sábado, 11 de febrero de 2017

PUERTAS DE MI INFANCIA - VILLA MARÍA (1956/1976)

PUERTAS DE MI INFANCIA
VILLA MARÍA: 1867/2015
UN ESPACIO EN SU TIEMPO: 1956/1976

Arq. VÍCTOR JOSÉ STILP PICCOTTE


Primer prólogo.
—Aimogasta, La Rioja—

Quiero incitar al lector, a recorrer juntos el espacio sin tiempo de un talentoso escritor.
Se trata de Víctor José Stilp Piccotte, que con un estilo de narración con personalidad, nos lleva por senderos de la infancia a traspasar los límites de lo racional.
En lugares secretos de nuestro cuerpo, mente y alma han quedado grabadas para siempre con las improntas de nuestro hoy; y el autor nos proporciona las llaves de ese tesoro, desnudando en el contenido, toda su alma.
El siguiente es un relato de hechos que sucedieron hace mucho tiempo, que con una pluma ágil y minuciosa, el autor reconstruye para nuestro regocijo y emoción, constituyéndose en una obra para ser leída con los ojos cerrados.
A su personalidad narrativa, Stilp Piccotte le insufla una sólida formación moral, desgranando en cada capítulo, un mensaje profundo, para meditar seriamente en estas épocas de crisis devastadoras.
Invito al lector y a la crítica, a recibir de pie y con creciente expectativa, esta obra llena de alegría, ternura y esperanza.

Dr. Néstor Hugo Brizuela[1]
Segundo prólogo.
—Moreno, Buenos  Aires—


“Puertas de la Infancia” es un abrir y cerrar cada etapa de vida.
Descubrir lo sano, la inocencia, apreciar lo amado: el hogar...
Con lo cual, el autor nos invita a entender ciertos significados; nuestras raíces fortalecedoras, reflejándonos en nuestros padres, guías en la educación del Consejo diario, camino al futuro.
Ellos saben al sacrificio del sufrimiento para no herirnos...
            —¿Cuántas veces ocultan sus lágrimas?, ¿somos conscientes de ello, o no?
La infancia, es un abanico de colores, con sus juegos, sus paseos —atrapar a los pájaros— en fin, valores incalculables de los niños, y porque no, de los jóvenes y los adultos.
“Puertas de la Infancia” refleja aquellas puertas abiertas, que cortan las cadenas hacia la libertad, y con ésta expresión refiero: aprender a valorar, relacionando a los niños y los pájaros.
Rescato para este análisis un fragmento:
            “—La puerta de las jaulas y de los tramperos (…) tal vez, porque pensé que si liberaba aquellos pájaros, Dios me otorgaría la gracia de tener siempre a mis padres a mi lado.”
Digo entonces, que por eso, no se juega con la libertad, porque es cerrarse a sí mismo. Hoy es tan necesario, el difícil desafío de elegir y ser libre, que debo citar:
            “—Pequeña libertad que nos rige, son las leyes aplicadas en nuestra sociedad, que se encargaron de conculcar nuestros derechos a la libertad, en nombre de Dios, fuente de toda razón y de toda justicia.”

Lector:
                        Cuanta verdad he saboreado, cuanta sabiduría adquirida por los años; comparto y recuerdo leyendo éste libro, como fue mi infancia simple, con sus pequeñas cosas, pero feliz.
La lectura de “Puertas de la Infancia” puede ayudar a “otros” a valorar la riqueza interior, que es nuestro niño; porque el hecho de tener un buen juguete, obviamente no es la felicidad.
La felicidad es el estado consciente, hecho con amor entregado y construido en ese juguete.

Claudia Irene Piro[2]
Tercer prólogo.
—Ituzaingo, Buenos  Aires—


Querido amigo Víctor:
Es para mí un gran placer “saborear” este libro tan pleno de nobles sentimientos, de ternura, de nostalgia y gratitud hacia todo lo que conformó una infancia tan abrigada por el amor de los seres queridos, y poblada de pureza, de espontaneidad, de sencillez.
Quiera su contenido ser un ejemplo para nuestra juventud, en algunos casos tan desconcertada, debido a los estímulos inductores que la circundan.
En lo que concierne a su forma, no puedo dejar de señalar que contiene imágenes y definiciones tan poéticas, que uno imagina estar leyendo un extenso poema.
La lectura de los párrafos de “La puerta de la máquina de escribir”, merecen una pausa, para ser releídos y disfrutados en todo su esplendor, en toda su riqueza de forma y de fondo.
            —¿Estás seguro de que tu título de Arquitecto, no incluye, además, el de Arquitecto en letras?
No puedo sustraerme a la emoción y la ternura que me produce, y estoy segura de que para sus lectores y para tus descendientes —tus hijos, por ahora— será un tesoro invalorable.

Hilda Norma Vale[3]





Patio de la Escuela de Artes y Oficios - Escuela José Mármol - Villa María - Córdoba


Capítulo I
La historia de la ciudad.

Lector…
Desconozco si en la época de la Fundación, el mítico y serpenteante «Río III», que vivenciaba algunas tardes desde la terraza de la casa paterna, recibía por nombre «Ctalamochita»[4] o «Calamuchita»…
Aunque sé que el “Tercero”, aun atraviesa los húmedos campos de la “pampa cordobesa”.
Por ese motivo, y recusando mi desconocimiento fundacional, acude la poética —aristotélica verdad que contiene a la historia—, señalándome que el día veintisiete de septiembre del año 1867, un señor llamado «Manuel Anselmo Ocampo»[5] —nacido en la capital portuaria— tomó la decisión de otorgar poderes sobre sus propiedades a otro señor, llamado «Pablo Barrelier» —su consejero—, encomendándole “fundar una ciudad”, a la cual debía bautizar con el primer nombre de su hija.
            Así nació Villa María.
El primitivo asiento de la hoy próspera ciudad mediterránea, se consolidó alrededor de la Estación de Trenes, y desde ese ecléctico lugar promovió su desarrollo demográfico y económico.
El asentamiento se consolidó como un importante nudo ferroviario —hasta su disolución estructural en la década final del siglo XX—, concentrando a las líneas… Gral. Mitre, Gral. Belgrano y Gral. San Martín; y, además, como un nexo vial ineludible, el cual la conectaba con las ciudades de Córdoba, Buenos Aires, Rosario, San Luis, La Pampa, Mendoza, Catamarca, Santa Fe, Tucumán y otras, pertenecientes a la extensa geografía patria.
Cuatro años después, el diecinueve de septiembre de 1871, el Congreso de la Nación sancionó una Ley que en sus primeros artículos ordenaba… la federalización del punto denominado Villa María.
Esta Ley —que al igual que otras leyes ha sido olvidada— contemplaba la demarcación de un área de veintiséis kilómetros por lado… Cuyos límites deberán ser fijados por una Comisión compuesta por cuatro legisladores, y el Sr. Ministro del Interior.
El núcleo de la citada y olvidada Ley, establecía que la Capital de la Nación debía erigirse en el centro del territorio delimitado por esa Comisión.
Para ello se fijó sujeta a expropiación… Por causa de utilidad pública, un área de diez kilómetros por lado.
Pero la nueva capital no llevaría por nombre Villa María, dado que explícitamente se ordenaba, que el asentamiento debía trocar su nombre originario por el de… Rivadavia.
Sin embargo, el entonces Presidente de la Nación «Domingo Faustino Sarmiento», vetó la Ley por entender que… Esta localidad, expuesta a malones indígenas, no es segura para las Autoridades nacionales.
Como consuelo “espiritual y cultural”, Sarmiento consintió la creación de la primera Escuela, designando como maestros a Mercedes Peralta, y a su esposo, Abraham Juárez.
Pasados tres años del frustrado asiento de la Capital de la Nación, los vecinos tomaron la decisión de iniciar la construcción de una capilla —luego denominada Catedral Santuario—; edificio al que se le agregaron dos naves laterales en el año 1910.
El Templo Católico fue restaurado a mediados del siglo XX, momento en el que se le agregó una fachada, además de una casa parroquial apoyada en su medianera izquierda.
Por lógica evolución, no sólo de alimentos espirituales se alimentaban los vecinos de la Villa.
Antes de ese espacio tiempo, con mayor precisión en el año 1881, habíase inaugurado un puente con la finalidad de facilitar el paso entre los sitios de Villa María y Villa Nueva[6].
Cronológicamente, en el año 1882 se instala la primera imprenta, y a finales de ese mismo año los habitantes pudieron disfrutar de la lectura del primer periódico villamariense… «El sol».
En el año 1904 se construye un espacio cubierto para el archivo de libros, revistas y documentos, que con el paso de los años se transformaría en la «Biblioteca Bernardino Rivadavia».
Dos años después, la ciudad contaba con dos cines… Comercio y Edén.
En el año 1915, el gobernador de la provincia, «Ramón J. Cárcano» —en concordancia con las cifras del censo nacional, que databan a Villa María con más de diez mil habitantes— decreta que la Villa sea considerada una Ciudad.[7]
Quince años más tarde se inauguraba el primer Instituto de enseñanza secundaria, hecho ensalzado con la construcción del «Palace Hotel» —hoy sede de la Municipalidad—.
En el año 1935, se remodeló la Plaza Centenario, y en el año 1937, la pavimentación de la Ruta Nacional Nº 9, conectó definitivamente a Villa María con Buenos Aires y Córdoba.
En el año 1957, el Papa Pío XII crea la Diócesis, elevando la ciudad a Sede Episcopal.
Pero un año antes…
En la mañana del ocho de febrero de 1956, en una sala del «Hospital Pasteur» —transformando en llanto a un grito prematuro—, una pequeña y particular historia se muda a nacimiento:
Fundamento de la fábula que relato a continuación.




Poética/Insoneto I
María de la infancia

Marrón el agua que lleva mi torrente
envolviendo los pies, semidesnudos,
sobre la arena gruesa de la orilla
que vulnera… Piel en la inocencia.

Marrón, el místico color de la luz
que evade trinos, cielos y delirios,
bajo el agua, allanada en la grava
de la niñez, disuelta en el tiempo.

Marrón, como metáfora del cauce.

Marrón, como campanas oxidadas…

Marrón, en marrones estallando,
guadal y médano evitados de verde…

Elocuente figura de una ciudad real,
Villa lejana… María de la infancia.



Capítulo II
La máquina de escribir.
Cómo nacen los espacios y los tiempos.

Día nublado, sin lluvia.
31 de diciembre de 1996, Villa María, Córdoba.
                …
El papel rectangular es absorbido por el tambor de la máquina de escribir —«la Brother»—, una antigua y oscura estructura metálica con soportes de plástico, que parece revivir su gloria al ser impulsada por mis dedos…
Expiando a las teclas y originando letras negras, imprimiéndolas sobre un blanco papel.
Mi corazón vibra al trasladar en frases, a las palabras que conforman una pequeña y particular historia.
Sé que no debo consentir en ellas un estilo, y que sólo es necesario proveer la sabiduría que permite el reencuentro; un «Tinkunaco» diferente, sólo acodado en la imaginación del escritor.
Esa capacidad inserta en lo nunca mensurable, es la que finalmente forma parte del espacio —análogo a todos los espacios—, donde sucedieron los hechos.
Tiempos recurrentes que aislaron a las conjeturas, reconociendo infortunios y envidias, ilusiones y esperanzas…
Por lógica, un sinnúmero de quimeras.
Porque en definitiva, si los espacios y tiempos navegan entre la recurrencia y la esperanza, es porque el indubitable anhelo de la Fe, ha conseguido sepultar a la miseria y a la maldad.
Por cierto, debo decir que han sido treinta, los años que he dedicado a construir este proyecto.
Un  propósito que “habla” de un mundo de palabras y pensamientos.
Un mundo idílico y lírico —como habré de repetir en la extensión de mi relato—, en el que he recogido las enseñanzas que la vida sembró en mi conciencia; estableciendo el pensamiento y los versos que dieron forma a la poética.
Una ráfaga de metáforas, que facultaron a las frases para seducir a los relatos, con el simple objetivo de revivir los elementos que trascienden a la edad.
Como si toda mi vida se redujera a una similitud con la esperanza.
Como si toda mi vida se conjurara en una analogía, donde el sol es simple e indisoluble, como una estrella.
Sólo una parte del Universo.
Sólo una plétora de galaxias.
Una opulencia cosmológica donde las computadoras simulan al Hombre, para intentar convencernos de que éste nunca se atreverá a imaginar.
En tal sentido, no dudo, nunca he dudado, de que soy un residente de este espacio tiempo convertido en letras.
Y como no dudo, nunca he dudado de que compenetrado en él, puedo confirmar que los versos sobrevivirán a la muerte, y también a las máquinas, porque los Escritores imbuidos en la Poética habrán de ser los celestiales trazadores del futuro.
Idílicos Humanos…
Celestiales e idílicos Humanos, que habrán de reconstruir la imaginación para finalmente imponer al amor y a la fantasía.
En ese celestial e idílico entorno, que no pocas veces me contiene en la realidad, es donde permito que el blanco papel, impreso con letras gestadas en tinta negra, caiga hacia el vidrio protector del escritorio —un soporte transparente que aún retiene los trazos de mi padre—, para recibir a las frases y a las ilusiones.
En realidad, a los pensamientos que guían mi cuerpo hacia la meta.
                …
Día nublado, sin lluvia.
31 de diciembre de 1969, Villa María, Córdoba.
                …
Regresábamos del centro caminando en silencio.
Mamá a mi lado.
Yo, ilusionado sobre el cordón cuneta que separa veredas y calzadas, esquivando los canteros, los árboles y las rosas.
Abatiendo los mosaicos de las veredas de la calle San Juan, que soportaban nuestros pasos con alegría, mientras los colores y las formas invadían a los mosaicos…
Solados calcáreos que nos conducían hacia la casa de la calle Pedro Viñas,[8] adyacente al balneario, en el extremo sur del barrio Güemes, en los suburbios de Villa María.[9]
A mi lado, Felisa.
Nuestros pasos, silenciosos, comprendían que la caja que portaba entre mis brazos —un rectangular tesoro protegido por el cartón corrugado, y un forro de papel color madera—, significaba el logro más importante de cuantos aspirara a concretar en la vida.
La caja cobijaba a la esperanza y a la ilusión; un anhelo que los espacios y tiempos recurrían a imponerme, entre sueños, metal, plástico y poética.
El silencioso recorrido que habíamos iniciado en el centro de la ciudad, sólo se interrumpió cuando me recluí en mi cuarto.
Al quitar el envoltorio de la caja…
Entonces develé a la bizarría sobre un inventado escritorio.
El brillo de la tapa, al descubrir el teclado, acentuó la promesa, aquella que había conjurado antes, de expresar los sentimientos archivados entre cuadernos y recreos.
En realidad, develar los vírgenes dialectos que habían sido extrañados por los timbres del recreo; cuando los contenía en mi mente, como si fueran impulsos…
 Tracciones que se diluían ante las enhiestas máquinas de escribir…
Gloriosas habitantes de la biblioteca ubicada en el primer piso[10]
            Viejas, negras y pesadas máquinas; donde algunas veces y sin que los mayores lo descubrieran, posaba mis dedos, intentando comprender el sentido de las letras que desafiaban el orden alfabético.
El mismo inorden que las teclas de mi máquina mostraban; blancas teclas, liberadas en el sonido de un recreo ya dormido.
Dudo, como dudé entonces, si fue en ese momento cuando intuí que no debía silenciarlas.
Porque al hacerlo silenciaría el sueño que mis padres habían prodigado.
Por supuesto que distante de mis enajenadas elucubraciones, y sumida en la costura, Mamá —Felisa—, me observaba callada, con sus pies sobre el pedal que impulsaba la máquina de coser.[11]
Papá —Juan—, inamovible en la silla que coronaba la mesa, conjeturaba que “me había salido con la mía”, obligando a Felisa —sin su consentimiento—, para que comprara aquella máquina.
Sin importar lo que mi padre pensara, cerré la puerta de mi dormitorio, corté en cuatro una apaisada hoja de papel «Canson»,[12]y liándolo al rolo de la máquina, comencé a hilvanar una historia.
El argumento de inicial relato, reflexionaba sobre un viaje hacia la luna.
Un irreal contexto, originado en una espiral incoherente, dado que en esa única hoja de papel, deshacía el principio y su inesperado final.
El mismo desasido principio, y el mismo desasido final…
Que de ningún modo, acontecieron.
A pesar de que nunca trascendió mi primer argumento literario, creo que el hecho de plasmarlo en un blanco papel, significó el punto de partida para que la ilusión me concediera la oportunidad de realizar mis deseos.
No niego que el presente.
Este tiempo de tecnologías sucedidas.
Me desciñe como Humano en las teclas de una Notebook.
Pero el día en que  la Brother llegó a mis manos, mi vida inició el camino hacia la gloria.
Desde entonces no he dejado de convertir en realidad mis ilusiones, pues el simple hecho de poseerlas hace que la existencia tenga sentido.
            Como si ese todo concretara el discernimiento de la infancia, convirtiéndome en lo que soy.
            Un eterno pasajero de los sueños imposibles.
Villa Antarell, octubre de 2014.
«La Brother» permaneció en la casa paterna hasta que la muerte pactó una paz eterna con mis viejos. Mi hermana María del Carmen la protegió en una bolsa de grueso polietileno, y luego de innumerables peripecias me acompaña en ésta Aimogasta silenciosa, cobijada en el lugar donde abrigo la eternidad de Juan y Felisa.
No sé en qué lugar quedó el cartón corrugado y el papel madera que la protegían; pero sé, al recrear los viajes que junto a Laura y mis hijos hacíamos hasta Villa María —hoy inexistentes—, que al ingresar en la casa natal corría hasta el escritorio de Papá, y sin que nadie se diera cuenta, quitaba la tapa de plástico, y renovaba en blanco al papel Canson de la inicial historia.
Sospecho, desde la eternidad donde residen todos los padres, que al verme, Juan transforma su molestia en risa, convencido de que Felisa sigue conjeturando sobre mi paranoia…
Entre el agua hirviendo de sus mates, y el silencio cómplice de una hornalla encendida a perpetuidad.
Quizás por ese simple y particular motivo, las teclas blancas de la Brother aún palpitan…
Intuyendo el lejano contacto con mis dedos.
Como si se tratara de un eterno paradigma.
Un arquetipo que delega entre escritura y fábula…
Para mis hijos.
            Esta pequeña y particular historia que narra la infancia de su padre.
                …
Apéndice escrito en Villa María.
                …
La máquina de escribir[13] que heredé de mis padres, simboliza la certeza…
 La convicción, y la evidencia de que los sueños siempre tornan en realidades.
Porque en el inicial día, cuando precarios conocimientos sobre literatura invadieron a mi infancia, la avidez lectora se tradujo en correlato…
Confirmando que la luna no sólo es un satélite, como tampoco los ríos y los árboles son sólo una parte del paisaje.
Fortaleciéndome, en definitiva, para que concretizara mi vida entre relatos y poemas.
Sé que todo sucedió cuando nacieron las frases que describieron al mundo.
Sé que todo sucedió cuando mis espacios y tiempos, cobijados en cajas de cartón corrugado y papel color madera, creyeron oportuno dar a conocer esta simple y particular historia, originada en una máquina de escribir.
Una máquina, que desde el silencio proveído por otra caja inmaculada, ostenta orgullosa —ante mi mente poseída por un procesador—, la vanidad de ser capricho del tiempo en el espacio de la vida.
            Mi infancia.
Que nace y muere, cada día.



Poética/Insoneto II
Solo, en la gloria.

Solo, en este páramo desierto
la soledad acompaña mi lamento;
Blandiendo al viento en los colores,
y a la lírica, ungida en la memoria.

Y es ella, en la poética anidada
quien atina mis manos, desgajada…

Como el vuelo del ave, sometida
por la oda trasmutada en poesía.

Y sólo, cual páramo, contengo
a la infancia y al niño recordado…

Elevando la vida entre volantas,
y a la gloria, en los ojos contenidos.

Por eso, en el desierto soy el viento
que retorna como el ave, en poesía.

Primeros tiempos del Anfiteatro - colocación de asientos



Capítulo III
Las actuaciones en la escuela.

           
—¡La música contribuye con las historias! —confesaba la maestra de música, mientras nos hacía repetir, una y mil veces, el himno a Sarmiento en el Salón de Actos de la «Escuela José Mármol».
Por entonces desconocía, en realidad no me importaba el sentido de la frase.
            —Nosotros originamos sonidos —fundamentaba—, también la capacidad para imaginar lo que permanece ajeno a la realidad —confesaba—. Ese mágico lugar donde residen nuestros límites y sus ilusiones.
Como confiesa ahora, la misma maestra insoñada, desde el sector del cielo donde residen las maestras de música.
Sé que su vida se esfumó en la muerte, pero fue ella la que logró que el himno al gran maestro perdurara en mi conciencia; y aunque desconozca el sentido de la frase, igual me importa, porque sé que la música ha compartido —comparte—, mis historias.
Tal vez por eso, de los motivos simples y particulares que enriquecen al alma, en el espacio del tiempo que ocupó mi infancia, todo cuanto acontecía se vinculaba con sonidos y silencios.
Una simple monotonía, que lograba que el presente resultara superior al pasado…
Nada más, ni nada menos, que aquello ocurrido un día antes.
Así sucedía en la escuela primaria, donde la capacidad de asombro se veía colmada con las situaciones, y también por las circunstancias.
No fueron otros, sino los sonidos, quienes abrieron en eufonías irrepetibles, al timbre y la vibración, para lograr asombrar y asombrarme.
La consonancia del sonido —como música—, con la condición de payaso que ofrecía a la amistad, permitió que granjeara la simpatía de los compañeros de grado.
Así, entre timbre y vibración, asombro y simpatía, avanzaba, como una caricia —desaparecida en el mar de los Sargazos nunca restaurado—, para navegar entre las respuestas, y entre las preguntas que representan a la esperanza…
 Una perspectiva, que entonces como ahora, se oculta entre los pliegues de una niñez de adulto con contradicciones.
Las preguntas y las respuestas sólo contenían la avidez del niño ausente.
Precoz descubridor del continente, y siempre dispuesto a decantar los enconos que el torrente  depositaba en el cauce del río.
            —¡Sonrisas para rescatar las máscaras! —aseguraba—. ¡Sonrisas para recuperar la ilusión!
Como protagonista de una novela cuyo título he olvidado.
En el espacio del tiempo que ocupó la infancia, las máscaras impusieron ritmo, y aunque resulte disímil, facilitaron la expansión de la ilusión.
La gloria entonces, determinó que los sonidos cumplieran su cometido, aunque todo se descubriera cortejado de preguntas:
            —¿Por qué motivo he perdido la capacidad de asombrar? —pregunto, sumido en la adultez—. ¿Será tal vez porque la luna no se ve como en la infancia…? tal vez, porque mi cuerpo ya no es blanco? —pregunta el tiempo, sin respuestas—. ¿Por qué motivo sucederá el encierro de mi mente antes abierta…? por qué no sorprendo a la vida? —repregunto, a las preguntas sin respuestas—. ¿Por qué las incógnitas se incorporan a la mía…? si en mi mente aún existen las preguntas?
Por ese entonces no había lugar para respuestas, y por ese motivo, tal vez, las preguntas se transformaron en incógnitas.
Secretos que no puedo ni debo develar, porque si lo hago, conformaría una ilógica secuencia en la secuela de afonías; y creo que resulta correcto retenerlos en los silencios, porque sólo de esa manera se recuperan las historias.
Como aquellas que sucedían en la sala de actos de la escuela primaria, cuando las maestras nos inducían a recrear situaciones de la vida diaria, inculcándonos obediencia y respeto hacia nuestros padres.
Como me consideraban un payaso, me concedían el papel del nene malcriado que hace renegar a su madre.
Para ello me cubrían la cara con dulce de leche, y yo me compenetraba con el personaje, conjurando situaciones hasta obtener el perdón.
Simulaba ser un pequeño actor…
Inmerso en la representación que junto a un grupo de compañeros ofrecíamos en los actos escolares.
Momentos en los que todos reían, maestras, compañeros y padres, satisfaciéndonos.
Instantes donde la performance sumía a las buenas notas, permitiéndome soñar…
Que algún día portaría la bandera.
La actuación en los actos escolares en quinto grado, llegó a ser una razón ineludible.
El ego se fortaleció a tal punto, que el hecho de participar permitió trascender, dado que al transgredir esos límites pude observar otros, ausentes de las normas, que los mayores no dejaban aprehender.
De esas «circunscripciones colegiales» hubo de nacer la alegría de saberme parte.
Comandando los pupitres de madera de quinto grado, donde los útiles ganaban espacios, y mi cuerpo se encontraba con el cuerpo de una compañera, ciñendo sectores y fronteras, y también a la gloria.
Más allá de los nombres, de todos los nombres que poblaban los espacios de la Escuela José Mármol.
Sostuve en aquel momento, que el aprendizaje movía las actitudes individuales.
Sostuve a la sazón, y asimilo al abrir esta puerta, que las razones o causas de la vida acorazaron el mundo al que pertenecía; aunque no me arrepiento por haberlo consentido, ya que al escoger, pude observar cómo desde ese mítico sendero, algunos compañeros variaban la dirección que conducía hacia la meta.
Una mañana de noviembre percibí la aguda voz de la Sra. de Carrizo[14] —maestra—, anunciando el final del «quinto» grado, y el paso al grado final de la etapa primaria.
No me di cuenta al escucharla.
Más tarde comprendí que su aseveración soterraba la etapa de las actuaciones, y la faz de payaso que me contenía.
Al reiniciar las clases, inmerso en «sexto» grado, último e indeseado, las compañeras de quinto no aceptaron compartir conmigo los actos de la escuela.
            —¡Vitino! —afirmaban—. ¡Ya estamos en sexto grado! —yo no les contestaba, sólo me sonrojaba—. ¡Somos grandes para hacer papelones! —agregaban.
Sólo algunas, que por su presencia escénica se sentían desplazadas, encontraron en esa alternativa la oportunidad para compartir su amistad.
Así, surgieron otras voces —de grados inferiores—, prorrumpiendo en los actos escolares; y las eufonías, como gráciles obras musicales, facilitaron la alternativa de estudiar.
Obligado por las circunstancias, y aislado de las actuaciones, emergieron los libros de historia y las ecuaciones matemáticas.
Inmerso en el nuevo mundo, llegó la ansiada portación de la bandera.
El estandarte accedió a mis manos cuando el promedio general, sin justificación alguna, superó al de los mejores compañeros.
Incongruencia de la vida, si la hubo, en la mía.
            —¡La música sirve a las historias! —confesaba la maestra de música, cuando nos hacía repetir, una y mil veces el himno a Sarmiento, en el Salón de Actos de la Escuela José Mármol.
Sé que ella sonríe en el sector del cielo donde residen las maestras de música, feliz porque sabe que he comprendido, finalmente, que en el espacio del tiempo que ocupó mi infancia, todo se vinculaba con sonidos y silencios.
Entre resonancias y eufonías irrepetibles.
Hoy, ahora, tiempo presente…
Condenado a un destierro ¿voluntario?, aislado en una bella y pequeña ciudad, encerrado por montañas milenarias, y sitiado por la eterna calidez del viento zonda, puedo afirmar que la vida siempre otorga oportunidades…
Que sólo en nosotros reside la capacidad para saber aprovecharlas.
Por ese simple y particular motivo, reitero, desde que finalicé sexto grado en la escuela José Mármol, una coraza incorpórea ha recubierto mis límites.
Un blindaje negado hasta el hartazgo, pero que de tan real ha logrado ocultar la envoltura de cartón corrugado y papel color madera, transformándome en aquel nene malcriado, que renegaba de todo lo que le rodeaba.
Una panoplia invulnerable.
Una tabla en forma de escudo, donde contengo a los recuerdos.
Entre timbre y vibración…
Asombro y simpatía.
Inmutable, como las preguntas que sólo generan más preguntas.



