jueves, 13 de agosto de 2015

APUNTES DE UN ARQUITECTO


«Trujillo», la esplendente huella de un español.
Arq. Víctor José Stilp Piccotte©
Reservados todos los derechos



Trujillo, es necesario decirlo, es un vocablo que reconocía como el nombre de un pueblo peruano, que, entre otras riquezas patrimoniales y arquitectónicas, goza de las fabulosas Huacas del Sol y de la Luna; y, además, el mismo vocablo refería a otro pueblo sudamericano, esta vez ubicado en el valle de los «Mukas», «Venezuela», cuyas montañas reconocen a la paz y al encanto.
En definitiva, el vocablo resignificaba en mis conocimientos lógicamente primarios, a dos pueblos sudamericanos; un sutil motivo que impulsaba a vislumbrar esa palabra como un legado nativo.
Por cierto, es necesario decirlo, la palabra Trujillo quedó olvidada en el archivo de mi mente, y resurgió impetuosa, fogosa y ardiente, una mágica mañana de diciembre, pero no en territorio sudamericano sino en «España»; cuando cómodamente instalado en la habitación de un hotel, hilvanaba el trayecto consensuado al acordar el viaje.
En la habitación, intentaba grabar el recorrido pactado en mi mente, aunque el bullicioso grupo de conciudadanos que me acompañaba, se empecinaba en desbordar el espacio para la delegación, invadiendo los rincones con sus gritos y chanzas.
Por cierto, el periplo consensuado en Argentina, contemplaba recorrer cinco países de Europa en cuarenta y cinco días.
El recorrido inicial de diez días, se circunscribía a España.
Por ese motivo, apenas descendimos del avión, en «Barajas», nos dirigimos al hotel para encontrarnos con el guía y con el chofer del minibús; acompañantes que nos escoltarían durante todo el recorrido.
Los diez días por España, en realidad, se dividían en dos etapas, la primera con centro en Madrid y finalización en «Barcelona»; y la segunda, tras el regreso de la visita a «Bordeaux», por «San Sebastián», «Pamplona», «Logroño», «Burgos», «Valladolid», «Salamanca», «Ávila» hasta llegar nuevamente a Madrid.
Mientras intentaba grabar el recorrido que se iniciaba y finalizaba en esa ciudad española, uno de mis compañeros de viaje me avisó que el guía convocaba a una reunión en la confitería del hotel, donde nos informaría sobre un cambio en la ruta del recorrido.
Salimos mañana bien temprano dijo el guía, luego de presentarse, pero no utilizaremos la ruta que va por «Aranjuez» y «Toledo», sino la que desanda por «Alcorcón» hacia «Talavera de la Reina».
El cansancio generado por el viaje, y la necesidad de despejar un poco nuestras mentes, evitó que alguno razonara alguna queja sobre las sugerencias del guía. Aunque de todas maneras, el recorrido se iniciaría en la fecha y hora prevista.
Más tarde, al concluir la cena, algunos integrantes del grupo nos sentamos en la barra del bar del hotel para saborear un trago de whisky; fue ese, el momento ideal para que el barman nos confesara que el chofer del minibús y el guía, eran «extremeños». Supe, entonces, el porqué de la decisión de cambiar la ruta que nos conduciría a «Cataluña»: decididamente, guía y chofer, pretendían que disfrutáramos de los encantos del suroeste, su tierra, en realidad una bendita región española que había sido obviada por la compañía de viajes.
En ese entonces, la actual «autovía del suroeste», también conocida como «autovía de Extremadura» —semiautopista, dice la Ley Argentina—, sólo se gestaba en bosquejos y anteproyectos. Por lo tanto, el minibús reconocería el trazado y las huellas de las antiguas rutas; un macadam que aún persiste, resistiendo su muerte sólo por tramos, en un fútil intento para que nadie se olvide de su pretérita gloria.
No deben preocuparse dijo el guía, cuando nos vio conversando con el barman. El viaje se realizará en el tiempo previsto, pero hemos decidido utilizar una ruta diferente para mostrarles los paisajes que unen a Madrid con Barcelona —refiriéndose a las dos ciudades españolas que aun intentan diferenciarse, y no sólo culturalmente.
—Si el pago incluye esta alteración de la ruta, estamos de acuerdo —dijo uno de los integrantes del grupo, con un tercer vaso de whisky en la mano—. De paso conoceremos algunas ciudades no incluidas en el viaje.
No deben preocuparse —repitió el guía. Los gastos están incluidos en el pago que ustedes han efectuado a la compañía… Por favor agregó, no beban mucho, porque mañana en lugar de disfrutar, van a dormir.
Convalidamos el nuevo itinerario, y nos retiramos a nuestras habitaciones, predispuesto a descansar, para recorrer el suroeste hasta casi tocar el límite con Portugal; en definitiva, porque la idea central del chofer y del guía extremeños al fin, era recorrer su terruño.
Un terruño que, además, nos permitiría conocer el camino que conduce a «Sevilla» y su lírica poética, ese soneto inmaterial que incluye a las leyendas y al encantamiento de su bella, “Maravillosa y extraordinaria” Catedral gótica. Consecuentemente, al mítico edificio adyacente, que entre palmeras, cobija la documentación que conocemos como el Archivo General de Indias.



