevan a situaciones totalmente indeseables. Algunas condenadas a finales apocalípticos.

Las distopías han formado parte de la trama de novelas pergeñadas por Zamiatin, Benson, Orwell, Pohl, Huxley y Bradbury.

Alguno de los autores que comparten este espacio tiempo, se identifican en las obras de Neal Stephenson, Scott Westerfeld o Paolo Bacigalupi, quienes comparten el significado de distopía incorporándole la ¡bienaveturanza! del capitalismo brutalista y el egocentrismo del poder económico que deriva en represión —cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia—

En el cine, puedo conjurar: “Nosotros” de Yevgeni Zamiatin, “1984” de George Orwell, “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, y por qué no, “V de vendetta” de Alan Moore y David Lloyd, la inmaculada “Blade Runner” de Ridley Scott, y The Matrix” de los hermanos Wachowski.

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