Poética/Insoneto III
La casa de la infancia

Aún perdura, su mirada subyugada
en albores de voces, cuando niños…

Cuando familia gozábamos en gloria
candor y llanto… Amor y libertad.

No sé por qué, fue lento el recorrido
ni sé por qué, dejé de amar, sólo lo sé…

Sobreviviendo en el curso de la vida,
innegando regresos y promesas.

Sé que me espera, lo sé, aún percibo,
como durmiente que torna irreverente…

Sumisa, obediente, orgullosa y altiva,
para abrazarme niño, en su Sol, sin abrigo;
Ignorando tristezas, sublimando alegrías
de la gloria gestada en la familia amada.



Capítulo IV
La vivienda de la familia Dericia.


El ancho del terreno ocupaba una fracción de la manzana, que en metros, superaba los cincuenta.
La vivienda —eclipsada en el año 2013—, una construcción de ladrillos comunes revocados con arena y cal, mostraba una techumbre inferior de madera y bovedillas, y hacia el cielo, una cubierta de chapas de zinc acanaladas, protegidas con láminas de aluminio.
Al ocupar el centro del terreno, los paramentos de la vivienda, revelaban hacia cada frente sus fenestraciones.[15]
Las principales abrían hacia la calle Salta.
En la unión de esa arteria con la calle Pedro Viñas, se apartaba el más importante de los tres patios, rodeado de una barrera de ligustrinos que resultaban impenetrables.
La barrera vegetal impedía observar el interior, y ello era causa suficiente para que intentáramos invadir su territorio.
Éste espacio, se encontraba dividido por un camino de tierra que enmarcaba el acceso desde la calle Salta.
El portal principal de la vivienda, consistía en una puerta vidriada y una ventana fija sin cerramientos externos.
Los pinos sobrepasaban los setos divisorios y también a los nísperos, cuyas hojas cubrían, al llegar la primavera, los ovalados frutos amarillos[16] que la planta ofrecía.
Debido a la profusión de ramas, resultaba imposible que los rayos del sol iluminaran la tierra.
Tal vez por ese motivo no recuerdo haber observado gramilla.
Sólo la humedad, acentuada por el desagüe del lavadero, contribuía a la supervivencia de las plantas, al lado de cuyas raíces —previo permiso—, buscábamos «lombrices» para las tardes de pesca.
El patio medio, que se hallaba hacia el este, era de uso privado, pero el posterior, separado por el jardín, colindaba su frente con la calle Pedro Viñas.
Este patio —tercero en la discordia—, originó el lugar de reunión para los primeros juegos, dada la inexistencia de barreras materiales o naturales que impidieran el acceso.
La «manzana», luego de transponer la medianera de cuatro hilos de alambre que cercaba la casa, se completaba con terrenos baldíos.
Éstos, conjugados en espacios abiertos, formaban el virtual límite entre el barrio y el río.
Al concluir la corrección del libro —octubre del año 2014—, la vivienda de la familia Dericia ya no existe.
Sólo persiste en mi memoria, y en mis letras, con el mismo color amarillo de sus muros.
Como una arcaica cruz…
Señalando el lugar donde la infancia mueve, cada día, a los recuerdos.



Poética/Insoneto IV
La calle

La calle era el segmento filial de toda vía
y también el pasaje de los nombres heridos,
de aquellos habitantes, del suburbio y el río
allende a las proezas, de cañas y de olvidos.

Su nombre fue mutando, hilando soledades
tras un baldío insomne en asfalto y vereda;
yo, fugué una tarde, tan sombría de marzo
cuando los idus lloran, en el César, la muerte.

He regresado a ella, con mis pies en su barro
sumido en una historia, entre guadal y gloria;
Aunque nunca he logrado revivirla en sonidos
como lo hacía entonces, cuando niño, jugando…

Entre el profundo cauce de su calzada heroica,
y sus veredas rotas, que cobijan mi nombre.



Vista desde el Anfiteatro.


Capítulo V
La librería de los sueños sublimes.

Leo:
            —La torre de una antigua catedral inglesa…[17]
Corrobora una pregunta:
            —¿Cómo es posible que se encuentre aquí, la inconfundible torre gris rectangular y maciza de su vieja catedral…? cómo puede estar aquí?[18]
Conjeturo:
            —Estas preguntas rivalizan con mis frases. Como sucede con la infancia, según cuenta mi historia.
Pregunto, ahora:
            —¿Existen, omnipresentes, las vías del Ferrocarril Mitre?[19]
Corrobora una respuesta:
            —¡Sí! ¡Lo están!
Entonces…
            —¿Cómo es posible que a partir de las vías del Ferrocarril Mitre, encuentren mis ojos, entre las fachadas de la cuadra, sólo una puerta cuyo acceso deja libre a la conciencia…? cómo es posible, que los libros vivan alejados del sitial elegido por los comerciantes de la ciudad? Ubicándose allí, distinguidos para ser partícipes de la gloria y el éxtasis… ¿Cómo es posible?
Conjeturo, nuevamente:
            —¿Cómo es posible que de éste lado, al sur de la Estación de la ciudad que ahora no habito, abre en las palabras el sentido de cada hoja de los libros…? en una librería, que redescubro entre todas las fachadas de la cuadra?
Sueño…
            Incomprensible…
Imaginando si existen los tiempos y espacios.
Porque sospecho que los libros son sublimes.
En realidad, sé que fue producto de la sutileza del señor que los vendía.
Fue él quien los llevó hasta aquel sector de la ciudad, para que la Librería abriera sus poternas a mi mundo.
Aunque sé, también, que aquella librería había abierto su desolada puerta en una calle desierta y desconocida.
Entremezclada en una ignota calzada con veredas encantadas.
Una calle inexperta para compartir sus secretos con la gente.
Lo que nunca supe —tampoco investigué—, fue porqué razón aquel negocio había sido trasladado desde el casco céntrico hasta un lugar que se elevaba detrás de los límites de la Estación de Trenes.[20]
Y aunque las causas no me interesaban por ese entonces, sí me impactaba comprobar que el lugar estaba lo suficientemente alejado de todo.
Más aún, segregado por el campo cerrado de la Estación de trenes,[21] de la línea que unía Córdoba con Buenos Aires.
Me impactaba, y por lógica atraía, la fachada lisa de revoque pintado y manchado por la humedad, que se instalaba encubierta por los árboles de hojas perennes, que se elevaban desde las cazuelas.
Me atraía…
Me agradaba descubrirla.
            Fascinaba —a mi mente—, observar la pequeña puerta de entrada.
Conjeturaba que al ingresar en ella, la permanencia en la librería igualaba a los partidos de fútbol, y a los vales de acceso a la matiné del «Monumental», los domingos por la tarde.
            Por todos los primeros días que la vida otorgara a mi vida.
El edificio contenía a la fantasía, y, además, estaba allí, inexistente ante las construcciones de la cuadra, sin carteles que lo denunciaran como negocio.
Solo, con su puerta de madera y su “ciega vidriera” cubierta de libros.
Textos donde la quimera explotaba, atesorada y sujetada por gruesas tapas de cartón sopladas de amarillo.
Aunque nadie convalidara lo que pensaba, estaba convencido de que esa librería existía sólo para mí.
No tuve dudas al ingresar.
Sabía que una vez concretada mi entrada, algo me transportaría hacia otra dimensión —una nueva vida, como luego supe ocurrió con «Joseph Schwartz» protagonista de «A peeble in the sky» novela de «Isaac Asimov»—.
Como el hecho de ser héroe no había ocurrido en mi infancia, acepté serlo en ese momento.
Esa mañana, el sol apenas calentaba la ciudad.
Como el sector del edificio que ocupaba la Escuela José Mármol se encontraba en proceso de desinfección, no se dictaban clases.
Por eso me había aventurado sobre la bicicleta, para recorrer la amplia avenida que coronaban los edificios del cine Alhambra y la sede del Obispado.
Mi cuerpo, enfriado por el viento que persistía en soplar,  impedía el normal avance de la bicicleta.
Eso obligó a que buscara una ruta perpendicular a la avenida, intuyendo que los edificios y los árboles, atenuarían a las ráfagas.
Llegué hasta la calle que motiva el relato, no sin esfuerzo, y al distinguir el edificio de la librería no dudé en desestimar la ruta trazada.
Algo incomprensible me indujo a interrumpir el recorrido, y detenerme frente a la puerta de entrada.
Fue de esa manera como abandoné la bicicleta, apoyándola sobre el tronco de uno de los árboles que ocupaban la vereda.
Fue de esa manera, cómo, tras mis inconmensurables pasos, impulsé el picaporte forzando el giro de la puerta, para introducirme en el espacio interior.
De pronto, la magia se hizo presente.
Me hallaba rodeado por libros, y por una infinita cuantía de colores.
Desde esa desconocida profundidad que mi mente construía, una voz grave me advirtió que no estaba solo.
Pero no fue la voz, sino unos alucinantes ojos oscuros, ocultos tras unos gruesos vidrios de aumento, quienes corroboraron en mi subconsciente, que ingresaba en otra dimensión.
El hombre que me hablaba, desgarbado, regordete y de avanzada edad, alertaba sobre su presencia.
Sin permitirme contestar a su saludo, dispuso revelarme el lugar de ubicación de cada género literario, y de las historias que encerraban las hojas de “sus libros”.
Los que a mí me interesaban —ficción y aventuras—, se ubicaban en los estantes superiores, ubicados en la pared opuesta a la entrada.
En esos anaqueles de madera clara sin lustrar, se mostraba la fantasía que a mis años infantiles le había sido negada, no por prohibiciones, sino porque mis padres —que me brindaron todo y mucho más—, no podían desviar el dinero para adquirirla.
Permanecí un largo tramo de la mañana en la librería, observando y conversando con el señor de alucinantes ojos oscuros, ocultos tras unos gruesos vidrios de aumento, quien trataba por todos los medios posibles, de venderme alguno de sus libros.
Sin mentir, prometí que adquiriría alguno de los títulos, y con su permiso, antes de retirarme anoté en su cuaderno de ventas diarias —en blanco perpetuo—, los nombres de los textos que semana de por medio retiraría.
Me despedí, y antes de salir, alcancé a escuchar la voz del hombre confirmándome que guardaría los libros que había elegido.
Cerré la puerta, quité la bicicleta de la cazuela del árbol, y subiéndome comencé a pedalear sin rumbo fijo.
Como había olvidado el trayecto original, intentaba recomponer la difícil situación en la que me había embarcado.
Durante el resto del día logré abstraerme, pero al llegar el momento de la cena pensé oportuno decírselo a Felisa.
Ante la ausencia de Juan, compartíamos la mesa junto a María del Carmen y Miguel Ángel, quienes antes de que mamá sirviera la sopa, se levantaron y marcharon a sus habitaciones.
Felisa, harta de las rebeldías de mis hermanos, llenó mi plato con caldo, y luego hizo lo mismo con el suyo.
El vapor que emergía de los platos inundaba el ambiente de la cocina, y calentaba a cada trago el frío de nuestros cuerpos en la noche de invierno.
Decidí contarle…
Mamá no respondió sino hasta que hube de quedarme callado.
            —¡Vamos a ver! —me dijo—. Si te portas bien y continúas con las buenas notas, tal vez se justifique hacer un esfuerzo.
Esa frase en labios de mi madre, validó a la esperanza.
Podría cumplir con la palabra empeñada con el librero.
            Por supuesto que las buenas notas continuaron.
            …
Aquellas buenas notas, que Felisa retribuyó con el dinero necesario para adquirir un libro cada dos semanas.
Era la paga que surgía de las costuras hilvanadas en su máquina de coser, y que conseguía quedándose más tiempo del acostumbrado.
Sólo así lograba ingresos extras para conformar mis ilusiones.
Por las noches, me sentaba callado a su lado contagiado por el sonido de las costuras.
Algunas de la noches, me contenía con el sonido de «Radio Rivadavia»[22] y me exaltaba cuando profería en goles un relato de «Muñoz».
Otras, mirando el blanco y negro de la televisión[23] —siempre y cuando se captara la señal—, un programa donde «Biondi» nos invadía con su gracia, o una película donde «Sandrini» o «Marrone» nos ilusionaran hasta hacernos llorar.
Acompañaba a Felisa no sólo por agradecimiento, también porque Papá trabajaba fuera de los límites provinciales y no volvía sino después de varias semanas.
Fundamentalmente porque no me gustaba la soledad del cuarto donde dormía, y, además, porque cada noche Felisa bendecía mi vida, agradeciendo a Dios por todo lo que nos otorgaba.
Desde el día en que descubrí la librería, el inicio de la primera y de la tercera semana de cada mes, se transformó en algo especial.
Felisa me entregaba el dinero, y yo corría hacia el pasillo donde guardaba la bicicleta, dispuesto a emprender el camino conocido; satisfecho por cumplir con la palabra empeñada, y presuroso por tener entre mis manos uno de los libros elegidos.
Retornaba con mayor velocidad.
Con el libro entre las manos, ingresaba a la casa, saludaba a Felisa y me encerraba en el dormitorio.
Luego, letra por letra, palabra por palabra, frase por frase y hoja por hoja, concluía la historia al cabo de dos o tres días.
Claro, que como el tiempo entre entrega y entrega se alargaba, tras cada regreso de la Escuela, releía la misma historia con igual intensidad.
Cuando Felisa me entregaba el dinero para la siguiente compra, el ciclo se reiniciaba.
Indefinidamente.
No recuerdo, ahora, durante cuantos meses pudo mamá entregarme el dinero prometido.
Nada sé, sobre cuantas batallas ganadas y cuantos viajes emprendidos, memorizó mi vida.
Sólo la necesidad —que aún me acompaña—, de pensar, y de pensar, y de pensar… Que en ese entonces me alentaba.
Una necesidad de imaginar, surgida aquel día frío de invierno, cuando el viento me obligó a ingresar en una librería, con la puerta enmarcada entre los siempre verdes de copa profunda.
Entronizando un idílico y lírico espacio, comandado por un señor de alucinantes ojos oscuros, ocultos tras unos gruesos vidrios de aumento
            El mismo que una fría mañana, me ofreció una escalera de pino para que descubriera la aventura y la ficción que alumbraron, desde entonces a mi infancia.
Así ocurrieron los días y las semanas, hasta llegar a la prevista para la compra del antepenúltimo libro…
Un texto que llevaba por título: «El misterio de Edwin Drood».
Antes de proceder a pagarlo, el señor de alucinantes ojos oscuros, ocultos tras unos gruesos vidrios de aumento, expresó que por haber cumplido con la promesa de compra me regalaría los dos que no había retirado todavía, y otros, a mi elección, que no había contemplado adquirir.
Observó los nombres que yo había escrito en su cuaderno de ventas diarias, y me regaló cuatro libros, incluidos dos tomos de historias de Julio Verne.
Exaltado por lo sucedido, opté por no comunicarle a Felisa sobre el obsequio recibido.
Mamá, sin sospechar de la mentira, dejó en mis manos, al comienzo del siguiente mes, el dinero para comprar el penúltimo libro.
Especulé comprar un libro de otra colección, perpetrando la mentira, pero grande fue mi sorpresa al acceder a la calle donde se ubicaba la librería.
La lisa fachada no existía en la cuadra de los árboles de copa verde y profunda.
Tampoco el local de la librería se mostraba ante mis ojos.
Sólo una amplia puerta de madera lustrada simulaba ocultar la entrada, como si nunca hubiese dejado de pertenecer a esa fachada.
Aturdido, pregunté a una vecina sobre el porqué del cierre de la librería.
La mujer escuchó atentamente mi pregunta, pero pareció no comprenderla.
            —¡Nunca supe de la existencia de una librería en esa casa! —exclamó, desarticulando todo tipo de conjeturas.
Al lado de la bicicleta, caminé hasta llegar a la amplia avenida que coronan los edificios del cine Alhambra, y la sede del Obispado.
Desde ese día, no he vuelto a circular por esa calle.
Aún hoy, casi llegando a los sesenta, algo me impide desgajar al misterio que la cubre.
Estoy convencido, diría persuadido, de que esa librería fue abierta para que los libros iluminaran mi oscuro regocijo, asegurando con fantasías, a mi imaginación.
Esas simples utopías que me acompañan, aun, como una eterna mímesis de la magia que encierran los libros de la infancia.
Cobijados por gruesas tapas amarillas.
Libros, que además, han soportado con estoicidad la devastadora acción de mi hijo —en su inocencia—, sin perder el sentido y la alegría de las que fueron provistos.
Lo que aún me pregunto, es:
            —¿Esa calle, la librería y los libros…? se abrieron sólo para mí?
De ser así:
            —¿Quién era aquel hombre?
Leo:
—¿La torre de una antigua catedral inglesa?, ¿cómo es posible que se encuentre aquí, la inconfundible torre gris rectangular y maciza, de su vieja catedral?, ¿cómo puede estar aquí?
Escribo:
            —Al visitar por primera vez Inglaterra, pude recorrer las calles que rodean el edificio de  la abadía gótica que se eleva en Canterbury; pude, además, acariciar los paramentos entre muchos otros, de su torre principal.
Conjeturé al hacerlo:
            —¿Cómo es posible palpar con mis manos, las piezas pétreas que soportan su estructura…? cómo puedo estar aquí?
Entendí al hacerlo:
            —Por el sólo hecho de entenderlo. Que no hubo, no hay, ni habrá diferencias de tiempo y espacio en mi vida…
Mientras viva.



Poética/Insoneto V
Figuritas redondas

La pelota de cuero renace en resonancias
de cartón esmerado, redonda como el Sol…

Resonando en sonidos a los cielos brillantes
como el grito de un gol, conjurando señales.

La pasión por tenerla juzgaba a los recreos
ocupando avatares desceñidos en tiempos…

Esos ecos profundos que navegan los años,
y los días de lluvia, y los días de invierno.

La pelota de cuero generada en un álbum
fue en sonidos quimera, sin tapadas abiertas…

Sin embargo la misma, en redondas figuras
aún perdura silente cual vereda sin nombre…

Y los juegos aquellos, entre fútbol y escuela,
siguen siendo cartones… ¡Figuritas redondas!