Desde Sevilla accederíamos a «Málaga», a «Córdoba», y a sus mitos, hitos y ritos; y también a «Granada», y a la exteriorización pergeñada por la invasión musulmana a la península ibérica.
Idílicos lugares que definían ese nuevo tramo del camino, que según palabras del guía, nos llevarían hasta Barcelona.

Iniciamos el periplo y corroboramos que el minibús obviaba la ruta que conducía hacia «Aranjuez» y «Toledo», y desandaba por «Alcorcón» hacia «Talavera de la Reina», hasta rozar el extremo sureste del «Parque Nacional de Monfragüe».
Esa mañana, intrusa en mis desvaríos «historiopoéticos», despuntaba como mágica, aunque no sé por qué motivo.
Como no había bebido más de un vaso de whisky, conjeturaba que nada sabía de lo que podría sobrevenir.
Conjeturo que aún no lo sé.
Esa mañana, que despuntaba como mágica, se magnificó en el momento en que el minibús cruzó el extremo del Parque, y concretó un desvío.
Sucedió entonces, que lo mágico me sumergía en lo sorprendente, asombroso y prodigiosamente misterioso que manifiesta a la Creación del Creador. Dado que si bien las nubes ocultaban a los rayos del sol, estos igual las atravesaban y se reflejaban en la superficie, dispuestos a encender la belleza del paisaje; impensadamente armoniosa y perfecta.
Tras un corto lapso de tiempo, divisé un cartel que anticipaba la existencia del pueblo de «Almaraz», y otro inmenso, que proponía detenernos para realizar una visita a los «Llanos de Cáceres».
Pero el minibús no se detuvo.
Otro cartel, más grande aun, se hizo visible señalando la cercanía del «Llano de la Rioja»; y luego otro, tan grande como el último, que nos seducía para que visitáramos un Castillo.
—¿Un castillo? pregunté, exteriorizando la pregunta.
La pregunta no obtuvo respuesta alguna, pero huelga decir que efectivamente se trataba de un castillo; una edificación que se situaba en ese lugar mágico, que sorprendente, asombrosa y misteriosamente, me resultaba familiar.
Es que el cartel ensalzaba un nombre conocido.
Un nombre que había condenado al archivo de mi mente.
Es que el castillo se ubicaba en un pueblo llamado Trujillo; el supuesto vocablo, que conjeturalmente sospechaba como topónimo nativo, y anterior a la penetración ultramarina en el territorio de Abya Yala.
Lo mágico captó no sólo mi atención, sino también la del guía, quien sugirió fotografiar al castillo y de paso, acceder al pueblo para visitar la Plaza Mayor, la que según sus palabras…
Resultará una experiencia maravillosa afirmó, complaciendo la magia que el entorno proveía. Eso se los aseguro.
Los integrantes del grupo guardamos silencio.
Simulábamos ser desconocidos conocidos.
Turistas que desconocen con total desconocimiento, el sentido de porqué suceden los sucesos.
Habíamos quedado en seguir la nueva ruta, pero con la condición de pasar la noche en Sevilla dijo el integrante del grupo que se había quejado la primera vez, ahora embargado por una profunda preocupación—. No sé qué tan importante resulta detenernos en este pueblo para conocer una plaza y un castillo.
—Se lo aseguro, señor —reafirmó el guía—. Vale la pena, y deje de preocuparse porque pasaremos la noche en un hotel de Trujillo.
El integrante del grupo guardó silencio.
Tal vez valga la pena —murmuré, para que nadie me escuchara—, pero seguro que nos retrasaremos, y los mitos, hitos y ritos serán soterrados por una corta visita a Málaga.
En realidad agregó el guía, interrumpiendo mis disquisiciones, creo que es conveniente concretar un parate en Trujillo. Pernoctaremos y apenas comience el nuevo día, retomaremos la ruta con destino a Málaga. Entonces podremos disfrutar de las postales del «Mediterráneo». Como hemos prometido, si el Señor así lo quiere, al anochecer llegaremos a Córdoba, y a la mañana siguiente a Granada, donde nos hospedaremos dos días.
La lógica expuesta por el guía resultó convincente, y nadie objetó la decisión.
En definitiva todos los gastos estaban incluidos, y nada devengaría de nuestros bolsillos pasar la noche en un hotel de la recién instaurada Trujillo.