Capítulo VI
La pesca en el verano… A la vera del río.[24]

Previo al anuncio del mediodía, pasábamos con mamá a saludar a los abuelos.
La casa de la calle Rioja, resultaba el paso ineludible en las mañanas de compras con Felisa.
Mientras las mujeres conversaban en la cocina —Felisa, su madre y su hermana menor—, apoyadas sobre la mesada de ladrillos revestida en estuque de color verde, yo dirigía mis pasos hacia el patio…
Donde me aguardaba el abuelo José.
La silla donde estaba sentado, era de madera oscura y brillante —destacando la limpieza que investía a la casa—, pero el abuelo, inocente de lo inmaculado, se mostraba taciturno, introvertido, y cautivo en el silencio que emanaba de su parecer huraño.
Él sabía que a mí, nada de extraño confería acercarme hasta el sitial que ocupaba.
Sé, no sé por qué, pero no dudo que lo sepa, que el abuelo José me esperara, dispuestos sus dedos, a jugar contra la fuerza de los míos —prolongaciones de sus cerradas y rústicas manos de gringo trabajador—, a fin de simular una pulseada en el final de su vida.
Le fascinaba forcejear con mis manos, pequeñas, que trataban de estirar sus dedos, para que dejara caer el caramelo que había ocultado…
Premeditadamente.
A veces, el silencio de la lucha desigual, era interrumpido por el canto de una gallina.
Una “ponedora”, como decía la abuela Felisa, que anunciaba haber “puesto” un nuevo huevo.
Dudaba sobre si el abuelo José cerraba a propósito su mano, o si en realidad tenía los dedos contraídos por algún extraño motivo.
Más tarde supe, que debido a un golpe recibido el mismo día del casamiento de su segundo hijo—,[25] dos tendones rotos inutilizaron los dedos de su mano derecha.
Ajeno a esa verdad, que concurrió a mi vida muchos años después, me había convencido de que el empecinamiento en estirar sus dedos, originaba mi regreso en las mañanas.
Nunca obtuve del abuelo José una sonrisa cómplice…
Sólo su mirada.
Condescendiente, tolerante e indulgente con mi infancia.
Cuando Felisa terminaba de conversar, se asomaba al patio, le daba un beso al abuelo, saludaba a la abuela y a mi tía, tomaba mi mano, y regresábamos hacia la casa de la calle Pedro Viñas.
Para llegar más rápido, cruzábamos por el “campito” donde transcurrían mis juegos.
Perennes.
Utilizando un camino de tierra colorada.
Como siempre sucede, sucedieron una tarde las lágrimas de Felisa, confirmando que algo grave había ocurrido con el abuelo José.
Lo comprobé a la mañana siguiente, cuando llegué a su casa y no lo encontré en el patio, sentado en la oscura y brillante silla.[26]
Por el contrario, estaba acostado, quieto, tendido en el interior de un cajón de madera rojiza y brillante, con su cuerpo recubierto con una blanca tela bordada, que caía mansamente, sobre las manijas de bronce.
Mamá lloraba, abrazada a la abuela Catalina.
A mí me pareció escuchar a Juan, comentar con sus amigos sobre el sueño repentino del abuelo José.
Desconectado de la realidad, sólo alcancé a grabar la escenografía que completaba el cuarto donde el abuelo[27] dormía.
Un espacio recubierto con bastones plateados, velas blancas encendidas, y soportes de bronce unidos por un cordón rojo.
Todo alineado, en forma perfecta, ante una cruz dorada…
Una ignota cruz dorada de la que pendía el Cristo crucificado.
El mismo, que contemplaba impávido, como yo, lo que sucedía.
Lejos estaba de saber que luego de ser soldada la tapa metálica, jamás volvería a observar el rostro del abuelo José.
Lejos estaba de saber que nunca más, el espacio en el transcurso del tiempo, me otorgaría una nueva posibilidad para intentar estirar sus dedos.
En lo inmortal del infinito.
A la tarde, antes de que el sol se ocultara detrás de los árboles en las márgenes del río, una larga fila de personas, rezando y llorando, acompañaban a quienes trasladaban el cajón donde el abuelo José dormía.
Cuando llegaron a la calzada, observé que desde un automóvil de alquiler descendía la hermana menor de Mamá.
Cuando Felisa y sus otras hermanas la divisaron, volvieron a emerger las lágrimas y los interminables abrazos.
A pesar de eso, el cortejo no interrumpió su marcha.
Los más chicos, separados del grupo que acompañaba al féretro, compartíamos, por primera vez, la dicha de encontrarnos.
A mi lado, caminaban las hijas de la hermana de Felisa que habían viajado desde Buenos Aires, y unos pasos más adelante, su padre, a quien sólo conocía por su sobrenombre: «Buby».
Por supuesto que los más chicos, al cuidado del “tío porteño”, fuimos obligados a quedarnos en Villa María, ajenos al cortejo que trasladaba al abuelo José hacia el cementerio.
Ubicado en el pequeño pueblo de «La Palestina».
El pequeño pueblo que había visto nacer a Felisa.
El día concluyó, tal como hubo de ocurrir el comienzo.
La hermana de Felisa, junto al esposo e hijos, regresaron a Buenos Aires.
Unas semanas más tarde, Mamá tomó la decisión de acompañar a papá, a quien le habían ofrecido hacerse cargo de los campos y del tambo, propiedad de la Empresa para la que trabajaba.[28]
El destino nos conducía hacia un campo aledaño al pueblo de «Tío Pujio».[29]
La imprevista situación, bloqueó los contactos personales, y contribuyó para que cada uno de los integrantes de la familia, se aislara de sus amigos.
Consecuentemente…
Dejaron de suceder las visitas de cada mañana a la casa de los abuelos.
Mi llegada al campo, coincidió con el inicio de la educación primaria.
Por entonces, debí cursar primer grado superior en la Escuela Provincial, cuyo edificio se elevaba a una considerable distancia de la residencia ubicada en el campo.
Mi hermano mayor, era el encargado de controlarme —ya que cursaba los últimos grados de la primaria, en la Escuela Nacional— y como su custodia era permanente, simbolizaba un agregado adicional a mi inconsciencia, sobremanera, durante el transcurso de los días, en los que Juan no podía acercarnos hasta el pueblo.
Esos días, que no eran pocos en el año, junto a mi hermano transitábamos el camino que conectaba a la casa con la Escuela, cruzando los sembradíos y los alambrados que los cercaban.
Mi hermano solía relatarme historias de fantasmas y aparecidos, incitándome, sin pretenderlo, a escapar para cobijarme en los brazos de Felisa.
Una tarde, al concluir la jornada escolar, mientras mi hermano relataba una de sus historias favoritas —el cuento trataba sobre una persona que regresaba de la muerte—, acertó pasar a nuestro lado un vagabundo harapiento.
Atemorizado, sólo atiné a salir corriendo, sin prever las consecuencias, y al llegar al campo intenté cruzar el primer alambrado de púas.[30]
Lo hice con tan mala fortuna, que mi pierna izquierda, quedó enganchada en las filosas puntas de primer hilo de alambre.
Cuando mi hermano pudo alcanzarme, dos profundas heridas, de las que manaba abundante sangre, lo obligaron a buscar un médico para que procediera a realizar una sutura.[31]
El facultativo —un médico de apellido Perlo—, conjeturó que por ser rápida la asistencia, el hecho “no había pasado a mayores”.
Sea ésta o no, la conclusión del facultativo, la intervención posterior de Juan impidió que mi hermano volviera a contarme historias de terror[32] —Por su propio miedo, y, además, por el castigo que había recibido—.
Inesperadamente…
Al inicio del siguiente año, dispuesto a comenzar el segundo grado, mi cuerpo enfermó.
La infección se localizaba en mis riñones, hecho que motivó la internación para distintos estudios en el Hospital[33] de Villa María.
El desconocimiento médico sobre el origen de la infección, y la permanencia de la misma, determinó que fuera ausentado de la Escuela por el resto del año.
Ello obligó al traslado de Felisa nuevamente a la ciudad.
Como la casa paterna había sido alquilada, debimos instalarnos en la casa de los abuelos, a efectos de que pudiera continuar el tratamiento que me había sido indicado.
 Una perversa y continua aplicación de antibióticos inyectables.
El médico —creo que en una insabia indecisión—–, estimó que el origen de la infección provenía de los molares nuevos, por lo tanto aconsejó sacarlos.
Uno por uno.
Tal como había sugerido amablemente el médico, fui sometido a la extracción de los preclaros dientes.
Pero el mal continuó.
El profesional —confundido por el mal resultado de su insabia indecisión—, ordenó extirpar las amígdalas, que sin lugar a duda debían ser las responsables del mal.
La operación se llevó a cabo en el Hospital,[34] y aunque no pudo ser aplicada una anestesia, prefiero no relatar las circunstancias.
Al llegar el final de ese año —sin mediar otra insabia indecisión médica—, tal como había enfermado, mi cuerpo se recuperó.
Pero ello no significó el regreso a la vida en el campo, sino todo lo contrario, Juan y Felisa, acosados por la difícil situación vivida, decidieron retornar a la ciudad, para ocupar la casa de la calle Pedro Viñas —Hoy Bruno Ceballos—.
Regresamos todos, menos mi hermana mayor, que en ese ínterin se había casado.
Antes del regreso, y mientras transcurrió mi convalecencia en casa de los abuelos, habité el cuarto donde dormía la hermana de Felisa, Carmen, y fue ella, junto con la abuela, las que se ocuparon de mí cuando Mamá tenía que regresar a la casa del campo, para atender a Papá y a mis hermanos.
El cuarto donde reposaba, era el mismo que había sido utilizado para el velatorio del abuelo José.
No he olvidado ese detalle.
Recuerdo perfectamente, que en las noches en que Felisa se ausentaba para atender a mi padre y hermanos, emergían en el dormitorio, los soportes que habían sostenido el cajón de madera donde dormía mi abuelo, y también las velas encendidas, y el cordón rojo unido al Cristo de la cruz dorada.
El mismo Cristo que al morir el abuelo, observaba impávido a mis ojos.
Cuando nos reinstalarnos en la casa de la calle Pedro Viñas, el verano había nacido, y con él, se produjo el retorno de mis primos porteños.
La llegada de María Inés, Mónica y de su hermano José María, fortaleció el comienzo de una nueva etapa en el desarrollo de mi infancia.
Entre los juegos, germinaban los días previos al regreso a la ciudad donde vivían, y ello siempre coincidía con la celebración del carnaval.
Junto a los amigos del barrio, llenábamos las “bombitas de goma” con agua —siempre y cuando el dinero alcanzara para comprarlas—, y supletoriamente, los baldes con los que nos mojábamos de cabeza a los pies, ignorando la segura reprimenda de nuestros padres.
Cuando el tiempo lo permitía, entre tantos juegos compartidos, había uno, que si bien no era un esparcimiento, nos apasionaba.
Ese “no juego”, previo a la partida de mis primos hacia Buenos Aires, consistía en prepararse para las tardes de pesca.
Buby[35] era el responsable, y, además, quien preparaba las cañas, y nos enseñaba el secreto sobre cómo extraer de las marrones aguas del río, unos peces pequeños y plateados llamados «Mojarritas».
Pequeños pescados que por las noches se fritaban en la sartén, mientras el fuego de la leña calentaba la cocina de la abuela Catalina, en un rito que abate, sólo al recordarlo.
Para acompañar a Buby en la aventura de la pesca, pedía permiso a don Roberto Dericia y nos introducíamos en el patio delantero de su casa —a escondidas de doña Piba—.
María Inés y Mónica, pala de por medio, colaboraban para que sacara algunas lombrices del canal donde se nutrían las plantas.
Lombrices que servirían como carnada, para que las mojarritas “mordieran” el anzuelo.
Luego pasábamos a buscar a Buby y caminábamos hacia el río entre risas y parloteos,  conversaciones generadas por nuestra propia necesidad de aventura.
Llegábamos al cauce y una vez instalados, Buby buscaba el lugar ideal para que la empresa fuese acometida con éxito.
Mientras tirábamos nuestras líneas, una y otra vez con éxito y sin éxito, él, con suma paciencia, preparaba una botella perforada en su base, a la cual le colocaba un corcho, y luego rellenaba con pan molido y agua.
Con tranquilidad la depositaba en un recodo del río.
Y se sentaba.
Mientras silbaba.
Al final del día, Buby había llenado un balde con “mojarritas”, y nosotros, sólo alcanzábamos a ocultar el fondo del nuestro, con el total de la pesca acometida desde la costa.
            —¡Lo verdadero e importante, es la alegría de lo que hemos vivido! —nos decía, sonriente.
Cuando mis primos retornaban a la gran ciudad, el verano concluía.
Solo, aguardando la presencia de nuevos amigos en el barrio, contenía los recuerdos de las vacaciones, la enseñanza de la pesca, y la diversión…
Como motivaciones de la vida.
En realidad, como los espacios y tiempos de la vida.
De ese primigenio tiempo de la infancia, quedan como mudos testigos de la narración, los soportes de las velas que iluminaban el rostro del abuelo dormido.
El alambrado de púas que se incrustó en mi pierna, rememorado por las cicatrices que aun soportan mis piernas.
Los libros de cuentos[36] que Felisa compró para que soportara la extracción de los dientes, y de las amígdalas.
Y el círculo temporoespacial, que más tarde, fijó la mirada en mi abuela Catalina.
Dulce y comprensiva como Mamá.
Puedo afirmar con complacencia, que gracias a mi hermano, perdí el temor, el miedo, y el desasosiego que infieren los cuentos de terror…
Puedo afirmar con complacencia, que gracias a las heridas toleradas en mi pierna, reavivé la voluntad, y pude poseer otras cañas de pescar.
Puedo afirmar con complacencia, que las tardes vividas junto a Buby y sus hijos, no han sido vulneradas en el desarrollo de mi vida.
Aunque, es correcto afirmar, que muchas veces he logrado concretar diferentes tardes en diferentes ríos.[37]
La frase del tío porteño, fue recuperada muchas veces por mi inconsciente.
Supe, en mi inconstancia, que… “Lo verdaderamente importante nos transporta en la alegría del momento.”
Ahora, octubre del año 2014, sé que nada de aquello podrá ser recuperado físicamente.
Solamente queda mi memoria, que como el Lector comprenderá, sólo relata los sucesos.
Tal vez, por ese motivo sé, no sé por qué, pero no dudo que lo sepa, que el abuelo José me espera, aun, para que juegue contra la fuerza de sus dedos —prolongaciones de sus cerradas y rústicas manos de gringo trabajador—, simulando una pulseada en el final de mi vida.
Ignorando a los recuerdos y a la memoria, como una idealizada mímesis, dispuesta a concretar una demostración de cariño.
Como lo demuestro cada día —desde hace muchos años, obligado por la distancia—,[38] al intuir apretar las manos de mis hijos, y de mis nietos.
Solo, aguardando la presencia de nuevos amigos, contenido en aquellas vacaciones, en la enseñanza de la pesca.
Y en la diversión.



Poética/Insoneto VI
Honrar la vida en utopías

Solitario, recojo en los recuerdos
a la ciudad, en el río y la alegría,
entre versos e insonetos, cual relato
de viñetas que algún día serán tuyas.

Fue la mía, una infancia con sonrisas,
libres tiras que en la tinta perjuraron
los recuadros, ungiéndome historieta
y entre versos, dislates de un Poeta.

Es por ese motivo, inconsistente,
de este tiempo disonante de la épica;
Que en las vías perdidas de los trenes
sobre los rieles y el tiempo de la gloria…

Seré por siempre un eco que retorna,
para honrar mi vida, sumido en utopías.



Capitulo VII
El barrio, en sus comienzos.

            “—El barrio era una turba de algarrobos caídos...”
La realidad, ajena al verso que compone uno de mis insonetos, señalaba por entonces, que el barrio Güemes era una conjunción de terrenos —en su mayoría baldíos—, con construcciones disímiles que no alcanzaban a diferenciar una calle de la otra.
            —Las edificaciones mostraban sus fachadas sin enlucido alguno, y cada «manzana»[39] se diversificaba en otros aspectos.
El desnivel entre calzada y vereda, en cada una de las calles, contenía uno de esos elementos diferenciadores; de igual manera el espacio canal que formaban los árboles de paraíso, árboles que erguidos entre las retamas germinaban la urbanización en el sector.
Recuerdo que todas las construcciones ubicadas hasta el límite del «boulevard Italia» y su encuentro con el «boulevard Vélez Sarsfield» —mímesis del francés, sin árboles ni flores—, subsistían con la misma identidad.
Pero al traspasar ese límite, salvo las excepciones que determina una regla, las visuales no se contenían más que en una extensa llanura, sólo interrumpida por la cuadricula generada por las calles.
Hacia el suroeste, donde la cuadrícula debía adaptarse al recorrido del río, otro límite cercenaba la expresión del barrio, anunciando el comienzo del campo fértil para la siembra.
El damero legado desde la época de la “Fundación”, y las esquinas sin ochavas ni veredas consolidadas, se iluminaban al morir la tarde, y acosaban la oscuridad con deslucidas lámparas…
Pendientes de los paramentos más altos.
La noche, luego, envolvía al barrio con su oscuridad; un velo interrumpido en algunos tramos, por la solitaria luz proveniente de un porche.
Era común para los vecinos del barrio, el uso de caminos alternativos a las veredas perimetrales de cada manzana, y por ese motivo todos los recorridos se acortaban.
«Cruzar el campito» consistía en unir con diagonales las esquinas; también, “urbanizar” el nacimiento de la existencia.
Mucho tiempo después, inmerso en la instrucción universitaria, un lúcido arquitecto me explicó que ello se denominaba «corazón de manzana».[40]
            —¡El corazón de una manzana tiene vida! —musité al escuchar su afirmación—. ¡Usted habla de una ciudad con construcciones! —intenté explicarle, pero él no me escuchó—. ¿Acaso…? los profesores lúcidos escuchan a sus alumnos?
Como las calzadas en la periferia de la ciudad eran de tierra y arena —dada la cercanía del río—, eran las elegidas por los arrieros para trasladar sus reses hacia el cercano Matadero Municipal.
Era común, como lógica consecuencia, que resultara habitual la presencia de la «Champion»,[41] que con sus poderosos rugidos corregía y nivelaba la superficie de la calzada.
Aunque claro, obsesionada por corregir y nivelar los pozos y las huellas generadas por el paso de los animales, cada paso de la máquina profundizaba aún más la diferencia entre calzada y vereda.
Durante el desarrollo de mi infancia, el único edificio que resaltaba en el paisaje era la mole gris de la «Escuela de Artes y Oficios».[42]
Las demás construcciones, entre las que se encontraban las nuestras —la de mis padres, y la de los padres de Luis y Modesto—, y las del «El Porteñito», de la familia Lazarte, de Roberto Dericia, la sodería Chiappero, la casa stud[43] de la familia Fonseca y los cimientos de la capilla Cristo Rey, sólo acompañaban la desigual batalla de las visuales, enfrentándose con sus fachadas solitarias, al desierto verde que nos contenía.
En el transcurrir de mi infancia, un nuevo edificio surgió como hito para los encuentros de los amigos del barrio…
El edificio de la «capilla de Cristo Rey», que nos contenía entre paredes de ladrillos desnudos.
Conversa en una gloriosa galería, donde nos resguardábamos de las lluvias en el verano.
Detrás de la capilla, más alejada de la calle «Pedro Viñas», se levantaba otra vivienda —que habitó la familia Peralta—, y mucho más atrás, cruzando la calle paralela, la vivienda del «flaco» Alba.
Al comenzar la educación de nivel secundario, el barrio inició el lento camino del progreso, y con el mismo, la pérdida de su primigenia identidad.
Surgieron las construcciones del «Club Central Argentino» —pileta y sede social—, luego el «Anfiteatro» y los edificios en altura —Mono bloques—, con sus pisos abiertos hacia el río.
Antes de mi partida hacia la capital cordobesa para iniciar la búsqueda de una identidad universitaria, el baldío que ocupaban los caballos y carros de la familia Lazarte, fue ocupado por la construcción de la vivienda de la familia Giovanna.
Una noche, madrugada de sábado —cuando se producía mi habitual regreso semanal de Córdoba a la Villa, en búsqueda de afecto familiar—, comprobé que el patio grande de la familia Dericia había sido dividido.
Producto de una «dinámica de cambio» que eclipsó al eclipse de la infancia.
La proyección del barrio, y esto bien lo sabe el Antiguo Hacedor de los tiempos y espacios, no logró que mi infancia lo olvidara.
En definitiva…
Porque el tiempo de la vida, no ha logrado ocultar a mis espacios.



Poética/Insoneto VII
Algarrobos caídos

El barrio era una turba de algarrobos caídos
rodeando el cauce mudo del río milenario,
y también a los brazos, de inútiles soldados
bajando en la mortaja sus cuerpos alienados.

Mis pasos, tantas veces, caminaron descalzos
ortigas sobre el ripio, lastimando a la espera,
de amigos que soñando construían diaetas
y oecus de romanas pasiones incompletas.

Su calle era mi mundo; las veredas, historia.

Sus olores el cauce, que allende se perdía…

Sus sonidos la música, alumbrando la vida
y la gloria su musa, convertida en quimera.

El barrio era una turba de algarrobos caídos
y de bocas abiertas, sucedidas, en tiempos.




Capitulo VIII
Las bicicletas y el sol.

El sol que iluminó la tarde...
                …
Cuando menos lo esperábamos —el que escribe, y sus hermanos—, el ruido de un motor alertó sobre el retorno de papá a la ciudad.
Juan, que se encontraba al frente de la construcción de una nueva fábrica de productos lácteos, en un pueblo cercano a «Laboulaye» —propiedad de la «Empresa Abolio & Rubio»— había regresado a casa luego de dos semanas de trabajo.
El ruido no era otro que el generado por el motor de la «pick up Mercedes Benz»[44] que los propietarios de la empresa cedían para que él se movilizara.
Era característico, en la destartalada «Mecha» —así le llamábamos al vehículo—, que al detener su marcha sacudiera la estructura junto a su caja…
En un sin fin que acababa desguarnecido en el silencio.
Pero aquel día, el mutismo ganó la escena.
Mi padre abrió la puerta del vehículo, y la misma, en un pivotear descontrolado, chocó contra el guardabarros trasero moviendo las celosías del capot.
Parecía un acorazado, camuflado en una historieta de la primera guerra mundial.
                —¡Gigante Hugo![45]
Juan bajó de la cabina, y me saludó con un beso en la frente, la que transpirada por el esfuerzo realizado, dejó en sus labios la tierra acumulada tras el partido de fútbol.
Un encuentro entre equipos del barrio, en el cual participaba como arquero, ante la deserción de Ariel.
Me dirigí hacia la puerta del pasillo —Todavía se escuchan los gritos desesperados de mis compañeros de equipo ante el vacío que había dejado en el arco—, convencido de que Papá me seguía.
Pero no, la realidad demostraba que en ese mismo instante, detrás del habitáculo de carga, Juan soportaba sobre sus brazos una gran cantidad de caños.
No comprendí el porqué, sólo lo observé trasladarlos…
Caños, que a la distancia simulaban viejos cuadros metálicos de bicicleta, cromados y pintados de negro brillante.
Una vez depositados en el solado de cemento del patio principal, comprendí que efectivamente pertenecían a cuadros de bicicletas, seguramente abandonados en un galpón de algún campo, cuyo propietario era amigo de mi padre.
Corroboré mis suposiciones cuando Juan regresó hasta la «Mecha» para recoger los elementos que habían quedado sobre el oxidado piso de la caja, en realidad manubrios, llantas, coronas, piñones, cubiertas y cadenas, que supuestamente pertenecían a los cuadros desparramados sobre el patio.
Entusiasmado por todo lo que sucedía intenté ayudarlo, aunque él no lo permitió por miedo a que me lastimara; sólo pude prestar atención a la actitud de Felisa, que aceptaba lo que sucedía sin emitir reprobación alguna.
            —¡Raro! Sobre todo en ella —sostuve, conteniéndome en un susurro.
Resultaba sorprendente, por supuesto, que dispuesta a discutir todo cuanto sucedía en la familia, mi madre no reprendiera la presencia de tanto caño oxidado desparramado sobre su inmaculado patio.
Por el contrario, Felisa le acercó a Juan un mate, mientras le daba un beso de bienvenida.
Sabiendo de mi presencia, charlaron, sentados en las sillas de madera y mimbre que trajeron desde la cocina.
Mis ojos, extrañados por la escena, estudiaban cada tramo de los cuadros, intuyendo su primitiva belleza.
                …
El sol que iluminó la noche.
                …
Habíamos compartido el pedido junto a mis dos hermanos.
Fue entonces, cuando le solicitamos a nuestros padres —en realidad, imploramos—, la posibilidad de que nos regalaran una bicicleta.
            —¡Una para cada uno! —fundamentaban María del Carmen y Miguel Ángel—, a Juan Carlos y Ana María no les hace falta. ¡Que se jodan! ¿Para qué se casaron?
Ajeno a las peticiones ocurridas, me veía ahora abstraído por el presente.
Sólo la abstracción me permitía razonar sobre el porqué de la presencia de los cuadros de bicicleta.
Conjeturaba que era una respuesta a la falencia que habíamos sostenido ante ellos.
Mientras lucubraba sobre esas situaciones y sus contextos, Juan abandonó el mate para que Felisa continuara con sus tareas en la cocina, luego arrastró, desde el segundo patio, un inmenso cajón de madera repleto de herramientas, y se concentró en el armado de las bicicletas.
Sentado en un rincón, lo observaba en silencio, abstraído.
Mi padre, sabiendo que seguía cada uno de sus movimientos, armaba con paciencia las ruedas y  las colocaba en cada cuadro.
Una vez centradas, estiraba las cadenas, duras por el óxido, y finalmente ajustaba los frenos, el piñón y la corona.
            ¡No importa que no sean nuevas! —corroboraba mi ilusión—. ¡Total! Son bicicletas y nos servirán —conformaba, en mi inocencia—. ¡No importa su abandono! ¡Son bicicletas!
Las expectativas se acrecentaron, cuando Juan dejó dos bicicletas apoyadas en la medianera de ladrillos que dividía al nuestro, del patio de la familia Audano.
            —¡Pero… Son un rejunte! —exclamé—. ¡Un rejunte!
Juan me escuchó, pero no pareció importarle mi exclamación.
Derrumbando mis expectativas, mi padre continuaba, ahora acompañado por Felisa, ensimismado con el trabajo de reconstrucción, como si alguien les hubiese impuesto un determinado lapso de tiempo para concluir.
Una tercera bicicleta fue apoyada sobre las otras, en el instante en que mis hermanos regresaban a casa.
Se saludaron con alegría, pero ni María del Carmen ni Miguel Ángel, emitieron juicio alguno al ver las realidades instauradas en el patio.
Mi hermano ingresó en el cuarto que compartía conmigo, y luego de cambiarse salió a la vereda para conversar con sus amigos.
Mi hermana se recluyó en el suyo hasta que Felisa llamó a cenar.
La cena transcurrió en silencio.
El mismo que nos acompañó durante el resto de la noche.
Juan, luego de la comida continuó con la tarea, y sólo la luz de la luna convertida en sol de noche, parecía comprender el sentido.
            —¡Tal vez la gloria se compone de sonrisas! —deduje, sin comprender el porqué.
Felisa aguardó que Juan terminara de colocar la última rueda del último biciclo, y le ayudó a guardar las herramientas en el cajón de madera.
Solitario, sentado en la mesa de luz junto a la ventana, trataba de elevarme sobre el antepecho, para inmortalizar el gesto de Juan, que con mucho empeño había rearmado cinco bicicletas desahuciadas por el paso del tiempo.
Cuando se retiró a descansar, pasó frente a la ventana y me brindó una amplia sonrisa.
Me quedé observando las bicicletas armadas, mientras mi hermano mascullaba por ¡la desgracia! de recibir semejante regalo.
Trataba de asumir la impotencia y la ineptitud para no contestarle.
A decir verdad, me encontraba inserto en un desasosiego extraño, oscilando entre el agradecimiento, o la reprobación a la obra que ensalzaba el esfuerzo de mi padre.
No hallé solución al dilema, y en consecuencia, la irresolución a la rémora no me permitió pensar.
Sostuve sesgar mi desazón en agradecimiento, y terciar ante mis hermanos, que en su negativa sólo aceptaban poseer lo nuevo.
En definitiva, sabía, aunque no cómo expresarlo, que lo verdaderamente importante era la actitud, porque más allá de no ser nuevas, las bicicletas resultarían útiles a nuestras necesidades.
El sueño venció los cabildeos, y en el mismo sostuve que al llegar la nueva mañana pediría perdón por no agradecer el regalo.
Cuando la luz del sol permitió descubrir la alborada, intenté reconciliar mis sentimientos, pero para aumentar el martirio personal, mi padre se había ausentado de la casa, y junto con él las cinco bicicletas que se encontraban en el patio.
Ante mi desesperación, Felisa confirmó que Juan se las había llevado.
            —¡No sé si regresa para el almuerzo! —contestó, sin brindar más detalles.
Me dirigí a la escuela, cabizbajo, y a pesar de ensayar con alegría el acto para el día de la Independencia, no dejé de pensar en la lección que acababa de brindarme la vida.
            —La gloria se escribe con sonrisas —repetí—. No se debe rechazar un regalo por más que este no cumpla con las expectativas —sostuve—. ¡Que estúpido he sido! —grité, ante la mirada asombrada de mis compañeros.
Al mediodía, el timbre advirtió sobre el final de la jornada escolar.
Regresé caminando entre veredas irreales y retamas mecidas en visajes, desandando los pasos al pasar frente al «stud de la familia Fonseca».
Me detuve, sólo un instante, para ver cómo los cuidadores de caballos lustraban los arneses metálicos para la próxima carrera.
Luego, transité la vereda de tierra cruzando el baldío de «Curcuncho» Lazarte.[46]
Por fin, pisé la vereda de ladrillos de mi casa.
Allí, calada en la profunda cuneta, se encontraba la «mecha», involuntaria confidente de la llegada de mi padre.
Ingresé a la casa en silencio.
Dejé el portafolio sobre la cama, y dispuse sentarme a la mesa para compartir el almuerzo.
Antes de que Felisa sirviera la comida, Papá me llamó, señalándome un lugar en el patio.
Una vez solos, me preguntó en tono burlón, y sin ocultar la sonrisa que llevaba desde la noche anterior:
            —¿Cuál de todas vas a elegir?
Levantando la mirada, sin soportar la vergüenza que me provocaba su pregunta, contesté:
            —¡Cualquiera! ¡La que vos digas, papá! ¡Cualquiera de las cinco! 
Juan emitió una carcajada que tronó en el patio, y que llegó estentórea hasta la cocina.
Mis hermanos salieron con prisa.
            —¿Qué pasa? —preguntaron, asustados.
Juan abrió la puerta metálica que dividía un patio del otro, y casi empujándome, gritó:
            —¿Cuál te gusta más…? la de color verde oscuro? —aumentó su carcajada—. ¿La de color verde claro…? o la de color rojo?
No pude…
No supe qué contestar.
Allí, en medio de la arena del segundo patio, sostenidas sobre sus pies de apoyo, tres flamantes bicicletas reflejaban sus colores a la luz del sol.
Como una parodia de la alegría.
            —¿Cuál te gusta más? —volvió a preguntar.
Sin contestar, enfrascado entre sorpresa y asombro, corrí hacia la bicicleta de color verde oscuro, y estirando mis manos hacia las manoplas de plástico, jugué con el pedal, girándolo en reversa, sin final.
Inmediatamente, María del Carmen se subió a la bicicleta de color verde claro, y Miguel Ángel a la de color rojo.
Contenido en el júbilo, repetía la pregunta de mi padre:
            —¿Cuál te gusta más…? cuál te gusta más?
El sol del porqué.
Un integrante de la familia, no recuerdo su quién, me dijo que Felisa y Juan habían acordado con el dueño de una importante bicicletería de Villa María, la entrega de cinco cuadros usados como parte de pago, y así obtener la financiación para adquirir tres bicicletas nuevas.
Ese era el motivo por el cual Juan había buscado cuadros y ruedas usados, para armar las que entregaría como parte de pago.
Cuando finalmente obtuvo lo necesario, le pidió a Felisa que le avisara al dueño de la bicicletería para que separara las que habían elegido, ya que estaban en condiciones de cumplir su parte en el acuerdo.
Por eso el apuro y las sonrisas cómplices.
                …
El sol que iluminó las noches de mi vida.
                …
La bicicleta color verde oscuro me acompañó durante el desarrollo de la infancia, y también durante la etapa pre adolescencia, hasta la llegada de la primera motocicleta.
No creo necesario agregar al relato, anécdotas que guardo con recelo y que se generaron a causa de su uso.
Excepcionalmente, citar que la primera vez que usé la bicicleta, me di de bruces contra la calzada de tierra y arena.
De igual manera, puedo incorporar al relato que el día en que recibí la bicicleta de color verde oscuro, comencé a valorar cada cosa que mis padres entregaron a mi vida.
Nunca he rechazado nada, aún a pesar de que Laura —mi esposa—, continúa endilgándome mi «caradurez» por recibir todo los que mis padres me daban.
            —Sé que lo hice —y soy sincero—, porque los amaba.
Tal vez por ello, he tratado de corresponder esa misma actitud con mis hijos, aunque no sé si lo he logrado.
            —¡No sabría cómo hacerlo!
                …
Ahora que el sol ilumina a los días de la vida, imagino.
                …
Solo…
            “Que las personas que brindan su cariño sin interés alguno, reciben una correspondencia —igual o mayor—, al acto de amor desarrollado.”
                …
Ahora que el sol ilumina a los días de la vida, presumo.
                …
Solo…
            “Que aunque observe con la misma mirada de Juan y Felisa a mis hijos, sé que no podría armar cinco cuadros usados para transformarlos en tres actos de amor.”
Solo…
Sólo porque ese gesto ya ha sido concedido, y con él, Juan y Felisa generaron los colores que aún me acompañan.
Los colores que por siempre me acompañarán.



Poética/Insoneto VIII
Guadal y ladrillos


He sido niño en la inocencia
del cósmico papel, en barriletes,
y un enhiesto sentido dirimido
entre veranos y lluvias ocurridas.

He sido niño en los encantos
que las brujas bruñían en otoño,
sobre rojas veredas de pobrezas
y de hadas, alimento del alma.

He sido niño alguna vez, he sido,
y oeste del Sol en los destellos…

Junto a las nubes en el cielo celeste,
como la rosa habitante del barrio.

¡He sido niño! ¡Alguna vez he sido!
¡Entre el guadal y el rojo de ladrillos!




Capítulo IX
Las jaulas y los tramperos.


Sumido en el presente, sé que resido en una casa grande, en una ciudad preñada de olivos —prestos a crecer y a madurar con la llegada del otoño— y también grávida de aves alegres, con sus trinos entre las fronteras que complementan el desarraigo.
Sumido en el presente, concibo.
Que amo la libertad.
Una libertad que no me permite encerrar un pájaro en una jaula; como aquellas que construía con metal y madera en el patio principal de la casa natal.
Sumido en el presente afirmo que amo la libertad —por haberla aprehendido con los años, y perdido, gracias a la intolerancia de los que se creen nuevos dioses—, y también a los trinos de los «chujchines»[47] que anuncian la presencia del sol sobre la casa.
Sonidos que tañen en forma similar a aquellos que emitían los pájaros de la infancia, corroborando el encanto, sobre el espacio único de la vida.
Un bravío sortilegio pergeñado por las «carroñeras golondrinas», las mismas que se posaban en los pinos del patio de la familia Dericia, para renovar en loas hospedadas, a los árboles en el inicio de cada primavera.
Un fragmento de la vanagloria de los hombres que acometen contra su propia jactancia, como si todo formara parte de una cinta sin fin.
Sumido en el presente, confirmo que amo la libertad.
Una emancipación que la historia me ha otorgado, y que el paso de los años me ha negado —certificado mediante—, para que evite restablecer las prisiones que los pájaros de la infancia soportaban, tras caer atrapados por las redes de los tramperos.
Pretensión fútil, por cierto, que impide la recuperación de la distancia, entre la incomprendida dimensión de la belleza, y la posibilidad de creerse simplemente Dios.
            ¡Embrujo de entonces! —como los pájaros—.
¡Hechizo presente en la imaginación!
Que dirimen desde la copa de los árboles, la permanencia de sus cantos, y también el bullicio, compitiendo con el batir de las alas entre el remo de los vientos.
Sumido en el presente, sé que amo lo que antes también amaba.
Tal vez por ese simple y particular motivo, intento brindar respuestas sobre los ritos, y los actos dilectos donde las respuestas se entrelazan con la música —que forma parte de estos escritos—, delineando un poema solitario, compuesto por las teclas de un procesador…
Que inerte observa, el reflejo de mis ojos en la  pantalla.
Tal vez por ese simple y particular motivo, es el líquido cuarzo el que pregunta:
            —¿Vitino…? imaginas?
¡Sí!
Sé que imagino…
Cada uno de los ciclos iniciados al comenzar cada tarde, gestados en el calor del verano, cuando los pájaros libres representaban al Creador, vibrando en mis manos la inmensidad de su pequeñez.
Esas eran las tardes en que juntos con Luis y Modesto, encaminábamos nuestras bicicletas hacia el recodo del río, ubicado al sur de la ciudad.[48]
Avanzábamos por la calzada de arena con el portaequipajes de las bicicletas inundado por las jaulas y los tramperos; por supuesto, también los pájaros «llamadores», cuyo destino en la aventura no había sido consultado.
Simples y portentosos eslabones, burlados en nombre de la libertad.
            —Que los hombres se encargaron de hacer desaparecer —afirmo ahora—, en nombre de Dios, fuente de toda razón y justicia.
Llegábamos hasta el recodo del río donde la ciudad dejaba paso a la llanura, y en esa curva del cauce —que la dinámica de cambio, ha convertido en un boyante barrio residencial— descansábamos en la solitaria playa, y luego nos internábamos entre arbustos y plantas, verdes de tanta luz recibida, ocultándonos de la calle, y de la calzada moribunda y sin veredas.
El bamboleo de los tramperos colgando de nuestros brazos, dejaba caer hacia el suelo las semillas de mijo y alpiste, que más tarde se transformarían en el cebo que permitía atrapar a los pájaros.
Simientes que esparcidas en el camino abierto por nuestros pasos, se consumían en el pico de las aves.
Cuando llegábamos al lugar elegido, cada uno ubicaba los tramperos en el lugar más apropiado, y nos reuníamos en el punto de encuentro, aguardando el sonido de las tapas…
Cerrando y encerrándose.
Como contraste ilógico, surgía desde el cauce el llanto desesperado de los pájaros llamadores, que sin sospecharlo acercaban a otros, permitiendo que las tapas cayeran, inexorables.
Encerrándolos.
El ruido de la tapa, nos alertaba que la trampa había funcionado.
Los pájaros cercanos al trampero escapaban por el sonido, pero luego de unos minutos, la comida desparramada en el piso volvía a acercarlos, y el ciclo continuaba hasta que el sol se ocultaba, impulsando la muerte de la tarde.
Al regresar a nuestras viviendas, antes de que las sombras de la noche nos contuvieran, completábamos el circuito visitando la draga[49] de áridos que se elevaba en el terreno de la familia Gabetta.[50]
Nos fascinaba contemplar la figura del «desarenador», un perfil que representaba a un extinguido dinosaurio pivoteando su cabeza, sin cesar, ora en el torrente del cauce, ora sobre las montañas de piedra.
Retornábamos con las jaulas y tramperos repletos de pájaros, serenando nuestro ímpetu y colmando el casto orgullo.
Aunque luego comprobábamos que la proporción mayor la ocupaban las hembras, y ello ocurría, no porque los machos gozaran de inteligencia, sino en la urgencia de lograr comida para alimentar a los pichones, quienes huérfanos por la captura, quedaban condenados a una muerte segura.
Al acceder a las primeras manzanas del barrio, los compañeros se acercaban pidiendo que les regaláramos algún pájaro, mientras otros levantaban sus manos en señal de reconocimiento.
Cuando Modesto y Luis se marchaban a su casa, me dirigía al patio de la casa, depositaba los tramperos sobre el cemento del patio y elegía las aves de acuerdo a su tamaño y color…
Para finalmente colocarlos en las jaulas que había construido.
Los pájaros, atontados por el tormento, se golpeaban contra el tejido de alambre tratando de escapar.
            Sin lograrlo, ya que las jaulas, mudas e indolentes, se cerraban en el ruido de sus alas.
Sucedió una tarde.
La invitación de Juan para que lo acompañara hasta «pueblo Güemes»[51] en la provincia de Entre Ríos.
No era un viaje más, por el contrario, el destino significaba mucho más que una aventura.
Visitar la provincia litoraleña, simbolizaba no sólo la consecuente correría, sino la concreción de un sueño que por entonces atribulaba —no sólo a mí, sino a los compañeros del barrio—, y que consistía en entrampar las aves que observábamos en las semillerías del centro de la ciudad.
            —¡Cardenales!
            …
Llegamos a «pueblo Güemes», en la mañana de un viernes convertido en luz ante la ausencia del viento.
Al abrir sus puertas el nacimiento de la tarde, coloqué los tramperos entre las plantas del lugar, y al ocultarse el sol comprobé que muchos pájaros habían sido capturados…
Sorprendiendo a mi padre, y también a la gente que vivía en el lugar.
En realidad, los pájaros que habían sido entrampados eran pichones, y tenían el  cuerpo vestido de plumas grises, con un copete marrón coronando la cabeza.
            —¡No se preocupe! —me dijo la esposa del encargado del lugar—. ¡Son cardenales, pero por ahora sólo pichones! ¡Podrás verlos con el color rojo si llegan a ser adultos!
No sé por qué…
Quizás por las palabras de la señora, o por la ausencia del viento en Pueblo Güemes, los tramperos quedaron inmóviles.
Sólo los pichones de cardenales, en las pequeñas jaulas, profanaban una rara elipsis, con sus picos lastimados y los ojos redondos, asolados, entre la poderosa presencia de los árboles.
Durante los días siguientes, dediqué mi tiempo para acompañar a Juan en su recorrida, y conocí diferentes lugares; incluso una mañana, tras sortear las ramas filosas de los espinos, llegamos hasta un lugar ubicado sobre la margen entrerriana del río Paraná.
            —«Pueblo Brugo» era el nombre del pueblo.
Quedé cautivado por el ancho del cauce de aguas marrones.
Sólo recuerdo que me senté, extasiado, sobre un deteriorado muelle de madera.
Allí pasé gran parte del día, observando cómo los pescadores extraían del caudaloso cauce peces de distintos tamaños.
Juan demostraba alegría por mi compañía, y eso lo impulsó a participar de mis aventuras, sobre todo una, que consistió en bajar de un alto árbol un nido de loros que estaba a punto de caer.
Rescatamos, tras una ardua tarea, un pichón que había quedado abandonado.
Impactados por los paisajes desconocidos, la noche nos impidió el regreso y luego de la cena vimos por televisión un partido de fútbol entre «Independiente» y «Lanús», y luego pernoctamos en un hospedaje de «Hazemkamp».
El último día de mi permanencia en «Pueblo Güemes», recuerdo haber cargado en la camioneta, a las jaulas, los tramperos y también a la caja de cartón corrugado…
Que agujereada en todas sus caras, permitía la respiración del pichón que habíamos rescatado del árbol.
La aventura…
Mi aventura…
Sin que lo hubiera sospechado, había cambiado.
En realidad el sentido del viaje, se había transformado.
            ¡La mítica pretensión de acompañar a mi padre!
            …
La existencia, en definitiva mi vida, no ha logrado soterrar los nombres y las imágenes entrerrianas que Juan me hizo conocer.
Acude en tal sentido, con suma precisión, el viaje de regreso hacia Villa María, inclusive cuando debimos cambiar el recorrido para visitar las obras de la Empresa en la ciudad de «Diamante», también en «Victoria»,[52] desde donde pude observar por primera vez, el perfil de la ciudad de «Rosario» —antes de la construcción del puente que las une en la actualidad—.
Cuando llegamos a Villa María, coloqué los pájaros entrampados en una de las jaulas.
A la mañana siguiente, comprobé que los pichones de cardenales continuaban la rutina de los demás pájaros, golpeándose los picos contra el tejido metálico que los contenía.
            —¡Dejalos! —afirmaba Luis—. ¡Ya se acostumbrarán! —sentenciaba mi amigo.
            —¡Hasta que se acostumbren! —idealizaba, sin compartir su afirmación.
Días después, Felisa, desde la pequeña ventana que comunicaba la cocina con el patio —no es la que ahora ocupa tal lugar—, observó complaciente, cómo mis manos abrían las puertas de las jaulas y cómo los pájaros encontraban por fin, sólo el espacio inmaculado como contención a su empuje.
Si me preguntas, Lector, sobre el porqué, sólo diré que la respuesta se contiene en la fantasía.
Tal vez, porque imaginé que al liberarlos, los pichones obtendrían la comida que les había quitado.
Tal vez, porque comprendí que sus copetes jamás se transformarían en el color rojo de la sangre.
Tal vez, porque idealicé que si liberaba aquellos pájaros…
            Dios me otorgaría la dicha de tener a Felisa y Juan a mi lado…
¡Eternamente!
Las jaulas fueron desarmadas por Juan, una tarde de un domingo sin sol.
Los tramperos quedaron arrumbados en un ignoto lugar del segundo patio de la casa.
El tiempo pasó…
Sumido en el presente, sé que resido en una casa grande, en una ciudad preñada de olivos —prestos a crecer y a madurar con la llegada del otoño—, y también grávida de aves alegres, emitiendo sus trinos entre las fronteras que complementan el desarraigo.
Sé también que amo la libertad, aunque permanezca encerrado entre las paredes de mi casa en Aimogasta, con mis ojos detenidos en los cuadros que reflejan las fotografías de mis hijos, impetrando al Creador para que les permita distinguir…
            ¡Sólo distinguir!
Sumido en el presente, sé que ellos permanecen sujetos al control que los tiempos han ejercido sobre todos nosotros; y que han sido y serán inducidos a olvidar de que pueden pensar.
Por ese simple y particular motivo, afirmo que los espacios y tiempos siguen siendo los mismos.
Porque somos aves.
Aves que caemos en los tramperos, bajo el accionar de los laceros que hablan en nombre de Dios —porque están convencidos de que Dios no existe—.
Los mismos hombres que continúan fabricando y colocando tramperos, en cada uno de nuestros actos.
            Como sucedía en la infancia.
Con los pájaros que entrampaba.
Por cierto, sé que aun trato de hallar el sentido que conduce a mi destino.
Ese idílico sendero que se oculta, como los pájaros, para evitar ser un cautivo.
Aunque a pesar de todo.
Debo decirte, Lector, y no sé por qué.
Que Dios me otorgó la dicha de que Felisa y Juan conocieran a mis hijos.



Poética/Insoneto IX
Mi presente... Tan lejos


Nunca supe si el canto del torrente
brumoso en la inocencia sincopaba.

Si los rayos reflejados por la Luna
eran sueños, gestados en la infancia.

Nunca supe si el grito era una calle
tierra y guadal, arena en los lamentos.

Si la lluvia sumergía en las cunetas
a los ríos que volaban cual cometa.

Nunca supe si el viento en cada agosto
era el son de las brisas en los pájaros.

Si el verde de un enero entres celestes
en febrero, manto blanco, yo insoñaba.

Nunca supe, sé que pude no saberlo,
mi presente, en la distancia, tan lejana.

Desde la terraza del bar El Porteñito - Baldíos hacia el río.



Capítulo X
El cine «Alhambra». [53]

El salón del cine Alhambra formaba parte de un edificio con reminiscencias islámicas,[54] no comunes en la ciudad.
Las curvas y rectas de los mampuestos, se mezclaban con las pinturas moriscas realizadas por «Fernando Bonfiglioli»[55], y también con el sincretismo de la fachada que dejaba paso a las boleterías y escaleras que conducían a la platea superior.
Ésta, se encontraba imbuida de una pronunciada pendiente, poblada de butacas de hierro fundido y asientos de madera con elásticos y cuero.
La pantalla coronaba el cierre del espacio, señalando las variaciones sobre el proyecto original, que vencido por los cambios culturales y económicos, soportó modificaciones en el transcurso de su existencia.
Del cine Alhambra recuerdo las películas en blanco y negro.
Pero aún me cuesta inimbuirme en la aventura.
Tal vez porque disfrutaba escuchar los gritos y silbidos, los movimientos de las butacas y alguna que otra alma graciosa que se interponía entre la pantalla y mis ojos.
Mi hermano Miguel Ángel era el encargado de acompañarme —Junto a sus amigos—, para seguir las aventuras del «Capitán Maravilla», y de otros héroes cuyos nombres no tiene sentido recordar.
¿Qué tenía de importante el edificio?
Sólo transformarse en el hito orientador de la ciudad.
Ubicado en su vereda, poseía el sentido de la trama urbana, y comprendía hacia qué sector se ubicaba tal o cual lugar.
En la vereda frontal a la fachada, se elevaba la reja de la Estación de Trenes, y más adelante, el inicio del túnel peatonal que comunicaba con el Centro comercial, por debajo de las vías.
Al lado del edificio, haciendo esquina con la calle Mitre, se ubicaba la Sede del Obispado.
El segmento edilicio se completaba con una Farmacia tradicional, y una Heladería.
La proyección de películas sucedió en el transcurso de mi infancia, y por ello resalto la vanagloria de haber sido testigo de su gloria.
Cuando las regresiones ocurren en mi mente, realizo una escapada imaginaria a la ciudad natal, sólo para transitar por la calle hacia cuya calzada muestra su fachada el edificio.
Percibo al hacerlo, que la regresión me inmiscuye entre la multitud, aguardando con el boleto en la mano, el permiso de ingreso para observar, asombrado, al «Capitán Maravilla».
Luego, en silencio intento girar hacia la derecha, rumbo al balneario, y sonrío.
            Imaginando al río.
Pues sólo sé.
            Que mi espacio y el espacio del cine Alhambra, han seguido idénticos caminos.



Poética/Insoneto X
Azucenas


En el patio de tierra las azucenas vibran,
y los soldados baten la muerte solapados,
entre plásticos verdes ungidos por la mente
soñando ser un Cine, matiné del domingo.

En el patio de tierra, de todos los colores,
el mundo se vestía cancelando estertores,
y el espacio dorado con pobrezas arcaicas
imaginaba al tiempo con riquezas del alma.

En el patio de tierra, los bulbos milenarios
rebozaron mis ojos, tantas tardes, vencidas.