Si bien había preparado mi cámara para capturar todas las imágenes posibles que luego se convertirían en dispositivas, lo que aconteció incrementó la magia que había conjeturado al salir desde Madrid.
Esa magia que se develaba impoluta, sólo para mí, ante mis ojos.
Ya no hubo lugar para los ritos, hitos y mitos, que aguardaba encontrar; sino Tiempo y Espacio para sobrecoger a la poética la misma que me contiene. Sólo Tiempo y Espacio para reconocer la iluminación del Creador, que revelándose en el sobrecogimiento de mi mente creo que también en la de mis acompañantes, me insertaba en un contexto que jamás olvidaría.
Un hecho trascendente y misterioso, ocurrido apenas divisamos el céntrico entorno de la ciudad.
Es que Trujillo, la española, simulaba ser una ciudad amurallada, y a pesar de que su rica historia la aceptaba como tal, nada más parecido a lo que conjeturaba como una ciudad medieval, era lo que mis ojos relevaban.
En la Plaza Mayor se van a encontrar con una estatua de proporciones colosales —había anticipado el guía. Una estatua que los impactará, y mucho más cuando corroboren que tiene una sobrada relación con Sudamérica.
¿Una estatua que tiene que ver con nosotros? renové preguntarme, definitivamente convencido de que el vocablo Trujillo no era un topónimo nativo.
La estatua fue colocada sobre un pedestal de granito, y desde entonces forma parte de la historia explicó el guía, dispuesto a brindarnos la información correcta y necesaria, tal como hacen los guías turísticos que habitan el planeta—. Fue inaugurada en el año 1929 por el príncipe «Alfonso de Orleans».
¿Una estatua histórica? renové preguntarme, redundado en las preguntas, pero esta vez en voz alta, para que el guía me escuchara.
Es una estatua ecuestre replicó el guía, condescendiente. Fue el homenaje del municipio a uno de sus vecinos ilustres amplió su respuesta, prolongándose en explicaciones.
De pronto, mientras las palabras del guía inundaban el interior del minibús, mis ojos se perdieron en las imágenes que ofrecía el recorrido hasta la Plaza Mayor.
Todo el entorno simulaba ser, ingenuamente, una fabulosa obra.
Una obra maravillosa del Creador, extraordinaria y fundamentalmente magna.
Como el segundo rollo estaba completo, me dediqué a cargar el tercero en la cámara fotográfica, y no me percaté de que el vehículo se había detenido en un amplio espacio empedrado. Un espacio cuadrangular, con movimientos escalonados y sin arboles; el verde noble que nos había acompañado en el ingreso a la ciudad.
—Nos hemos detenido en la Plaza Mayor de Trujillo —dijo el guía.
Esto es una plaza seca, sí, pera nada fuera de lugar, como la de Madrid apunté, sin importar lo que dijera el guía. Eso sí, demasiado amplia y coronada por el escalonamiento y una magnífica construcción religiosa, aparentemente románica agregué, en voz alta.
Es de estilo románico tardío convalidó el guía. Es la iglesia de «Santa María la Mayor» y fue construida en el siglo trece. Según los historiadores, fue edificada en el mismo lugar donde los musulmanes construyeron una mezquita.
Extasiado en el interior del minibús, decidí que era oportuno acompañar a los integrantes del grupo y descendí. Cuando pisé el empedrado de la plaza, cámara fotográfica en la mano, dispuesto a fotografiar al edificio religioso, una imagen que no había observado conmovió mi espíritu poético, y por supuesto, el alma de buceador de la historia que me inviste.
Era la famosa estatua ecuestre de la que tanto nos había hablado el guía.
Gigante.
Realmente imponente.
Una base de triple bloque de granito, soportaba a un brioso caballo que asentaba sus patas en el escalonamiento y en su lomo, uno de los adelantados que en los siglos XV y XVI salieron de España rumbo a nuestro continente.
¿Quién es? pregunté, tratando de no pasar vergüenza ante el guía, convencido de que alguno de mis acompañantes conocía el nombre del personaje.
—¡«Francisco Pizarro»! exclamó uno de ellos, sin preámbulo alguno. El conquistador de «Perú».



Mi corazón latió aceleradamente.
El entorno de rocas y ladrillos que me contenía, también latió aceleradamente.
Todo, absolutamente, comenzó a latir aceleradamente.
¿Pizarro…? qué Pizarro? completé mi monótona rutina de preguntar.
—Francisco Pizarro nació en este pueblo respondió el guía. Acá vivió su familia; sus abuelos, padres y hermanos.
Extasiado con la magia develada, no sólo mi corazón latía aceleradamente, también mi cuerpo acompasaba sus latidos, incitando a mis piernas para que se movieran aceleradamente, y treparan los escalones que permitían el acenso hasta la base de granito, donde podría corroborar que efectivamente la estatua ecuestre era de Francisco Pizarro, el mismo español que junto a «Diego de Almagro», invadiera los territorios de una de las más importantes culturas de Abya Yala: el imperio Incaico.
Si lo desean, también pueden visitar la casa donde nació y vivió completó el guía. Aunque está bastante descuidada, igual conserva la mística que circunda su historia exultante, al ver nuestras caras de sorpresa y admiración.
¿Su casa natal? redundé en una nueva pregunta.
Si replicó el guía, es la casa de abolengo de sus antepasados. Allí también nació el padre de los Pizarro conquistadores, don Gonzalo. Es una casa medieval del siglo quince, con una puerta de arco apuntado que resguarda al escudo de la familia.
¡Pero! dije, exacerbando mis dudas. Lo que he investigado sobre Pizarro me conduce hasta «Asturias», no a esta región.
Es cierto que los ancestros del conquistador llegaron a este pueblo desde Asturias convalidó el guía, pero también es cierto que se asentaron en Trujillo, cuando sucedió la reconquista del territorio invadido por los musulmanes.
¿La casa? renové la intriga.
Primero nos registraremos en el Hotel —dijo el guía, interrumpiéndome para serenarme—, y una vez que se asignen las habitaciones, quedarán libres para visitar el pueblo, la plaza, la iglesia y la casa donde nació el conquistador —explicó.
            Nos dirigimos al hotel y luego del registro, cada uno optó por la salida que consideraba como la más apropiada.
            Regresé a la plaza y la recorrí en su totalidad.