Como aquellos soldados, gestados inbatalla
de azucenas sin balas, en pantalla de Cine.

En el patio de tierra, ¡quedaron tantas cosas!

Infancia y la decencia, de mis viejos amados.



Capitulo XI
La certeza del Boy Scout.


Él, caminaba las veredas de las calles del barrio con la certeza que otorga saberse seguro de sí mismo.
Del Cura Hugo,[56] a quien la Iglesia a través de sus autoridades en la tierra, separó y reintegró a las filas cristianas[57] —vaya uno a saber por qué extraños motivos—, tomé cátedra de los principios para la convivencia con mis amigos y compañeros del barrio.
Por ejemplo, a no bajar la vista al suelo cuando dialogo con otra persona; a tener siempre claro el sentimiento en la respuesta que debo o quiero brindar; y a elevar mis pensamientos sin violencia cuando alguien intenta agredirme.
Precisamente en la etapa de elevar la mirada al espacio celeste, descubrí que entre tanta inmensidad el cielo construye a las nubes.
Que con nubes envolviendo a los planetas se compone el universo, y que ello no es otra cosa que el origen de todos los colores…
Ya que del blanco puro o no puro de cada nube, nacen los colores que sintetizan el inicio y el final de cada día.
            ¡En el espacio!
Fue por ese aprendizaje que confronté las lecturas de los libros de ficción con las enciclopedias.
Como consecuencia, asimilé que las nubes no son iguales, y que portan diferentes nombres permitiendo individualizarlas.
De la misma forma que acontecía cuando levantaba la vista en la Villa María de la infancia.
Por ese entonces, el Cura Hugo en su indolente italiano, aseguraba que:
            “—Los cirros son nubes altas que se encuentran a más de quince mil metros de la superficie de la tierra; y que desde los tres mil metros nuestra vista encuentra ubicados a los estratos, que son nubes uniformes donde predomina el tono gris. Más abajo, encuentran nuestros ojos a los cúmulos, que son aquellas nubes que nos parecen copos blancos de algodón muy liviano.”
Por ese motivo, para comprender el significado de sus palabras, mientras Felisa enhebraba la aguja para iniciar sus costuras, corría sigilosamente hasta el living y tomando uno de los libros de la «Enciclopedia Codex», corroboraba que los nimbos, aquellas nubes oscuras que siempre atemorizan, son las que primero se muestran ante nosotros, tan cerca…
Como el odio y la esperanza…
Como la mentira y el amor.
De cirros, estratos, cúmulos y nimbos, se componen los murales interiores de la Catedral de Villa María.
Pinturas que recrean los pasajes de la Biblia.
Imágenes que contemplaba absorto cada domingo a la mañana, mientras Mamá oraba arrodillada, en uno de los bancos de madera que aún ocupan la nave principal del templo.
Mis ojos examinaban, y comparaban aquellos murales con las imágenes descubiertas en la enciclopedia, una lujosa colección de libros que ocupaba el mueble biblioteca, en el living de la casa natal.
Por lógica, las representaciones que contenía la enciclopedia, a diferencia de los murales de la Catedral, mostraban a pueblos lejanos y diferentes a los que hasta entonces conocía.
Por ejemplo, los que habitaban el centro del continente, que sumisos obedecían a otros dioses.
Las letras detallaban sobre la adoración a «Kukulcan» y a «Quetzalcóatl», que era el pájaro serpiente.
Cuando las figuras de los libros, contrapuestas a los bondadosos rostros en el interior de la catedral, atormentaban mi mente, pasaba las hojas y descubría los misterios de «Stonehenge», de sus ruinas y monolitos interiores.
Reconociendo la existencia de otros pueblos y creencias.
Sin saberlo, mi existencia fortalecía la idea de que la Fe pura, la voluntad pura, el lenguaje puro, la acción pura, la vida pura, la aplicación pura, la atención pura y la meditación pura, significan la supresión de todo deseo.
            ¡En el espacio!
Por cierto, los libros y los murales de la Catedral, se diluían ante la presencia del Sacerdote, el cual, tratando de brindar lo que nuestros padres no podían, nos impartía la enseñanza religiosa en conjunto con los juegos infantiles.
Por iniciativa del Cura Hugo[58] me integré al grupo de Scout[59] que se reunía los domingos, después del oficio religioso, en los terrenos aledaños a la Catedral.
            —¡Siempre Listos! —repetían, una y otra vez mis compañeros.
            —¿Para qué? —meditaba, una y otra vez, sin encontrar la respuesta.
La camisa lisa de color beige y el pantalón corto, contrastaban con el pañuelo que conformaba el atuendo, aunque sólo me atemorizaba el hueso que contenía los extremos del lienzo, ciñéndolo alrededor del cuello.
            —¿Por qué no habrán ideado otra manera para sostener el pañuelo? —conjeturaba—, ¿será significativo portar un trozo del esqueleto de una vaca? —intentaba deducir.
En el barrio, distante, Felisa se sentía orgullosa.
Es que el Cura Hugo elegía, de quienes integraban el grupo de Scout, a sus ayudantes para el oficio dominical.
Una vez seleccionados, nos vestía con un hábito blanco, y nos ubicaba —como incipientes monaguillos— a su izquierda y derecha, detrás del altar, en la única nave de la capilla «Cristo Rey».
De mi participación como Scout, recuerdo que “siempre listos” estaban los hijos de las familias más importantes de la ciudad —quienes disfrutaban, en primer lugar, de cumplir con las tareas eminentes—.
Antes de mi ingreso al ciclo secundario, el Cura Hugo dejó de asistir a las celebraciones en el barrio, y junto con su alejamiento, sucedió el abandono de mi tarea como monaguillo en los oficios religiosos.
Años después, cuando mi hermano Miguel Ángel creyó correcto designarme padrino de bautismo de su hija mayor, volví a verlo.
Pero el cura Hugo no me reconoció.
En este presente, los integrantes de los Scout siguen “siempre listos”, y a decir verdad me alegra comprenderlo, pues desinteresadamente los Scout vuelcan su esfuerzo para ayudar al prójimo.
Por mi parte, me gustaría retroceder, y por un breve instante ser niño otra vez.
            ¡Tiempo!
Seguí acompañando a Felisa todas las mañanas de domingo, para cumplir el precepto de la misa en la Catedral.
Algunas veces, la gruesa voz del «Cura Gottardi»,[60] envolvía la contemplación de las imágenes adoradas, en aquel cielo representado en los murales.
Otras…
Sólo los silencios.
Así fue, no de otra manera, como sucedió la consecuencia.
Los cirros, estratos, cúmulos y nimbos se transformaron en lo que son, y comencé a admirarlos en el comienzo de cada formación, y en el final de cada tormenta de verano.
Aun hoy vislumbro al hacerlo, como lo hacía en la Catedral, que estos nuevos murales que me brinda el Creador, son un regalo para que me introduzca en el mismo espacio del tiempo, durante el inicio de un nuevo verano.
Para que las nubes se conviertan en lluvia, o en el hielo que en forma de piedras nos golpea inesperadamente. 
            Patria rara, la mía.
Con dioses diferentes.
Simulada entre «Kukulcan» y «Quetzalcóatl», que se muestran representados en los poderosos que gobiernan, sometiendo a los pueblos en su propia incapacidad para comprender.
            …
Patria rara, la nuestra.
Con dioses diferentes.
Simulada entre mis intentos de Boy Scout, junto a las ruinas de «Stonehenge», y a los monolitos que sólo en el espacio del tiempo dignifican.
Un espacio del tiempo que comprende a la Fe pura, la voluntad Pura, el lenguaje puro, la acción pura, la vida pura, la aplicación pura, la atención pura, y la meditación pura en su conjunto final, para re significar la supresión de todo deseo.
Esa supresión, que el espacio de mi tiempo, ha tratado de hacerme comprender.
Incansablemente.
En el transcurso de octubre del año 1968, un año después del Centenario de la ciudad, el Cura Hugo se hizo cargo de la Parroquia de Nuestra Señora de Lourdes, ubicada en el Barrio Ameghino.
Los sectores olvidados de siempre —aún continúan siéndolo—, vislumbraban con agrado el surgimiento del primer comedor comunitario, con un centenar de chicos sentados a la mesa.
Ocho años después, en la ciudad de Córdoba, mientras mis nubes se diluían entre lapiceras, tablero, hojas de papel vegetal y discusiones con un engreído profesor de arquitectura, el Cura, que parecía salido de los murales de la Catedral proclamaba a Dios:
            “—La mejor educación es el contacto directo con la realidad (…) los niños de escolaridad primaria deberían conocer la provincia, los secundarios el país, y los universitarios el mundo (…) de esta manera se acortarían las distancias entre los hombres y otra sería la humanidad.”[61]
Como he aseverado en diversas puertas y espacios del presente libro, desde el transcurso de mi infancia no reingresé nunca más al espacio interno de la catedral santuario de Villa María —Sí asistí al casamiento de mi sobrino, hijo mayor de María del Carmen, pero me detuve en la galería aguardando su salida.
Debo aclarar, es mi obligación hacerlo, que sí volví a ingresar a la única nave de la capilla Cristo Rey.
Lo hice tomando la mano de Felisa, una tarde de marzo cargada de tristeza,
En el año 1998.
Cuando falleció Juan.



Poética/Insoneto XI
Arremeten aves, y la brisa


Arremeten aves, sus cuerpos en las nubes
cual heroicas figuras que el cielo bosqueja,
mientras la brisa pura, alisa sólo al viento
y mis ojos se abren, distantes, como picos.

Al hacerlo, las aves, en líneas perpetúan
como marcas injustas, infancia recordada,
del movimiento puro que renace silencios
y que en labios respira, aire, viento, brisa.

Arremeten las aves, como a veces la vida
conjugando desaires minados en deseos;

Simples, leves, suaves, etéreos y sutiles,
en la brisa que besa, silenciosos cantares.

Como cuando en la infancia, yo soñaba
volar como las aves, en el viento, la brisa.




Capítulo XII
La sombra de la mora.


A la sombra de la mora, trasvasados en la vereda de tierra, y recostados sobre el alambre que limitaba la propiedad privada de la pública, nos sentábamos para protegernos de los rayos del sol en el verano; tan fuertes y profundos como el agobiante estado de nuestros cuerpos, luego de concluido el partido de fútbol.
La Morera se alzaba ágil y grácil, sobre el paso del tendido de cables de la red de energía eléctrica, pero su ancha copa se acercaba a la vereda de tierra, dejando al alcance de nuestras manos sus frutos, como permitiendo a nuestra gula evitar “robarle” nísperos a don Roberto.
Algunas veces, cuando los rayos de sol habían calentado el ambiente, y el peso de la humedad nos asfixiaba, se formaba entre las nubes disidentes, una tormenta transformada en viento y tierra, y luego en lluvia, truenos y relámpagos.
La copa del árbol soportaba el peso del agua y cuando dejaba de protegernos, el viento nos indicaba el camino hacia la galería de la capilla, donde los ladrillos y el cemento nos resguardaban de las inclemencias.
Las tormentas llegaban, dejaban caer el agua refrescante que escurría formando “ríos” en las cunetas de la calle…
Y se marchaban.
Los amigos del barrio, desde la galería del edificio de la capilla Cristo Rey, observábamos cómo la lluvia ocultaba los contornos de las fachadas y cómo dibujaba el relieve de los pinos y los nísperos de la casa de la familia Dericia.
Cuando la lluvia cesaba y la tormenta daba lugar al sol, los rayos formaban un arco iris gigantesco.
Entonces, alguno se animaba y formulaba el primer desafío:
            Pisar la tierra —barrosa—, de la vereda que pertenecía a la capilla.
Una vez comprobada la ausencia de riesgos —más allá del barro—, nos aglutinábamos en la esquina.
Resultaba imprescindible disfrutar del temporario “cauce” para iniciar “las carreras de lanchas”, aprovechando la correntada que conducía hacia el río.[62]
La competencia consistía en llegar a una meta preestablecida, y el que lo hacía primero, sólo obtenía como premio, satisfacer su ego.
Cada competidor debía apelar a su astucia, ubicando a “su lancha” en la corriente descendente, de forma tal que su recorrido evitara a las raíces de las plantas, pues si ocurría una detención, la participación concluía.
Claro, que más allá de las raíces que el agua descubría en las paredes de las cunetas, un acecho real y peligroso ensombrecía el hecho de jugar en los inesperados ríos.
El peligro, se contenía en la cuneta del baldío ubicado frente a la propiedad de la familia Lazarte, una vereda invadida por escombros y tirantes del ferrocarril, colocados con la finalidad de facilitar el acceso de los carros hasta los fondos del terreno.
Uno de los integrantes de esa familia, un señor mayor que sobrellevaba una vida de alcohólico y “linyera”, significaba el verdadero obstáculo a superar.
Cuando nuestro rústico bullicio arremetía enfrente del baldío, explotaba su intolerancia.
«Curcuncho», como lo llamábamos, salía desorbitado, y con un corto y ancho cuchillo nos amenazaba, corriéndonos uno por uno.
Nos alejábamos rápidamente, rogando para que nuestras intuidas “lanchas” no se detuvieran.
Curcuncho, cansado de correr, se sentaba en el límite de su terreno profiriendo insultos y blandiendo el arma; mientras cercano, el viento siempre simulaba acompañarlo.
El final nos encontraba en el extremo opuesto de la calle, riéndonos, y sentados debajo del cartel ubicado en el terreno vecino al bar «El Porteñito». [63]
Todo concluía en el juego del no juego, aunque el agua, incorrupta a nuestras exigencias, continuaba descendiendo por las cunetas de la calzada embarrada.
            —Para disfrutar de la aventura —como afirmaba Luis.
En la esquina que enfrentaba al edificio de la capilla, solitaria, la copa de la morera soportaba el peso del agua y cuando advertía nuestro alejamiento, movía sus ramas descargando el agua, como impetrando a Dios, para que regresáramos a buscar su amparo.
Una tarde, de un día, de un mes, de un año que nunca sucedió, ocurrió una tormenta de verano.
Un rayo cayó sin avisarnos, como sucede con todos los rayos que caen sin avisar, y quebró la rama mayor de la morera.
Días después, el árbol aisló su sombra protectora.
La construcción de la casa de la Familia Giovanna,[64] ocultó a la vivienda de la Familia Lazarte, y junto con la nueva construcción se alejó de nosotros el miedo a cruzarnos con “Curcuncho”.
El viento y las tormentas de verano, sin embargo, persistieron cubriendo con tierra las galerías de las viviendas del barrio.
Mis ojos, que aún subsistían extasiados por la generosa copa de la morera, divisaron otro límite…
Un nuevo horizonte, donde las carreras de lanchas se cobijaban…
Líricamente…
En los recuerdos.



Poética/Insoneto XII
La morera


Junto al viento gris, lluvia y verano
nos juntábamos siempre, los amigos.

Era el barrio una copa, y la morera,
y en ladrillos rojos, ritos y guadales.

Protegidos por ella, en las historias,
fuimos todos un campo inmaculado.

Verde entre verdes, luces y misterios,
y en violetas oscuros, sólo dientes.

Un día, un hada gestó un rayo tardío
y sus ramas cayeron sobre el piso.

No volvimos sus amigos en el barrio
para insuflar su savia, en el olvido.

No tornaron veranos en los vientos,
ni en las voces, sus hitos y mis mitos.



Capítulo XIII
El atrio de la capilla Cristo rey.


Sobre las márgenes de la calle compuesta de veredas de tierra, solado sustentado en ladrillos colocados de plano y calzada de arena, con tierra colorada y mucho corazón, se alzaban pocas construcciones, casi todas separadas por terrenos baldíos.
En la cuadra donde se mostraba la casa paterna, junto a la de Luis y Modesto, estos baldíos abrían hacia las calles perpendiculares.
En la cuadra adyacente hacia el edificio de la escuela de Artes y Oficios —donde funcionaba la escuela José Mármol—,[65] solamente se elevaba el edificio de la capilla Cristo Rey, y hacia el noroeste un extenso baldío.
En la misma manzana, los mayores habían construido una cancha de fútbol, que nosotros utilizábamos cuando ellos no lo hacían.
El terreno, ubicado en la cuadra adyacente al costado de la capilla, era utilizado por la familia Lazarte —propietarios—, para que los caballos descansaran del diario trajinar, y, además, se alimentaran.
En la vereda de tierra que enfrentaba al inmenso baldío, se erguía enhiesta, la  morera.
El edificio de la capilla se mostraba rebosante, y aunque internamente sus paramentos estaban revocados, el frente exhibía su superficie de ladrillos desnudos.
En el lateral derecho, enfrentando a la planta de mora, una escalera descubierta permitía el acceso hacia el coro; lugar donde las autoridades de la Iglesia y también municipales, utilizaban para participar de los oficios religiosos.[66]
            ¡Tal vez, para no mezclarse con la plebe!
Ese ecléctico balcón interno, cuando no había oficios religiosos, era utilizado para preparar a los niños del barrio que se aprestaban a recibir la primera comunión.
En algunas raras ocasiones, para que contempláramos una película en blanco y negro, como distracción.
Penetrar en el recinto de la capilla, significaba invadir otro espacio tiempo, uno inmerso en aquellos otros que había descubierto mi vida.
Un correlato de saturación, humedad y encierro —sustentado en la decisión de la Curia de mantener cerrado el templo durante los días de la semana—, que parecía evadirse cuando el edificio se abría los sábados por la tarde, y los domingos para el oficio de la Misa.
A pesar de la decisión de la Curia —como sostenía, debía ser—, nosotros utilizábamos la galería sin ningún tipo de permiso.
En el atrio[67] nos reuníamos sin previo llamado, y aunque no lo intuyéramos, consagrábamos un hito que el paso de los años confirmó.
Sé que ese paso nos condujo hasta que la fachada de ladrillos desnudos fue revocada, accionando el cierre definitivo del atrio.
Sé que el revoque se apoyó en una vereda de mosaicos.
La misma que une hoy su frente con la calzada pavimentada, y con una novedosa torre, donde las imaginarias campanas contemplan a la esquina cercana.
Sé que la escalera que conduce al coro se oculta detrás de la ampliación.
Y aunque todo haya cambiado, sé, que a quienes pertenecimos al barrio en sus orígenes, todavía nos muestra su frente de ladrillos desnudos…
Con la imagen de un Cristo convertido en Rey, que nos mira, flanqueado por la imagen de la Virgen, y de un Santo que nunca intenté reconocer.
            ¡Ellos sólo ríen!
¡Riendo junto a nosotros!
Una comunicación con Cristo Rey, tan simple, única y sencilla, como el atrio que por entonces nos contenía.
Un acercamiento que nos dice, que él también llegó a ese espacio del tiempo.
¡Para tratar de Ser Humano!



Poética/Insoneto XIII
Un río en las cunetas


En las lluvias sucedieron las aguas
y en torrente surcaron las cunetas,
como lanchas de papeles de diarios
en los ríos de un barrio indivisible.

En la lluvia sucedieron las tormentas
y las lágrimas, precarias e insolubles.

Inundando las mentes, que inocentes
sucedían a las lluvias y a las trampas.

En por eso que en las lluvias, mi relato
en cunetas, de asfalto, inexistentes,
tornan siempre, en espacios elevados
que reviven al niño, en mi memoria.

Es por eso, cuando llueve que renuevo
en mis ojos, cual navíos, los recuerdos.



Capítulo XIV
Los cigarrillos «Clifton» y la “yapa”.