            Muchas diapositivas, las que ahora suenan como cosas vetustas, registradas por mi cámara fotográfica, entallaron las imágenes del pueblo, del edificio religioso, de la estatua ecuestre, de la Plaza Mayor, y finalmente, de la casa donde nació y vivió Francisco Pizarro. Una construcción de estilo medieval, con una puerta de arco apuntado, tal como había descripto el guía, con un escudo enmarcado en alfiz moldura, con dos osos y un pino.
El escudo de la familia expresé, sin percatarme de que el guía, acompañando a tres mujeres integrantes del grupo, también se había acercado hasta la casa.
—Un grupo de asesores del alcalde proyecta convertirla en un museo dijo el guía, sorprendiéndome. Pero eso recién se concretará cuando se celebre el quinto centenario del descubrimiento.
Me sorprende que haya vivido con su familia, porque según lo que he leído, su padre no lo reconocía como hijo repenticé, obviando el tema del descubrimiento, y rebuscando una nueva respuesta.
Es verdad lo que usted dice aseguró el guía. Pero la historia convalida que cuando Francisco regresó en busca de sus hermanos, tras haber accedido al Cusco, su padre lo reconoció.
Guardé silencio y dediqué mi tiempo a las fotografías.
            Nuevas e infecundas diapositivas, que poblaron aun lo repletan, uno de los cajones donde cobijo mis archivos.
Extasiado con la magia develada, mi corazón continuaba latiendo aceleradamente; y mi cuerpo, sin dejar de acompasar sus latidos, incitaba a mis piernas para que movieran aceleradamente, trepando cada uno de los escalones que aun residen lo sé y ruego no me pregunte porqué, en el mágico pueblo de Trujillo.
Por supuesto que mis ojos capturaron las imágenes, tal como lo hizo la cámara fotográfica.
Las imágenes de un entorno, que demostraba ser la fabulosa obra que el Creador había decidido legar a los Seres Humanos.
Una obra maravillosa, extraordinaria y fundamentalmente magna.
Pernoctamos en Trujillo, y aunque mi deseo resignificaba mi permanencia en ese idílico pueblo español, apenas despuntada la nueva mañana, el grupo ascendió al minibús para retomar la ruta rumbo a Málaga, Córdoba y Granada. Dos días después recorrimos la costa del Mediterráneo hasta «Almería», cruzamos por «Cartagena» rumbo a «Murcia». De Murcia trepamos hasta «Valencia», luego «Tarragona», y finalmente accedimos a la Barcelona del maestro «Gaudí».
Pero todo eso, forma parte de otros apuntes que pergeño como arquitecto y escritor.
Digo esto, porque lo que he compartido con usted, lector; lo verdaderamente importante, lo verdaderamente trascendente; esa fabulosa obra del Creador que he descripto y que mis ojos descubrieron y contemplaron, forma parte de un idilio que desde entonces, me obliga, como residente de la «Córdoba de la Nueva Andalucía», a retornar con mi imaginación, cada mágico día de mi mágica vida, para poetizarme en Trujillo.

Arq. Víctor José Stilp Piccotte.









Las fotografías publicadas tienen su correlato en la WEB

Nota: Con motivo del V Centenario del Descubrimiento de América, en 1992, la casa que he citado en mi relato, se ha dedicado a Museo. La planta baja recrea la casa de un hidalgo extremeño ambientada en la época, a fines del siglo XV y principios del XVI cuando se fueron los extremeños fueron rumbo a América. La planta alta es una exposición dedicada a la vida y obra de Pizarro, la cultura de los incas y la llamada Conquista del Perú, con maquetas de las rutas seguidas y objetos utilizados por los llamados conquistadores en la gesta peruana, además de piezas etnográficas de la cultura de los incas. Al respecto cito a María Lourdes Díaz Trechuelo López Spínola, en su libro «Francisco Pizarro, el conquistador del fabuloso Perú»: “…a su regreso a Trujillo, en 1529, Francisco Pizarro fue objeto de un recibimiento auténticamente triunfal. Sus hermanos, hijos legítimos e ilegítimos de don Gonzalo, varios de los cuales se alistarían para marchar con él a América, le reconocieron como el primogénito y le hospedaron en la casa solariega de la familia (arriba). El conquistador del Perú, que siempre había usado su apellido de forma irregular, ya que su padre jamás lo reconoció, pudo disfrutar al fin plenamente de la posesión de un nombre y un linaje conocido”.




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