Existen, en el desarrollo de la historia, escenas que explican cómo la monotonía puede constituirse en una parte importante de la vida.
Las escenas logran su continuidad de manera simple, particular, como cuando comprendemos que el nuevo año sólo continúa al anterior.
Así, las escenas han sustentado mi infancia —en especial la que compone este relato—, y por lo tanto se han convertido en generadoras de gestas, las cuales estimulan para que puedan ser consideradas como anodinas o irreales.
Pero las escenas, por más insignificantes que resulten, contienen una esencia que las hace únicas, resultando ser el eje de todo lo que nos toca vivir.
Por ejemplo, las “situaciones de espera”, que cuando niño reforzaban el sentimiento de dependencia hacia los padres, quienes ejercían la mímesis necesaria para todo lo imprescindible, conjugándose en sucesos que sólo se interrumpían cuando sucedía el viaje, o la ausencia de alguno de sus protagonistas.
Por entonces, inmiscuido en esas situaciones de espera, imaginaba a la vida como aquella faz que organizaba el desorden.
Con las ideas que se contraponían a los hechos inmodificables, que existían, sin lugar a dudas, en las conciencias de quienes habitábamos el barrio.
Las situaciones de espera se sucedían en las tres etapas del día.
La primera en la mañana, cuando la escuela ocupaba la historia.
La segunda en la tarde, cuando los juegos con los amigos, y los mandados, fundamentaban la consigna.
La tercera al llegar la noche, cuando en silencio pasaba a formar parte de la vida de mis hermanos mayores —aunque los mismos jamás se dieran cuenta de ello—, sobre todo al escuchar sus conversaciones.
La mañana agrupaba la historia dentro de las paredes de la escuela, interrumpiéndose dos veces por año —sin considerar las enfermedades contagiosas, y las excepciones que determina toda regla—.
Una en julio, cuando llegaban las vacaciones de invierno, y otra en el verano cuando las clases concluían para permitirnos disfrutar de la aventura.
La noche en cambio, distaba de ser monótona.
A veces, las conversaciones de mis hermanos terminaban en exacerbadas discusiones.
Otras, Felisa se recluía, callada, en la silla frente a su máquina de coser…
Con la aguja y el hilo enhebrado, y sus ojos impotentes en las lágrimas —Juan no la acompañaba, y ella debía hacerse cargo del funcionamiento familiar—.
La noche en cambio, distaba de ser monótona.
A veces, dormía en la cama grande con Mamá, otras, en la cama vacía de la habitación de Miguel Ángel, y otras pocas veces, en la cama vacía de la habitación de María del Carmen.
La tarde, sin embargo, contenía el poder que la mañana y la noche no manifestaban.
Era el reloj perfecto en la existencia de las horas, como si los segundos y los minutos no registraran el tic – tac, de la misma manera que en los restantes momentos del día.
Las situaciones de la tarde guardaban la epopeya de la aventura, la alegría de compartir con los amigos fábulas y ficciones; determinando la espera en el regreso de Juan, con la imagen de una familia que la vida siempre guardó para mí.
La epopeya sinceraba las actitudes, y la sorpresa animaba a la aventura y sus facciones.
La facción de la “serena envidia”, que sucedía cuando la familia de un compañero del barrio partía para radicarse en otro, distante o cercano, igual o mejor, con la intención de mejorar sus ingresos.
La facción de la “disputa permanente”, surgida y consagrada en el conflicto de dos o más niños que no conjugaban sus ideas.
La facción del “abandono”, reflejada en lo inesperado, como una grave enfermedad, o la muerte de alguno de los que residían en el barrio.
Estas tres facciones —como simples ejemplos—, contribuyeron para forjar personalidades; a tal punto, que resulta imposible extraerlas en forma de recuerdo.
Rubén Darío.
                …
Su nombre en mi infancia, sucede, quizás, porque la facción de la “disputa permanente,” delineó el perfil que mi conducta obtuvo desde entonces.
Tal vez, porque la facción del abandono nunca sancionado, perforó la eternidad que la existencia profesaba.
Fue cuando sucedió la abrupta herida en la partida de Rubén Darío Alvaro[68] —que no se marchó con sus padres en busca de mejores perspectivas de vida—.
El compañero de la escuela, y de los juegos, sólo fugó de este tiempo de espacios inconsultos.
            —¡Darío se marchó porque Dios así lo dispuso! —lloraba en las palabras, la voz de su madre.
En ese momento, las perspectivas de la vida insertas en el tiempo de espacios inconsultos, replicaban las palabras de aquella madre inquietando al razonamiento, uno que mi vida sostenía, intuyendo que la muerte era una actitud de tiempos y espacios ajenos a Dios.
Rubén Darío no debía abandonar aquel suburbio de la ciudad; por el contrario, como niño sólo debía contener la necesidad de crecer y de educarse.
En realidad, de volar como los pájaros que había permitido, escaparan de mis jaulas.
Este Darío que se había marchado, era el mismo que me acompañó a buscar la jaula abierta en el patio de la escuela, luego de que una compañera otorgara la libertad al canario que cada mañana nos acompañaba con sus trinos.
            —¡Quiero volar como él, Vitino! ¡Ser libre, en busca del sol! —me confesó—. ¡Aunque sé que mi madre no piensa igual!
                …
Juan.
                …
Cuando el trabajo diario se “detenía” en la ciudad donde residíamos, Juan llegaba a casa por la tarde, cansado del día de fajina.
Lo esperaba ansioso, porque sabía que su llegada germinaría la orden para que corriera a comprarle un atado de Clifton.
Era el único mandado que efectuaba con placer, ya que don Luis[69], el dueño del Bar que los vendía, siempre me daba de “yapa” una tapa del pote de caramelos, repletada con «maní japonés».
Cuando ingresaba al bar, un fuerte olor a tabaco invadía los pulmones, aunque mis ojos se clavaban en los paquetes de cigarrillos.
En un pequeño estante, el porteño había acomodado las etiquetas de los «Clifton» —veinte cigarrillos cortos, sin filtro—, y también las de los cigarrillos «Saratoga», nombre que lograba remontar mi utopía hasta la lejana Jamaica, tras las huellas de algún Pirata o Corsario, enraizando historias entre mares y lunas.
Las mismas lunas que nos cobijaban en las terrazas de las viviendas…
En las noches donde la oscuridad del cielo, se veía empañada por la presencia brillante del satélite natural.
Esas noches, que no sucedían siempre, eran aprovechadas por los mayores para “pitar”[70] un cigarrillo y compartirlo; mientras paradigmáticas, sobrevenían las narraciones. —Realidades en pocos casos, y ficciones—.
Ajeno al aroma del tabaco, sólo miraba la luna.
Una bola blanca flotando en el espacio; mayor que las estrellas, sobrecogedora y solitaria, suspendida, sin caer sobre la tierra.
            —¿Cómo se ve la luna desde la terraza de tu casa? —retumbó la pregunta, del compañero que se había ubicado a mis espaldas.
Sin preocuparme en averiguar quién era, levanté la mirada hacia el cielo y contesté:
            —¡Igual que desde ésta terraza!
            —¡No, tonto! —confirió al decoro, otra voz—, desde la terraza de ésta casa, la luna se observa diferente a como se la ve desde la terraza de tu casa.
            —¿Por qué? —fue mi respuesta.
            —¡Porque los lugares son distintos! ¡Y, además, porque el espacio no es el mismo!
Esa noche al acostarme, coloqué la almohada en el otro extremo de la cama para observar el cielo.
Abrí las celosías de la ventana, y logré conciliar el sueño después de fijar la vista en la bóveda infinita.
            —¡Los lugares son distintos! ¡El espacio no es el mismo! —exclamé, y la frase continuó durante el transcurrir de la semana, sin que llegara a comprenderla.
Para mí, el lugar era el mismo.
De hecho la ciudad era la misma, y el espacio por lógica, también.
Sin embargo, algo otorgaba veracidad a la frase de mi compañero, pues había originado mi duda.
No pude ascender a la terraza de la casa para comprobarlo, pues durante toda la semana la lluvia dijo presente.
Al lunes siguiente, el sol ganaba la amplitud del cielo, y me otorgaba la posibilidad de corroborar el origen de las dudas.
Por la noche, aguardé la llegada a escena de la luna.
Solo, tendido sobre la cubierta de la casa, descubrí que la misma se presentaba diferente a como la recordaba.
El color amarillo con tonos rojizos, había sido abandonado, y una figura opaca, de fondo blanco, se ofrecía ante mis ojos, con unas desahuciadas manchas oscuras en su cara.
El inmenso disco que había tomado como referencia, llegaba a ser apenas un círculo, entre la inmensidad de estrellas que lo rodeaban.
La Luna y la Vida.
                …
            —¿Será el lugar, el responsable de aquel cambio…? las terrazas sirven para diferenciar el lugar en el cual cada uno de nosotros reside? —renové los interrogantes.
Los años lograron descifrar aquella intriga, trayendo a mi existencia la suficiente conciencia.
A diferencia de lo que el compañero había inferido en la noche del primer cigarrillo, por más que las terrazas sean diferentes, no se observa a la luna en una forma distinta.
Los hombres somos distintos, y cambiamos al trasladarnos de un lugar a otro.
Inclusive las terrazas resultan distintas, pero somos nosotros los que componemos el horizonte…
Antes, cuando necesitábamos ver, y luego cuando continúa coexistiendo la necesidad.
En definitiva, la luna gira alrededor de la tierra, y junto con ella alrededor del sol, como siempre lo han hecho.
En cambio la vida…
Avanza como el cigarrillo que consumíamos en las noches de terrazas y de lunas.
Cuando la filosofía barata alimentaba las ficciones, entre “puchos” convertidos en humo y disipados en el aire.
Cuando las historias se diluían sin sentido, y la luna, histórica y errática, sólo nos observaba.
Como observan las lunas.
            …
Filosofía de barrio pobre.
            …
La luna dejó de ser lunas diferentes…
Contrariamente al cigarrillo, que abandoné con la promesa de vivir hasta ver a mis hijos adultos, sigue brillando entre sus ciclos, perpetua.
Mis ojos en cambio, no pudieron observarla nunca más desde aquellas terrazas.
                …
Conclusión.
                …
Juan dejó de fumar por propia voluntad, y tal vez fue ese ejemplo, el motivo para que tomara la decisión de negarme a llevar encendido otro “pucho” a mis labios.
Mis ojos, Lector, continúan reflejando en sus lágrimas a la belleza de la luna.
En todas las lunas.
En definitiva, como confesaba Rubén Darío.
            ¡Porque quiero volar!
¡Libre…!
¡Solamente, volar!



Poética/Insoneto XIV
Caminos y senderos


Recuento los momentos de mi vida
y los vados que cruzábamos de noche,
acortando las distancias en “campitos”
con senderos, sin gramilla ni armonía.

Caminos que al cansancio consumían
como luces de una Luna apasionada.

Anhelando en el regreso de la gloria,
ser en calles de tierra, la avenencia.

Recuento los instantes que en mi vida
ocurrían en las noches, cuando el frío
me tomaba por la espalda junto al río,
regresando con mi madre desde el cine.

Caminando. ¡Sí! ¡Senderos y caminos!
De mi barrio, tan oculto y tan secreto.



Capítulo XV
La Escuela José Mármol.


Emociona comprender, que quien se dice escritor por el hecho de haber compartido sus fantasías, haya sido capaz de trasladar en letras un mundo diferente al que cada uno habita.
De la misma manera, resulta incomprensible que haya otros que se dicen escritores, y son incapaces de sintetizar sus narraciones, aunque sus escritos ocupen el espacio que existe entre la tapa y la contratapa de sus libros.
            ¿Por qué digo esto?
Creo que los relatos sobre lugares fabulosos, gestados en gloriosas descripciones de ocasos, y en inmaculadas concepciones de la luna, a nadie interesan en la mecánica computarizada del tercer milenio.
Las frases consentidas, plenas de conceptos indefinidos, sólo alcanzan la paráfrasis, negando la belleza del idioma.
Ese mismo lenguaje, que en la infancia contribuía para a sintetizar la historia en una palabra.
                …
¡Simple!
                …
Consecuente con mi formación, he agradecido al Creador, lo hago ahora, por permitirme amar y admirar la simpleza de todo lo que confirma el entorno.
Por ejemplo, recordar el vuelo de las golondrinas en septiembre, cuando rodeaban los pinos en la vivienda de don Roberto Dericia; o el momento de revelar los escritos sobre las paredes en cualquier parte de la ciudad.
He agradecido también, la intuición que preside mi mente sobre los espacios de vida —que  llaman pasado—.
Lugares o resquicios que no han desaparecido, y que por el contrario, aún otorgan las fuerzas para superar el temor de que el tiempo se acabe —mi tiempo—, antes de formalizar el destino de la muerte.
Sé que por ese simple y particular motivo, la existencia de los pinos forma parte de la existencia de la mente, aunque los pinos no existan, sepultados por la realidad.
En tal sentido, los escritos en las paredes, contrapuestos a la inexistencia de los pinos, se perpetúan en la actualidad, y en mi mente compiten entre ellos, junto al viento, la lluvia y el castigo del sol en el verano, persistiendo, riéndose desde los paramentos que los recuerdan…
En cada segundo de cada minuto, a cada hora de cada nuevo día.
Eso sucede, y mis ojos lo contemplan.
Vislumbrando que las ramas de los altos pinos —altos pinos que ha retenido la memoria—, recobran las figuras de las golondrinas en septiembre, cuando eran ocupadas ¿aún? Antes de morir la tarde, conformando las vocales del alfabeto único que en la infancia hube de acordar con las aves.
Tal vez porque entonces intuía, que los muros desnudos de la ciudad siempre se unifican al retomar la esencia que nos ha sido legada.
            ¿Lógica pura?
Una esencia que sugiere aprender de las personas, separando lo humano de la conciencia idílica, para admirar la belleza de una frase, describiendo un paisaje.
                …
¡Simple!
                …
Como el espacio canal de la calle que conducía a la escuela primaria.
Canal que cruzaba provisto con la cartera de color marrón, junto al blanco delantal duro por el almidón, e inmutable ante el soplo del viento.
En ese canal descubría las frases en los muros, y la identidad del barrio.
Con sus veredas de mosaicos o de ladrillo común, casi todas de tierra y de vencida gramilla, pero compartiendo la alegría.
Esa que estallaba en la Escuela, y en las tizas de colores rayando pizarrones.
También en los recreos compartidos, donde los delantales nos igualaban.
Una escuela con su patio de baldosas de cemento y arena; y un campo de juego capaz de ungirnos comandantes de blancos delantales.
                …
¡Simple!
                …
Como los tabiques de madera terciada que dividían al salón.
                …
¡Simple!
                …
Como esas partes resultantes, que en definitiva sintetizaban la conciencia del grado.
Primero inferior, primero superior, segundo grado y así hasta llegar a sexto.
La meta apetecible para el despegue personal, y una partida hacia el futuro posible.
Es que en los grados se confundían las voces y los gritos de las maestras y alumnos.
Y a todos los que conjurábamos la escuela nos gustaba hacerlo, volando entre las huellas y contrahuellas de la escalera, para apoyar los pies sobre el granito artificial de fondo blanco y piedras negras.
Mosaicos que liberaban a las barandas sobre el pasamano de madera que perfeccionaba al vacío.
                …
¡Simple!
                …
La escuela José Mármol[71] utilizaba para su funcionamiento —recibía en préstamo—, un ala del edificio de la Escuela de Artes y Oficios, con un sector de baños y un salón, que servía a los fines de usos múltiples para clases de música y celebración de actos patrios.
En los pasillos de la planta baja formábamos fila para ascender a las aulas luego de izar la bandera.
Nos agrupábamos en una amplia galería cubierta que abría hacia el patio principal, sectorizado en solados diferenciados, uno con mosaicos de hormigón, y el otro con mosaicos calcáreos de color rojo, identificando una cancha de básquet.
Entre esos dos solados de la escuela transcurrió parte de mi infancia, poblada de risas, corridas y de llantos.
                …
¡Simple!
                …
Como simple es mi agradecimiento al Creador, lo reafirmo ahora, por haber interpolado el espacio tiempo para mostrarme el camino que conduce hacia la meta.
Un punto cercano a la dimensión que habitó mi cuerpo en esas aulas tabicadas, entre papeles pintados por los alumnos, y tamizados por la luz que penetraba desde las rajas superiores.
                …
¡Simple!
                …
Fue en diciembre del año 1968 cuando dejé de concurrir a la Escuela José Mármol[72], no porque alguien me lo hubiese indicado, sólo porque el ciclo primario había concluido.
Me retiré, aunque mantuve la idea de que algún lejano día habría de transformar en palabras las historias vividas…
Seguro de haber concluido una etapa.
A pesar de que mi educación secundaria transcurrió en ese edificio, no pude compartir los mismos espacios.
Por ese simple y particular motivo, sucede que a veces, cuando el frío acosa al viento, indemne e impertérrito, imagino que me apoyo en la pared del patio que me contiene en Aimogasta, y dejo caer mi cuerpo hasta tocar el suelo, tal cual lo hacía en los recreos de la primaria, cuando buscaba los rayos del sol.
Al hacerlo, toco mis brazos y al notar la ausencia del delantal blanco sobre ellos, desesperado intuyo escuchar la voz de la maestra Sara llamándome a formar fila.
                …
¡Simple!
                …
Ilusiones de un adulto convertido en niño…
Para transitar por otros espacios canales, confirmando las historias que llegarán a la vida, señalando nuevos caminos.
                …
¡Simple!
                …
Puertas e ingresos que permanecen cerrados, pero que fueron abiertas en la infancia, sobre la calle Jujuy, frente al «Club Pedro Viñas».[73]
Una calzada de tierra colorada…
Poblada de sueños…
Los mismos que he intentado recordar.



Poética/Insoneto XV
Leyendas y gomeras


Nos reuníamos todos, en la esquina
bajo la luz del farol, entre los nísperos,
que erguidos en las ramas, admitían
colores y palomas, y etéreos amarillos.

Nos uníamos todos, acordes y sonidos
para narrar purezas del gris en inocencia,
donde arcaicos devenían en las momias
y en vampiros, la sangre de un torrente.

Era la esquina del barrio y los amigos
bajo una luz difusa, perenne, taciturna.

Callada en beatitud, fortuna y existencia
y la ignorancia altiva cedida a la pobreza.

Nos reuníamos todos, amigos y la esquina…
¡Una grácil y pura, sociedad de gomeras!

Anfiteatro Municipal



Capítulo XVI
El Río Tercero —Ctalamochita—


Enmarcado por el complejo edilicio del club Central Argentino,[74] y las viviendas que poblaban las manzanas aledañas al cauce, abría —ya no son aquellas—, a las visuales el embalse de agua alimentado por el Río.
El embalse, generado por cuatro compuertas metálicas ubicadas —aún—, cien metros antes del puente vehicular ―existe un nuevo puente―, que unía las ciudades de Villa María y Villa Nueva; y, además, por un pequeño dique de evacuación hasta la margen oeste, conformando un largo vertedero que mantenía uniforme el nivel de las aguas.
En la infancia, no siempre estaban bajas las compuertas, por lo tanto, no siempre se divisaba el embalse. En los días en que el mismo se colmaba con las aguas marrones, las lanchas surcaban su piélago y nosotros nos sentábamos sobre las barandas de mampuestos de la costanera para contemplar la danza de las embarcaciones.
El río, luego de traspasar el límite virtual de las compuertas y el puente viejo, continuaba su avance entre pequeños islotes plagados de sauces y otras especies arbóreas, que conferían una pequeña selva inmersa en la ciudad.[75]
En verano, cuando las lluvias eran copiosas y el caudal aumentaba, los pescadores ocupaban el puente, la pasarela de las compuertas y los laterales de hormigón armado, para apropiarse de los peces que eran impulsados por la correntada.
Algunas veces, el nivel del agua desbordaba esos límites y trepaba hasta el nivel de las cunetas del barrio.
Hacía el sur, donde luego se construyó el Anfiteatro, el cauce permanecía tranquilo, intruso en los terrenos privados de quienes habían elegido el sector para la construcción de casas quintas.
En los remansos del sector de casas quintas nos congregábamos para “robar” frutas de las quintas —desatendidas durante la semana— y de paso practicar “tiro al blanco” con nuestras gomeras.
Cuando accedíamos al edificio del «Club Sport Social»,[76] mil metros hacia el suroeste del barrio, las edificaciones acababan, dejando a la libertad del campo lidiar con el recorrido del río.
Allí acudíamos con nuestros tramperos a capturar «Corbatitas y Vizcachitas».
Al finalizar la etapa de la infancia, la fisonomía del barrio experimentó un cambio que no mutó su carácter residencial, sino el nivel económico y social de los nuevos habitantes.
Algunas tardes de bohemia compungida, utilicé el cauce del río para certificar las rabonas en el secundario; y mucho más tarde, como Arquitecto, logré esbozar viviendas que aún permanecen tal como las diseñé y construí.
El río Ctalamochita continúa el eterno ciclo sobre su corriente de vida.
En su embalse ocurrió la muerte de nuestro arquero, Ariel Audano[77] una tarde de un diciembre que hace tanto dolor ocurrió.
Historias en definitiva, que inducen a la dimensión de hombre a la que pertenezco, por tradición y derecho.
La misma instancia existencial que asiste ahora, para confirmar que he logrado la apertura de las puertas de la infancia, corroborando que todo sucedió, que todo formó parte de la realidad.
Como el Río Tercero devenido en «Ctalamochita»
Como el Sol.
Como mis Amigos.
Como mis Padres.
Como la Luna.
Como mi eterno pedido de perdón a Dios.



Poética/Insoneto XVI
La capilla del barrio


En la capilla altiva de ladrillos desnudos
concentraba mis miedos y delirios de niño…

Arquitecto asumido, soñaba completarla
culminando sus vuelos y volutas aladas.

Solazando leyendas y los nombres amados
en decenas de tardes, y quimeras soñadas.

Pero el tiempo pasó, así siempre sucede,
y el arquitecto aquel se asentó en otra nube.

Ya no existieron rojos, en paredes y Templo,
ni tampoco nombres y leyendas del tiempo.

Nunca supe quien fue… ¡Nunca quise saberlo!
Pero aquél que en revoques ocultó sus ladrillos
no plasmó una fachada, no contuvo el sentido…

Nunca pudo sentir… Ni vibrar… Sus sonidos.



Capítulo XVII
Los autos en el primer festival.[78]


Cuando el último mosaico hexagonal, blanco y rugoso, fue colocado en la vereda de la casa nueva, los amigos del barrio comprendimos que algo importante había sucedido.
Un evento desconocido para quienes confraternizábamos el barrio, que nos impedía contener una palabra para definirlo.
Una, que explicara el porqué.
Así, sin explicaciones mediante, mis amigos se transformaron en compañeros.
El solado contenido en los mosaicos hexagonales, si bien confirmaba el final de una construcción, definía, sin que alguno pudiera impedirlo, la residencia de nuevos habitantes en el barrio.
Definitivamente, la edificación —que aún muestra su cara orgullosa al diacrónico río—, no sólo logró invadir nuestro campo de fútbol, sino también el invisible mundo de la infancia.
Posado sobre los mosaicos blancos y rugosos, comprendí que todo había comenzado antes, cuando las estacas y travesaños de madera que los albañiles colocaron replanteando la obra, ocultaron el centro de la manzana.
Los listones de madera señalaron, sin que alguno de los amigos del barrio se percatara de ello, que algo sucedería tras los nuevos límites impuestos; y fundamentalmente, que no se trataba de la demarcación de otro campo de juego para la práctica de un deporte distinto al que practicábamos.
Cuando ocurrió el día en que la cancha de fútbol fue disociada, me encontraba acompañado por Modesto y fue él, el encargado de transmitir la mala nueva a los integrantes del equipo.
Lo comentó durante la quema de batatas,[79] un ritual que nos reunía por las noches en un sector cercano al algarrobo.
Modesto habló en la noche de un miércoles de cenizas que concluyó enfundándonos entre oscuridad y reflejos; y cuando él se llamó a silencio, los amigos del barrio comprendimos que la calzada de arena y de tierra que acompañaba las márgenes del río, se transformaba definitivamente en una calle.
Una que cautivaría la gloria entre los atajos que penetraban en el verde del paisaje.
El mismo sendero que en la cercana infancia nos había conducido con los tramperos, y que ahora nos derivaba hacia otra, ignota, por venir.
Los integrantes del mítico «Club de barrio Güemes» decidimos que al desaparecer el campo de juegos, la esquina del algarrobo dejaría de ser referencia, y por ese motivo el noble árbol se convirtió en despechado asiento para que los mayores discutieran, tras el acierto o el fracaso de sus apuestas en el vuelo de las bochas.[80]
El barrio daba inicio a su lento proceso de transformación.[81]
De hecho, mi cuerpo mudó en la búsqueda de otros significados.
La primaria era parte del pasado, y el inicio de la secundaria conjuraba en compañeros como ocupantes de los espacios y tiempos de la existencia.
Aquel verano en que la vivienda frente al río recibió a sus habitantes —antes del inicio de la escuela secundaria—, fue el último en que compartí con mis amigos de la infancia.
La nueva vivienda me aislaba del pasado, y me transformaba en un holograma “perdido en el espacio”.
La manzana, ahora, simulaba su presencia, y mis ojos la intentaban contenerla como antes, libre e integradora de todas las epopeyas. Las de los juegos, pero también las del final del verano, cuando soportaba el peso de los autos convocados por “Festival de Peñas Folclóricas” que se realizaba en el Anfiteatro.
Epopeyas que nos encontraba junto a Luis y Modesto, linternas en mano, dispuestos a cuidar los automóviles, ignorantes de las “prerrogativas paternas” y sólo cobijados por los rayos del sol que se reflejaban en la luna.
            —¿Le cuido el auto, Don? —conformaba la pregunta salvadora.
            —¡A la salida te pago! —repicaba la réplica consabida.
Y aunque esas respuestas sonaban a prédica inconclusa, cuando la noche del Festival finalizaba, salíamos disparados desde el jardín del «Bar El Porteñito», ante la sorpresa de los propietarios de cada automóvil, mostrando nuestras manos anhelantes de una moneda, que caía a disgusto, despejada por el cercano canto de los gallos.
Nos turnábamos para dormir —uno permanecía despierto, alertando por si se daba el regreso anticipado de alguno de los propietarios—, y cuando me tocaba asumir la responsabilidad impedía la llegada del sueño tarareando las zambas y chacareras que provenían desde el escenario.
Escuchaba a «Los Chalchaleros»[82] y a «Los Fronterizos»,[83] absorto, apoyado en algún «Ford Falcon» o en un «Chevrolet», reflejando en sus espejos inmateriales, la pobreza material en la que soñaba algún día implantar mi vuelo intelectual.
Al concluir mi guardia, me recluía en el jardín idealizando que Papá llegaba en uno de los automóviles, invitándonos, a Felisa y a mí, para pasear por la ciudad; o quizás para viajar hasta Tío Pujio con el fin de visitar a Ana María; o hasta el «Puente Andino»[84] trasladando mis tramperos y llamadores.Cuando la alborada descubría a la nueva mañana, luego de que el último vehículo se marchara de nuestro campo de juegos, junto a Luis y Modesto contábamos las monedas, y nos dirigíamos a dormir, satisfechos, porque el dinero recaudado alcanzaría para pagar la entrada a la matiné del cine Monumental, y también, para la cuota de inscripción en la pileta de natación del «Club Central Argentino».
Si bien he regresado al barrio de la infancia, pocas veces logré mirar la construcción que sirvió de límite entre la infancia y mi adolescencia.
En el transcurso de mi vida secundaria otras edificaciones ocuparon los baldíos del barrio, y algunas, incluso, ocultaron las visuales hacia la casa de la vereda con mosaicos hexagonales blancos y rugosos.
Tal vez, porque intuía que al pisar la mítica verdad, desaparecerían los recuerdos de las etapas vividas; aunque sé, no sé por qué, que su espacio ha logrado detener al tiempo.
El mítico barrio Güemes de la infancia, se guarece en mi memoria y permanece con los mismos hombres y mujeres, con los mismos automóviles —tan perfectos—, y con mis amigos.
Es esa locura incoherente, la que ha logrado convencerme de que el tiempo ha sido detenido por el espacio de aquella construcción.
Una vivienda que sobrevive frente al río, junto al campo de juegos de la infancia.
Soportando los pesados automóviles que regresan en febrero, para respirar, tan sólo, como las hojas de los siempre verdes del Bar El Porteñito.
Una epopeya compuesta por Autos y árboles que ríen, acompañando mi risa, inmersos en un Anfiteatro que intenta, parsimoniosamente, quitarse su cubierta kitsch e incoherente, para…
Para jugar con la vida.
Cada día.



Poética/Insoneto XVII
Glicinas


En los violetas pálidos, la infancia
renueva sus colores sobre el verde…

Y los atajos de ladrillos colorados,
imitan en sus ramas las cascadas.

Por eso anhelo, tal vez, algún verano,
poder girar sus voces en los muros…

Para que el tiempo fugaz y conocido
perfume con sus flores mis vacíos.

Por eso anhelo, tal vez ser el jardín
para aromar las nuevas primaveras;

Izando al cielo las voces cantarinas
en frescas vainas leales y maduras.

Y aunque su pócima acoja mi camino
ungiendo con su savia imaginarias;

Será la casa, aquella, de mis viejos,
en blanda pluma, violeta, ¡mi destino!



Capítulo XVIII
La eternidad de Felisa y Juan.


Calladamente
vuelves a tapar mi cuerpo
cada noche.

Me observas
en la oscuridad del cuarto.

Me besas
con tus besos tan distantes.

Calladamente ríes,
de mis risas
y mis palabras vagas.

Te sientas a coser
junto a la estufa,
recordando,
simplemente, recordando.

Calladamente Madre
vuelves en mí
cada noche al acostarme.

Me tapas en mis sueños
lentamente.

Luego te vuelves
y comienzas a reír.

Calladamente
Madre.

Como río con mis hijos
en la noche,
cuando vuelven a dormirse
suavemente.

Mirándolos,
como tú.

Con mis ojos.
Como siempre.

Felisa y Juan, mis Padres, no existieron extramuros de mi infancia.
Residieron y residen —eviternos—, en el tiempo y el espacio de los Seres Humanos, compartiendo el canal que vincula a los años con los sentimientos.
Felisa y Juan existieron y existirán en todas las puertas que abra mi vida.
Porque han sido —lo serán—, espejos en los cuales reflejo mi rostro cada mañana; frío, cálido, suave, serio, alegre o triste.
Mis padres resignificaron los espejos que reflejaban mi rostro en las mañanas de la infancia, cuando inocente albergaba por igual, razones, desilusiones y también lo irracional que mi mente empezaba a elaborar.
Caprichos de un viento que no entendía pero que igual arrumbaba mis actos, señalando la dirección que debía seguir, como lo hacía la veleta instalada en el vértice del techo a cuatro aguas de la vivienda ubicada a espaldas del antiguo «Colegio Nacional»; acompañando al céfiro que elevaba mis barriletes.
Persisten activas las imágenes que recrean los paseos de compras con mi madre; cuando la realidad nos ubicaba en el centro comercial, adyacente a la plaza principal.
Hacia ese ecléctico lugar de la Villa natal, acompañaba a Felisa en el transcurso de la primera semana de cada mes, tal vez para conducir uno de los carros metálicos del «supermercado Baudino», haciéndolo rodar mientras trataba de esquivar a los demás carros; o quizás para recorrer los transparentes del «Cine Rex», ubicado sobre la vereda de la zapatería «Casa Amarilla».
Las calles principales conducían a la plaza principal.
Nuestros pasos también.
Los afiches de las películas iluminaban mis ojos —en ese entonces la señal de la televisión abierta resultaba deficiente, y el sistema de cable local no resultaba accesible para los bolsillos de mis padres—, pero fundamentalmente a mi corazón.
Caprichos de otra época, donde la tecnología, que bendigo hoy, no convergía hacía los habitantes de un país que iniciaba el proceso de disociación que ahora nos acosa.
Las caminatas al centro tomado de la mano de mi madre, forman parte de una puerta esencial que desearía —por lo imposible—, revivir.
Persisten activas las imágenes que recrean los viajes junto a Juan, cuando lo acompañaba a las fábricas que construía.
Aventuras que disfrutaba al compartir su presencia, alejado de los enojos y discusiones familiares.
Persisten activas las lágrimas de Mamá.
            —¿Cuántas veces he visto llorar a Felisa?
Caprichos de la conciencia y conveniencia.
De la consecuencia de ser hijo de Juan y Felisa, honrados en Dios, a pesar de las estrecheces económicas y de las dificultades sociales a las que se vieron sometidos.
Persisten activos los sueños del barrio, pulmón con calles de tierra y veredas de ladrillos comunes colocados de plano.
Senderos que señalaban el rumbo de los pasos para compartir la mesa de madera del hogar.
Los almuerzos del domingo al mediodía, con los tallarines que emergían de la masa que Felisa dejaba reposar mientras asistía a la misa en la catedral.
Persisten activas las imágenes de mis padres en familia, como sucedía al compartir la mesa navideña, cuando mis hermanos con sus familias acompañaban entre risas la felicidad de la familia unida.
Día de Navidad que luego, cerró su puerta ante los ojos ausentes de mis padres.
            —¿Cuántas veces he visto llorar a mi padre?
Capricho que niega mi conciencia, necia, negando el acto de reverencia y conmiseración hacia quien debo lo que soy.
            —¿Cuántas veces...? las puertas de Felisa y de Juan se abrieron para que el hijo menor ingresara a buscar su consuelo y su amparo?
Capricho que niega mi conciencia.
            —¿Cuántas veces...?
Preguntan, mis inpreguntas.
Sólo sé que trasladar en palabras y frases la apertura de las puertas de mi infancia, está unida al denominador común de Felisa y Juan.
Negarlo comprendería una ironía, porque la ironía, sarcasmo de la conciencia y de la conveniencia, ha resultado el gesto burlesco con el cual disfruto el amor y el cariño que contengo por mis padres.
Felisa y Juan existieron y existen mientras exista alguien que los recuerde —quien esta historia escribe, y sus hijos, luego—.
Mis padres siguen siendo los espejos que reflejo cada día al despertar.
Porque al hacerlo reflejo los rostros de mis hijos.

En silencio.

Desde niño.

Con tu temple de gringo
apasionado.

Construiste mi mundo
para darme libertad.

Como al cometa.

Fugando el hilo
hacia la estela
de la vida protectora.

Allá, en la infancia.

Descubriendo mis alas
y mis sueños.

En silencio.

Con espacios y tiempos
desterrados.

Permitiendo a tus lágrimas
mojar mis ojos.

Descubriendo los límites
de cada historia.

Amor contenido
en los torrentes.

Cual savia fructífera
en el viento.

Abrazándome.

Como ayer.

Con tus manos.

Dulcemente.

En silencio,
en juventud
elevaste mi adultez
sin dejar de protegerme.

Para que el niño
solitario, convergiera.

Innovando la esperanza
en el orgullo del trabajo.

Caminando por la vida.

Pausado, y sincero.

Como el canto peregrino,
del ave, que contempla
las virtudes y defectos.

En silencio.

Desde la tierra
donde descansan
los que sueñan.

En silencio.

Desde la infancia
confirmando que me amas.

En silencio.

Desde mi cuerpo
viejo y cansado.

Te observo y río.

Calladamente.

Soñando jugar con tu sonrisa
en las tardes del verano.

En silencio.

Extrañando
en la lentitud de tu voz
mi propio nombre.

Imaginando ¡Papá!
Que aún me guías.

En silencio.

Con mis alas
abiertas a las tuyas.

Con mis sueños
dormidos en los tuyos…

En silencio.



Poética/Insoneto XVIII
Mis padres


En el patio de tierra, sin cemento ni piedras
se sentaban soñando primaveras y flores…

A veces musitaban palabras sin sentido
y otras veces pactaban señales sin sonidos.

En el patio de tierra, donde el agua fluía
era el barro la historia, un sinfín de alegrías.

Yo soñaba en la gloria, primaveras y flores,
mientras ellos jugando, hilvanaban mi vida.

Solamente anhelaba que siguieran el rumbo
hasta que nuevos bríos inundaran al mío,
pero siempre trazaban con su alma utopías
remallando en sus telas, mis ojos y los días.

Ellos eran las cañas, barriletes y harina…

El cometa y los hilos, de mis viejos queridos.



Capítulo XIX
Los juegos en el barrio.


Al lector que intente la diatriba, ese oscuro discurso no exento de violencia, que colma la cuestión de cuestionar lo que haya escrito…
Le aseguro que este es el último párrafo, y que por lógica, todo lo demás…
Ha sido escrito.
Desasido entonces, afirmo que éste es el último capítulo del libro.
Aunque la realidad señale que los textos le prosiguen…
Su que el mismo sólo cierra el esquema que he intentado realizar.
Un  perfil heroico sobre los rectos históricos de la infancia, y también, sobre la escritura —a la que no he de criticar, pero tampoco aceptar—.
Por ser el último escrito de mi libro, debo confesar que es el más importante, ya que sin juegos ninguna infancia tendría sentido.
En el devenir de un barrio los juegos constituyen la esencia; ajenos a los órdenes impuestos por quienes aún intentan manejar a los juguetes.
«Los nuestros» mantenían una regla:
            ¡Todos participan!
Nadie quedaba afuera, pues en la participación radicaba la razón.
            “—El fútbol, las carreras de autos de plástico rellenos con masilla, las carreras de lanchas luego de la lluvia, el “hoyito pelota”, la vuelta «a la manzana» en bicicleta, las salidas a entrampar y “bajar frutas de los árboles”, los domingos de matiné, las tardes en la pileta del Central Argentino, la juntada de figuritas, la pelota número cinco, las conversaciones nocturnas en la vereda, las tardes de quema de batatas, los barriletes, los penales y la pelota de trapo, los autos y camiones con latas de conservas de sardinas… Me olvidaba citar a las reuniones en el atrio de la capilla Cristo Rey.”
No existía lugar para el egoísmo.
Sólo los espacios y tiempos que la inteligencia intuía en cada juego.
Por eso, la tarea de redactar este último espacio —que en realidad, bien lo sabes Lector, no lo es—, resulta más importante que las anteriores, ya que porta en su espíritu las verdades de la infancia.
Realidades que expresan sentimientos.
Junto al amor que impulsa los recuerdos.
Retazos de los juegos en un barrio pobre, con calzadas de tierra colorada, y veredas de ladrillos comunes y mosaicos vainillados.
Una idílica infancia que se durmió en los cines, hoy cerrados.
            ¡Embalses!
¡Que de tanta vida, se llevaron a la mía!



Poética/Insoneto XIX
Opaco, el norte siempre vuelve


Cuando la Luna vencida, se ocultaba
detrás del horizonte, sobre el agua,
las nubes grises sumían en vaguadas…

Sobre cumbres, soñadas e insoñadas.

Cuando la Luna seducida por la noche
nos juntaba en las plantas de los cielos,
cigarrillos de chala se unían en el humo
conjurando pitadas colapsadas de mitos.

Cuando la Luna alada se mecía cual río
en el cauce cercano de las aguas marrones…

En el sur las historias, renacían al viento
como torrente brusco, asido por silencios.

Y en la sublime voz del norte idealizado
yo regresaba en luces, iluminando sueños.



Capítulo XX
Los hormigueros y los autos de carrera.


La bicicleta impulsada por el movimiento y la fuerza de las piernas de quien la conducía, subía y bajaba por los montículos de tierra.
Pequeños bordos que ocupaban los terrenos adyacentes a la casa de la familia Peralta.
Los montículos se situaban al lado del sendero de tierra que cumplía las funciones de vereda.
Sobresalían sesenta centímetros en el centro, y descendían hacia el perímetro, cubriendo en forma circular un diámetro mayor a los tres metros.
La única forma de penetrar en ellos era utilizando la bicicleta, ya que las ruedas evitaban el contacto entre nuestro cuerpo y la superficie poblada por las «negras hormigas» que los habían construido.
Los hormigueros —durante años las gigantes hormigas habían ocupado esos terrenos— no se mostraban inofensivos; por ese motivo evitábamos correr algún riesgo.
Mucho le había costado a Luis no haber entendido ese particular motivo; sobremanera, luego de que sentara a nuestra pequeña vecina sobre la piel del hormiguero.
Los gritos de dolor se escucharon en todo el barrio, de la misma manera que se escucharon los gritos del padre de la niña, quien se molestó con nosotros al creernos cómplices de la maniobra urdida por Luis.
Ajenos, los bordos continuaron soportando las ruedas de nuestras bicicletas, que seguían los pequeños caminos de tierra colorada abiertos entre el verde profundo de la gramilla, y la rispidez de los baldíos.
Los caminos, en algunas partes bifurcaban tortuosos.
Los que no se conectaban con otros hormigueros o bordos, se dirigían hacia el interior de la manzana o desembocaban en el camino de tierra que comunicaba la vivienda del «Flaco» Alba con la vivienda de «Tito» Peralta.
Completando el paisaje, la arenilla o el médano cubrían la irregular vereda impidiendo el germinar de la gramilla.
            —¡El tránsito de la gente lo impedía!
Era ese mítico camino, una recta de sesenta metros de largo por dos metros de ancho.
Recubierto, salvo cuando sucedía la temporada de lluvias, por un fino polvo que le otorgaba un aspecto desierto.
Características ideales para que desarrolláramos las “carreras de autos preparados”.
Los pequeños vehículos de plástico, eran rellenados con masilla y bolas de metal, para otorgarle el suficiente “agarre” y “peso” ante las circunstancias a las que serían sometidos.
Las ruedas originales se cambiaban por gomas, tributo de las tapas de potes de penicilina, que montadas sobre un eje de acero amortiguaban las imperfecciones del camino, y acompañaban con mayor empuje al envión que las movilizaba.
            —¡Llegar a la meta!
Las carreras se iniciaban al final de la vereda de la vivienda de “Tito” Peralta, y concluían cien metros adelante, en el comienzo de la vereda de la vivienda del “Flaco” Alba.
Cada participante disponía de una vez para tirar, y completado el círculo, comenzaba la siguiente ronda de acuerdo al puesto logrado en la partida.
El auto mejor preparado soportaba el envión y alcanzaba mayor velocidad, lo que se traducía en una buena distancia desde el lugar de lanzamiento.
“Tumbar” el automóvil, significaba volver a la largada y recomenzar.
Ganaba aquel que impusiera con menores errores el recorrido, pero para los que participábamos lo más importante consistía en llegar.
            —¿Por qué?
Algunas veces, el recorrido de la carrera se complicaba al cruzar la zona de bordos.
Obstáculo, si los había, que simulaba una trampa impuesta por los mayores con el objetivo de perjudicarnos.
Las carreras se preparaban con antelación, y todo el proceso de conformación de las listas de corredores se trasladaba hasta la Escuela, lugar propicio para confirmar la participación de competidores ajenos al barrio.
Cuando las carreras no se ejecutaban sobre la recta medanosa, sino sobre el trayecto ampliado, los reglamentos contemplaban las modificaciones impuestas por la inserción de curvas y rectas.
            —Recuerdo la regla que obligaba a no salirse del camino al tomar una curva.
Confieso que jamás me interesó el primer puesto.
Más importante resultaba evitar que el automóvil de plástico no se “tumbara” durante la carrera, pues esa condición me habilitaba a seguir participando sin necesidad de reinscribirme.
            —¿Las hormigas?
Nos ignoraban.
Solamente se defendían si las molestábamos.
Entre tirada y tirada, auto de plástico y auto de plástico, las observaba cómo, mientras jugábamos sin pensar en nada, persistían en su continuo ir y venir con trozos de hojas de árboles o pequeños palos de madera; incluso, después que el sol se ocultaba tras los árboles del cercano Hipódromo.
Los bordos encerraban una perfecta realidad.
Un simple contexto que por entonces nos impulsaba a comprender que los integrantes de cualquier Sociedad, sólo trabajando en orden pueden prosperar.
            —¿Los aplausos?
Formaban parte del ritual de la llegada y el agasajo al ganador.
            —¿Los bordos?
Ya no existen.
Hace tiempo que los terrenos ubicados entre la vivienda de la familia Peralta y la vivienda de la familia Alba —ocupados por habitantes de apellidos desconocidos—, sobreviven en el memorial de los espacios y tiempos.
Reviviendo en la persistencia de las hormigas, que continúan descensos y ascensos.
Cada día.
Por siempre.
            —¿Los autos de plástico?
El tiempo en este espacio de la vida, obliga a mi cuerpo, cada vez que sueño, para que se incline a lanzar mi vieja cupé de color celeste, que alineada sobre el camino de médano que conduce a la vivienda del “Flaco” Alba,[85] impulsando el piso polvoriento ante la mirada curiosa de Felisa —sentada en su máquina de coser—.
Hincado sobre el piso inventariado, la cupé parte con destino hacia la meta, mientras la observo sin temor a que se “tumbe”.
Sus ruedas, bamboleándose como si fuesen a salir del eje que las contiene, abren una calzada en el camino, y las hormigas, atónitas, se detienen…
Para observar el paso del bólido.
Sé que me miran.
Sé que luego de ser aturdidas e impactadas por el imaginario sonido del inexistente motor, aplauden a su paso.
Sé, también, que entre el velado deslumbramiento…
Gritan entusiasmadas:
            —¡Dale Vitino! ¡Dale que llegamos!



Poética/Insoneto XX
Ahora, sueño...


Ahora que los años desnudan al pasado
desando en barriletes y colas sin el viento…

Aunque sé que en papeles y telas de colores
en cañas recupero pasajes de mi infancia.

Ahora que en los sueños el céfiro retorna
levando aquel cometa que un hilo sostenía…

Mis manos, en ausencia, recubren disonías
y páramos desiertos, de arenas y eufonías.

Ahora que soy hombre, en sueños disociado
por el paso del tiempo, en años de la vida…

Sólo completo giros, errante, sin un rumbo
desplegado en papeles, y volutas de cañas.

Ahora, sólo sueño, ser el hilo de un sueño…

Surcando barriletes, al viento, sin colores.



Capítulo XXI
La gloria del vestuario.


La música vibra en un parlante alejado.
Difunde, al hacerlo, sonidos de las canciones compuestas en sábados y domingos nunca olvidados. Ignoradas letras que tornan en memoria como ecos de una historia diferente.
Lectura de los personajes que consienten a la historia.
Los mismos que conforman los versos y las frases, y que hablan del amor y la sorpresa como aditamentos del sonido.
Resonancias que ocupaban nuestro campo de fútbol.
Un espacio con tribunas imaginadas y la justicia ausente del reglamento, e intuida en el más prepotente de los jugadores.
A esa justicia de exclamaciones, penales, faltas e ironías, sólo podíamos aceptarla aquellos que habitábamos en el barrio.
Y a la misma nos sometíamos como única regla y consecuencia. Ajena a los valores y reglas que imponía —e impone— la Sociedad.
Un integrante explicó una mañana que a esa justicia de exclamaciones, penales, faltas e ironías, le hacía falta un espacio para poder ejercerla con autoridad.
Por lo tanto, resultaba imprescindible construir un recinto que sirviera a tal fin.
Además, como vestuario.
A efectos de dotar a nuestro inexistente estadio con ese espacio, bregamos juntos, sabedores que la realidad se construye y no se proyecta.
Así, decidimos “imitar” el espacio subterráneo de un estadio cualquiera, y consentimos dar manos a la obra.
Cavamos un pozo de forma circular —un poco más de dos metros de profundidad—, hasta que la arena nos advirtió que era suficiente.
Alisamos y nivelamos el fondo y dimos forma a la escalera de acceso, que se ideó perpendicular al centro del campo de juego.
Al terminar la excavación, el hoyo se cubrió con “cañas”, las cuales, crecían espontáneas y sin deriva al sur de la propiedad de don Roberto Dericia.
El resultado fue más allá, ya que nuestro recinto de debate y vestuario, fue imitado —con mejoras por supuesto—, por nuestros oponentes de barrios adyacentes.
En aquel subterráneo refugio nos introducíamos luego de disputar el partido de fútbol, para relatar anécdotas y quemar batatas en el horno tallado en la pared.
Aunque cuando lo hacíamos, el conducto de humo se atascaba y para evitar sofocaciones, escapábamos presurosos hacia el exterior.
Cuando el humo desaparecía, las llamas tomaban posesión de los troncos.
El recinto fue causal de advertencias por parte de nuestros padres, quienes en el paradigma de sus tabúes, sostenían que “allí” dejábamos explotar “nuestros malos pensamientos”.
            —¡Irrealidades de una infancia plena de inocencia!
Por entonces no cabían los torpes arrebatos.
Menos aún, con nuestras compañeras, que a pesar de acercarse a nuestro “campo” con sus “buenas intenciones”, resultaban ignoradas y de increíble manera, evitadas.
            —¡Sí! ¡Hubo un suceso que dignificó a un lejano día!
Ocurrió al encontrarnos con un nuevo montículo de tierra alrededor de nuestro vestuario.
Con asombro, comprobamos que sin el consentimiento de la mayoría se había realizado una excavación paralela a la principal.
Sin conocer el objetivo, discutimos sobre la conveniencia de permitirlo o no, y luego de una ardua disputa, la mayoría aceptó la incorporación adaptándolo como mingitorio.
Si bien a muchos nos punzaba el hecho de no haber sido responsables de “tan brillante idea”, votamos por la aprobación descontando la “envidia” de nuestros ocasionales adversarios.
La nueva excavación tenía la misma profundidad del vestuario, aunque contaba con una extensión más profunda que se abría entre la arena, para que ésta absorbiera los líquidos.
Antes de cada partido, dedicábamos un tiempo especial para limpiar el recinto principal, y por supuesto el mingitorio.
Poníamos especial énfasis en acordar no utilizar el baño durante los partidos, pues ese era el momento para mostrar inmaculado a nuestro vestuario ante los ocasionales adversarios.
            —Sucedió un domingo a la mañana.
Había lloviznado durante la noche y los baldíos del barrio mostraban sectores con acumulación del agua de la lluvia. El campo de juego, poblado en partes con gramilla, se mostraba barroso, aunque devolvía los piques de la pelota confirmando la factibilidad del juego.
Asentando los pies sobre ladrillos y piedras llegamos hasta el ingreso del vestuario.
Nos introdujimos con la idea de cambiarnos para iniciar el juego.
Ante la sorpresa de quienes nos visitaban, ni bien hubo de ingresar el último, salimos disparados desde las profundidades de nuestro secreto Palacio.
Uno de los integrantes había evacuado algo más que líquidos en el mingitorio, y el olor nauseabundo ocupaba “orondo” el espacio sagrado.
Resignados, nos vimos en la obligación de cambiarnos detrás del arco sur, y salir a disputar el partido a pesar de todo.
Demás está decir que las chanzas estuvieron presentes durante el desarrollo del encuentro, y por mucho tiempo más.
Nunca supimos el nombre de quién había sido el responsable. 
Sospechábamos que por miedo a nuestra reprimenda había silenciado su desesperada acción.
A la mañana siguiente quitamos la cubierta de cañas, pero el olor permaneció en el recinto y desistimos, no sin tristeza, de reingresar en él.
Meses más tarde, el propietario del terreno dio inicio a la construcción de su vivienda.
El recinto “sagrado” quedó aprisionado entre sus límites.
Conjeturo, ahora, que el Creador ordenó una eterna custodia para cobijar ese recuerdo, un trabajo en equipo que había originado el esfuerzo común…
“A pura palada de tierra colorada”.
Como aseguré al detallar la puerta anterior, en mis sueños el paso de los años convalidado por la soledad que esgrime una tierra distante, o tal vez la necesidad de recordar, me incita a burlar los límites impuestos para introducirme entre los escombros que rellenaron el espacio.
Sé que al hacerlo, no sé lo que busco.
Tal vez los guantes que utilizaba Ariel; o la parrilla donde asábamos batatas, o quizás la “gomera” de alguno de quienes integrábamos el equipo de fútbol.
O tal vez, idealizo.
Las caricias de la tierra colorada.
Su voz, semejante a las voces de entonces.
Convencido de que esa es la música:
            —Una canción compuesta en mañanas de domingos.
Ignoradas letras que tornan como ecos, de una historia contenida en la poética.



Poética/Insoneto XXI
En el borde de ladrillos


En el borde de ladrillos que reclama,
a los nombres que desnudan la mañana,
sólo se yergue el sardinel, que impetra
oraciones, en las lágrimas del Tiempo.

En ese borde de ladrillos, me sentaba
debajo de la copa de un árbol animoso…

Para avistar al río, que herido por el agua
atrevíase al norte, rayano en inlatidos.

En el borde de ladrillos que reclama
donde mis ojos aún vibran, mandarinas,
sólo emana el pasado, entre amarillos
para hendir en poética a la historia.

Tal vez por eso, el rojo borde intenta
reclamar en señales, el canto de su vida.



Capítulo XXII
El barrio, el porteñito, los mosaicos y la luna.


En el barrio se descubrían veredas de mosaicos.
En nuestra cuadra, solamente una y de color rojo.
            —¡La vereda del bar “El Porteñito”!
Propiedad de don Luis, un porteño que todas las noches atendía con «santa» paciencia a quienes se congregaban para tomar un “trago”.
La construcción sobresalía en la cuadra, porque más allá de la misma sólo constaban baldíos, y al final, el horizonte del cauce y su río.
En la vereda del bar nos sentábamos por las noches a relatar historias.
            —¡Ficciones!
Cada encuentro concluía con los gritos del porteño, que haciendo gala de su mal carácter, terminaba corriéndonos apelando a cualquier excusa.
En la víspera de Año Nuevo, en el año 1968, aprovechando la diferencia de altura entre vereda y calzada colocamos una bomba de estruendo en el conducto de salida del desagüe pluvial. La explosión destruyó el caño y la onda expansiva provocó tal alboroto, que nos vimos obligados a dejar de frecuentar aquel “sagrado” lugar durante el resto de la infancia.
Hasta el inicio de mis estudios universitarios la vereda de mosaicos fue la única de la cuadra.
Luego, al pavimentarse la calzada, los mosaicos calcáreos empezaron a poblar las veredas del barrio —mosaicos fabricados en la esquina opuesta de la manzana norte, en la fábrica de la familia Moyano. Una construcción donde mi fantasía explotaba al observar el giro de la prensa con los brazos metálicos abiertos—.
Antes de que todo eso se concretara, el barrio apenas se contenía en sus perfiles y las construcciones, dispersas, se observaban solitarias entre los baldíos.
Imágenes retenidas que tornan a situarme en sus míticas veredas, observando las esquinas alumbradas por faroles, y también el agua congelada en las imaginarias del invierno.
En ese espacio del tiempo conjetural, se encuentran contenidos los carteles de venta y los terrenos que miraban hacia el río.
Párrafos de la existencia que “inundó” con ladrillos, cal y arena, a la “nada” reflejada por la Luna.
La misma, que entre sus cráteres dormidos, conserva la sonrisa y la epopeya del barrio, del bar el Porteñito, y de los mosaicos colorados.



Poética/Insoneto XXII
A veces... Son las flores


A veces, son las flores, tristes,
las que sueñan conmigo, dibujando.

Junto al jardín, pequeño, y desasido
en las voces cantarinas de mis hijos.

Cuando el jardín, pequeño, desasía,
las flores que en sonrisa, dibujaban,
yo era un verde soldado, retornando
tras bosquejar batallas sobre el piso.

Cuando jardín y flores, se dormían
mis sueños insoñaban las hazañas…

Y el gris se convertía en opulencia
mimetizando al cielo con el barro.

Por eso a veces, son las flores, tristes,
las que sueñan conmigo, recordando.




Capítulo XXIII
La matiné de cada domingo.

            ¡Vitino!
¿Más allá del cielo…? qué existe?
No hay respuestas.
Sólo el silencio invade las palabras.
            Entonces.
¿Podrá el tiempo lograr que las palabras se transformen en respuesta?
No lo sé.
Sólo conjuro para que no emerjan.
Pues al hacerlo, me vería obligado a olvidar los recuerdos y la infancia.
Prefiero el silencio.
Una elipsis que la mente deja minuto tras minuto en la conciencia, como una voz inaudible, que sólo entrega las consignas a mis oídos silenciados.
Prefiero el silencio.
Sé que por ese simple y particular motivo, jamás he contestado esa pregunta.
Sé, no sé por qué, que más allá del cielo, aguardan los recuerdos construidos, como parte de otra vida, de la misma que he vivido en el primer recuerdo.
Aquel que me permitió construir una libertad de pensamiento, idílica y lírica, que aún me acompaña.
En ese ahora, tiempo en que concluyo como escritor desconocido, estas hojas muestran los tiempos y espacios de mi existencia.
Una ecuación que ha continuado generando más preguntas —muchas de ellas sin respuesta todavía—, como parte de las incógnitas que desde niño he intentado develar.
Secretos.
Son secretos que la niñez trató de completar, utilizando recorridos diferentes, para superar los límites burlados por la inocencia.
Tal vez, por ello, el sobrepaso de los límites físicos permitió la apertura de otras puertas.
Poternas, inexistentes para muchos, que habilitaron nuevas sensaciones.
            Más allá de los límites generados por las vías del Ferrocarril. ¿Existía la vida?
No lo sé, Lector.
Sólo sé que el silencio invadirá mis palabras, como una respuesta a la pregunta.
Porque más allá de las vías, y de eso estoy convencido, solamente residía la filosofía.
Una parte de la Fe, de la misma Fe que acompañó mi vida, redimiéndome en el asombro por descubrir.
Una admiración digna del éxtasis, un arrobamiento que consolidó la incipiente cultura de hombre libre, que me domina.
Otorgándome, si lo sé, las fuerzas para superar el límite marcado por las vías, hoy desamparadas ante tanta privatización.
Un límite desasido entre la barrera de dependencia para con Felisa y Juan, y por sobre todas las cosas, un límite para manifestar un mundo nuevo, ajeno al fútbol, a la Escuela y a las carreras de autos de plástico…
Rellenados con masilla y bolas de metal.
Un límite reflejado en una pantalla mágica, blanca y gigante, en donde los hombres jugaban en pos de la aventura, la acción y el romance.
Más allá de todos los límites.
Conocidos en mi infancia.
En esa sección de la memoria, el cine Monumental abría sus puertas, de madera y cristales, en un extremo de la calle…
La misma que coronaba hacia el sur el edificio de la pizzería Antón.[86]
La misa calle de la Heladería,[87] y de los otros cines.[88]
Edificios que abrían sus secretos a mi infancia.
Pero más allá de las vías del Ferrocarril, emergía un código que ninguno de los amigos del barrio, podía mensurar.
Para acceder a la calle del cine Monumental, era necesario el dinero.
El capital de las demandas primarias, del cual sabíamos, se ocupaban como podían, nuestros padres.
El capital de las demandas secundarias, como el cine y las pizzas, por lógica, sólo nosotros.
Para lograr el dinero necesario, recurríamos a juntar huesos, metales y vidrios en los descampados del barrio, materiales que llevábamos hasta un acopiador.
¿El destino?
Pagar la entrada al cine, y luego una porción de pizza.
En el hall del cine, la ansiedad motorizada por los afiches, provocaba distintas sensaciones, y la excitación, a veces, se traducía en curiosidad.
En ocasiones mutaba al sentarnos en las butacas, cuando nos asegurábamos de observar escabrosas escenas, aunque las imágenes sólo nos mostraran un reverente beso de amor.
Cuando la proyección finalizaba, las luces de la sala se encendían.
Los amigos del barrio, entonces, nos dirigíamos hacia el otro extremo de la calle…
Donde se ubicaba la pizzería.
Instalados alrededor de las mesas de madera, bebíamos una gaseosa mientras aguardábamos las porciones de pizza.
El local era inmenso.
Sus ventanas abrían hacia las calles que conformaban la esquina, y perforaban como pocas, la barrera que constituía la existencia del paso ferroviario.
El color de las paredes era verde oscuro, pero la falta de renovación lo hacía aún más sombrío.
Cuando las porciones de pizza llegaban a nuestra mesa, el silencio borraba las carcajadas y las chanzas.
            Un silencio sabio resultaba.
Contenedor de deseos permitidos.
En ocasiones, el dinero juntado durante la semana, no alcanzaba para repetir porciones extras, por lo tanto, la segunda porción se repartía entre todos.
Al regresar a nuestro barrio, los bolsillos se consolaban en el vacío.
Retornábamos cruzando el túnel ubicado debajo de la estación de trenes, y desde allí, por la vereda del cine Alambra y de la Catedral.
Hasta divisar los extramuros.
Al llegar al “campito”, donde muchos años después se elevaría el edificio de la Escuela José Mármol, nos entonábamos para completar las cuatro cuadras restantes.
En silencio.
Seguramente con el miedo a revivir en las quimeras de las sobras.
Una vez que rebasábamos los espacios repletos de arbustos y baldíos, elevábamos un silbido temeroso, que se apagaba en forma efímera.
Una vez en mi dormitorio, preso de las imágenes que habían poblado la pantalla del Monumental, la Luna se apoderaba de la noche y de mi sueño.
Al llegar la mañana, el sol o la lluvia, impulsaba el reinicio de la recolección de huesos, metales y vidrios, en los baldíos del barrio.
Inanimados trozos que dignificaban el acceso a una nueva aventura…
Y a las pizzas.
            ¿Más allá del cielo…? qué existe?
Pido perdón, Lector, pero la frase dista de conformar una respuesta.
Sólo puedo decirte, que la vida me ha señalado que más allá del cielo sólo existe la luz.
Un haz diferente, sublime e irrepetible.
Que tiene por misión, proyectar la existencia Humana.


Poética/Insoneto XXIII
Las mandarinas


Las mandarinas libres en mis manos
en el ocaso de la piel, son amarillas…

Desgajando colores en mis dedos
y alegrías, de lejanos mediodías.

Las mandarinas en giros infinitos
son los ojos de mi madre añorada…

Volando en los espacios de sus gajos
sobre mis labios abiertos en el néctar.

Las mandarinas vuelan, solas, libres
renovando giros a la infancia perdida…

En la voz de Felisa, que gira giralunas
girando como Juan, dorado en soles.

Por eso en amarillo su ciclo retrocede
desgajando los colores, en mis manos.




Capítulo XXIV
Los nísperos, los pinos, los barriletes y el viento.


Sé que los pinos velan, como eternos vigilantes del barrio, el patio de la casa de la familia Dericia.
Sé que se mecen, en su altura indescriptible, junto al viento que los acaricia, inexistente.
Sé que aguardan la llegada de la noche para acompañarme, iluminando a las palomas que dormitan en sus ramas.
Sé que evitan la presencia de Roberto, que seguro tratará de impedir que “robe” los frutos de sus nísperos.
Una acción que la puerta abierta genera hacia mi infancia, instaurándome en los pinos para burlar los accesos consentidos.
Una ironía hacia el espíritu pirata, y una sátira ubicada entre el peligro y la acción.
Eslabones, con los que finalmente la noche consagraba mi vida, diferenciando los accesos que el barrio exteriorizaba.
Por ejemplo…
Los accesos de cada vivienda.
La mía, con dos puertas hacia el frente, y la de Luis y Modesto con un ingreso oculto, sólo conocido por ellos, y por quien estos textos escribe.
Esos accesos, como las noches en que me instalaba en el patio de los pinos para iluminar el sueño de las palomas, significaban en realidad atajos.
Partes de una saga que nuestros padres ignoraban —Juan, Felisa, Modesto, el padre de mis amigos,[89] y Elsa, la madre—.
Ingresábamos a la casa de Luis y Modesto, a través de una abertura en el tejido perimetral.
En el límite que definía nuestros terrenos hacia el oeste.
Una vez ingresados, un angosto solado servía como eje, y sobre ambos lados, el padre de Luis y Modesto cultivaba una pequeña quinta, de la cual recogía hortalizas para consumo familiar.
La huerta se diferenciaba del espacio principal de la vivienda, porque un muro de ladrillos se elevaba en forma transversal al terreno.
Superado el muro, emergía la casa, e inmediatamente un pequeño galpón donde el padre de mis amigos guardaba sus herramientas.
El lugar resultaba inexpugnable.
Eso era motivo suficiente para intentar “tocar” las herramientas.
Perplejos instrumentos que nos hablaban de un mundo adulto, y diferente al nuestro.
Modesto, que era el nombre del padre de mis amigos, nos permitía ingresar al galpón cuando arreciaban los vientos sobre el barrio.
Un Céfiro violento que encantaba nuestras mentes, para que concibiéramos nuevos barriletes.
Un motivo imprescindible para que nos refugiáramos en ese lugar…
Interdicto por las herramientas.
Armar los barriletes, significaba iniciar la búsqueda no sólo del papel, sino que resultaba fundamental conseguir cañas secas y livianas…
Las que sólo se elevaban en el cañaveral de la finca de la familia Cativelli, sobre la margen norte del río.[90]
No dudábamos en concretar la aventura, ya que el cañaveral se enlazaba con las márgenes del río.
Atravesarlo, significaba ascender sobre la montaña de tierra que la municipalidad había acumulado en el centro.
Un desnivel artificial que luego sirvió de base para la construcción del Anfiteatro.
Llegar a la finca de la familia Cativelli también contenía el sabor del peligro, dado que para cortar alguna de las cañas secas, debíamos enfrentarnos con el dueño, quien se ofuscaba cuando nos sorprendía.
Obtenidas las cañas, a pesar del enojo circunstancial del dueño, sólo faltaba conseguir el papel…
La consistencia idílica, que otorgara consistencia a la estructura diseñada.
Esa etapa generaba una nueva travesía, ya que el comercio que vendía el papel se ubicaba en una esquina de la calle Rioja, alejada del barrio, y cercana al Estadio “Manuel Anselmo Ocampo.”
Allende a los terrenos del Ferrocarril.
Al regresar, buscábamos en la casa de algún amigo una bobina de “hilo Pita”, y previo paso por un pan de cera —que le otorgaba mayor resistencia—, enrollábamos el hilo en un palo de madera dura.
El engrudo que unía el papel a las cañas, era tarea para don Roberto, quien lo hacía de buena gana, siempre y cuando no nos hubiese descubierto sacando frutos de sus Nísperos.
Una vez construido el armazón, pegado el papel, y untado el hilo, nos dirigíamos a su casa para terminar el armado.
La estrella era la forma preferida, ya que sus puntas permitían abrir espacios para colocar flecos.
En realidad, colgantes de papel que al tomar contacto con el viento, bramaban simulando voces.
Regresábamos al cuarto taller para dar el toque final antes de iniciar el vuelo.
Modesto, el papa de mis amigos, nos veía ingresar y alegaba:
            —¡Ahora regresan al nido, porque sólo yo tengo las herramientas! —con su sonrisa bonachona.
Inmutables, controlábamos el balanceo de los tiros y la cola del barrilete.
Y el espacio tiempo…
En definitiva, quien estos textos escribe, al igual que Luis y Modesto, no construíamos barriletes para lidiar contra el viento.
No.
Simplemente intentábamos mantener el orgullo del barrio.
En el espacio tiempo.
Al llegar la tarde de un ventoso día, se iniciaba la competencia entre los niños del barrio, y también aquellos que habitaban en sectores vecinos.
Como los terrenos baldíos de nuestro barrio, permanecían ausentes de cables conductores de energía eléctrica, facilitaban el vuelo de los barriletes.
Sin complicaciones.
Aunque no era fácil mantener el barrilete en posición.
Mucho menos lograr distancia y altura.
Todos los que participábamos, sabíamos cómo hacerlo.
Porque lo importante, era mantenerse en el espacio para jugar con el viento.
            Jamás perdí uno de mis barriletes.
Aunque algunas veces la cola se enganchaba en otra, de un barrilete amigo, y renegaba hasta que el viento las separaba.
En la actualidad, cuando mi cabello es escaso, y el color ha sido ocultado por el blanco, el viento acompaña a la ciudad donde resido.
Un viento similar que sopla durante un gran porcentaje de los días del año calendario.
Y es el viento, en definitiva, quien retorna para contenerme.
Con una fuerza que redime a mi prisión en esta Aimogasta, que increíblemente amo, para acompañarme en la risa y en el gozo…
Inexistente.
Loco.
Sólo cuando sopla el viento.
Sé que los pinos velan, como eternos vigilantes, el patio de la casa que ahora habito.
Sé que se mecen, en su altura indescriptible, junto al viento que los acaricia, inexistente.
Sé que aguardan la llegada de la noche para acompañarme, intentando iluminar a las palomas que dormitan en sus ramas.
Sé que sobre el pensamiento de la crónica en la existencia Humana, el viento conjura en esta casa, que ahora habito, el espacio de mi barrio en la Villa María de la infancia.
Por eso sé que es mi obligación tratar de conseguir las cañas necesarias, y el papel y el hilo que retornan perennes a mi vida.
Sé que don Roberto aguarda con el engrudo preparado, en su casa inexistente, para hablarme con su voz temblorosa, pero amiga del alma.
Sé que doña Elsa, a regañadientes defenderá el espacio de su peluquería, y no nos permitirá ingresar en la vivienda.
Sé que don Modesto, sabiendo la negativa de su esposa, me aguarda para abrir el cuarto que contiene sus herramientas; porque sé que él sabe que el tejido del patio de su casa continúa abierto.
Ausente de los baldíos, que hoy, repletos de construcciones, trepidan para que un barrilete se eleve.
Sé que mi vida late.
Nuevamente.
Lo sé.
En ese espacio del tiempo, donde los árboles que ya no existen, encantan en el viento los frutos que no comeré, y las palomas que no alumbraré.
Porque en los pinos que mi infancia ha protegido, sólo se cobijan los barriletes, esos cometas inexistente que sobrevuelan las manzanas del barrio Güemes —hoy soterradas por viviendas—.
Para reír.
 Céfiro en el viento:
            Entre los nísperos.
Alumbrando palomas.



Poética/Insoneto XXIV
Sin contornos


En el blanco finito de la infancia
fue la pluma bastión indestructible,
de un dialecto urdido en disidencia
que en colores a la forma definiera.

Así fue, que sumido en letanías, y
en siluetas sin contornos y alegrías,
fue la pluma simulacro de agonía
y una tregua para izar una bandera.

Con el blanco finito y los colores
entre lunas opacadas en albores…

Luego impuso la vida a las palabras
insinuando a las líneas transigentes…

No hubo lapsos del tiempo disidente…

Ni contornos, sin infancia residente.



Capítulo XXV
Los amigos del barrio.


El barrio, sepulto por la Luna, soterra la distancia que guarda en sus cajones.
La etapa de la infancia que se compone no sólo de nostalgia, sino en conjunto con los secretos de quienes fueron actores.
Seguramente, si alguno de los nombres de quienes contribuyeron a fundamentar los recuerdos, se perfilara en una senda diferente, me encontraría en una calle distinta a la calle Pedro Viñas que iniciara este relato.
Una calle con calzadas y veredas que no reconocería, aunque portara los mismos secretos y la misma nostalgia.
El barrio, lo sé por el simple hecho de saberlo, ha guardado los nombres de los compañeros y amigos.
Nombres que hoy, distantes y sepultos por la misma Luna, no tornan con precisión.
Algunos forman parte del contexto que revitaliza mi infancia, otros, si bien no influyeron, el cariño me obliga a registrarlos,  permitiéndoles ocupar un espacio en esa parte de mi vida.
Los menos, esenciales para la existencia, permanecen en los anaqueles que prodiga la historia del barrio Güemes.
«Palín», heroico gladiador en miles de batallas fingidas.
«Negro», el gordo que soñaba ser Policía Federal.
Ariel, el arquero del mítico equipo de fútbol. El mismo que no pudo concretar el sueño de sus padres, porque una lancha —similar a las que dejábamos correr en las cunetas del barrio cuando llovía—, canceló su vida en un diciembre triste, en el embalse del río Ctalamochita.
«Flaco» Alba, amigo de los cómics.[91]
«Tito», el flaco con rulos que anhelaba ser el Jefe de nuestra “mafia” barrial.
Daniel, sobrino de Curcuncho.
Daniel, el dueño de la pelota de cuero.
Ángel, uno de los mayores, cuyo padre era propietario del Stud de caballos de carrera.[92]
Mónica, hermana de Ariel.
Graciela, la otra hermana, que reside en la perpetua Río Gallegos.
«Flaco», alto y desgarbado en su nobleza.
«La Negra» que una tarde de carnaval me regaló un chocolate “Aero”.
«Negro», compañero de “tapadas” de figuritas.
Ellos, no otros, sólo ellos, fundaron el barrio Güemes en mi Villa María natal.
El mismo barrio que continúa abriendo sus calzadas —con veredas de mosaicos y perfiles minimalistas—, entre la sublimación de la pobreza, y la heroicidad de sus primeros habitantes.
Ellos, no otros…
Sólo ellos son dueños.
Los verdaderos propietarios de la emoción, y del sentimiento que cobija cada recuerdo.
Porque de emociones y sentimentalismos se compone la memoria.
De cada barrio.
También del mío, sepulto por la Luna, que continúa soterrando a la distancia, mientras trata de guardar en sus cajones…
Otras infancias.



Poética/Insoneto XXV
Sensación de Poeta


Situado en un lugar en el espacio,
de ilusas sensaciones de Poeta,
torno una flecha, en punto cero
cual arquero de juegos inocentes.

Situado en un lugar inexistente
cual metáfora regreso atiborrado,
hecho febrero y línea de poniente
ficción y letras, tinta en el dorado.

Y sin saber por qué, retorno altivo
con prosa de versos en romance…

Hacia el lugar, situado por las hadas
donde inserto mi ilusión en utopías.

Tal vez por eso, sueño cada noche
que el bardo aún, ilustra a los poetas.

Embajada de la Escuela José Mármol - Plaza principal de Villa María



Capítulo XXVI
La estrella de sheriff y el algarrobo.

Antes del nacimiento de la noche.
En el mítico lugar de la inocencia.
Sucedía el final del terreno, penetrando a nuestros espacios, y abriéndolos hacia la calle paralela, donde se congregaban los mayores para jugar a las bochas.
Ocasionales testigos, e incapaces de hilvanar una jugada con las bolas de madera, los amigos del barrio nos colocábamos al costado de la cancha virtual, conformando un canal para observar  el desarrollo de cada juego.
            —¿Acaso...? un partido de bochas? —conjeturo ahora, intentando un nombre que no suena como tal.
Al vencer el horario de comercio, los hombres con mayor predicamento económico en la ciudad, ocupaban los baldíos dispuestos a apostar.
Era ese un indeseado momento, porque una tácita ordenanza nos obligaba a retirarnos.
            —¡Ya está! ¡Han visto mucho y es hora de retirarse! —resonaban en ordenes las palabras de los mayores—. ¡A otro lugar! ¡Acá no hay espacio para los chicos!
Nos retirábamos en silencio.
Con respeto.
Algunas veces, antes de que las voces resonaran expulsándonos de nuestra «manzana», nos reuníamos bajo la copa de un algarrobo vencido por el viento, en la esquina de la calle paralela y la avenida costanera.
Cual Jesuitas expulsados por el rey cazador «Carlos III», impetrábamos plegarias sin sentido, sentados en su mítico tronco.
Como la pelota de cuero había sido olvidada en alguna casa, y los presentes no resultaban suficientes para iniciar una carrera de autos, nos quedábamos sentados sobre el tronco, observando apostar a los mayores, mientras las luces finales de la tarde, sobre el horizonte, rescataban el perfil del “puente viejo”…
Sobre el cauce del rio inmemorial.
El mismo, que ajeno a nuestras plegarias, persistía en avanzar, sin contrariarnos.
Mostrándose al cielo, con sus aguas marrones preñadas de bagres y mojarras.
Sólo contábamos anécdotas.
Con el terror como argumento preferido.
Si el viento llegaba, encendíamos una fogata y nos arremolinábamos conjugando el temor, hasta que llegara la partida hacia nuestros hogares.
Si el viento, indiferente se recluía en la pampa gringa, soñábamos soñar a los sueños insoñados.
Todo transcurría.
Monótonamente.
Hasta que sucedió una tarde.
Tras el paso de la navidad, cuando «Papá Noel» dejó en mis manos un equipo de Sheriff.
Llegué a la esquina del algarrobo investido con el equipo.
Emulando a un Justiciero del lejano oeste americano.
Alardeaba ser un vaquero, y con ello, sin darme cuenta, provocaba la envidia de mis amigos.
Sentado en un extremo del tronco aguardaba una respuesta a mis saludos, pero ninguno de los presentes intentó una réplica.
Me incorporé tratando de llamar la atención, aunque el grupo continuó ignorándome.
Modesto, ante la atención de los presentes, continuó su relato sobre una terrorífica serpiente.
Regresé mi cuerpo al suelo, desconcertado.
De pronto, sumido en la desesperación, noté que la placa con forma de estrella se había desprendido de mi camisa.
Olvidándome de los amigos, de sus anécdotas, y de la trascendente historia que Modesto relataba, circundé el tronco del algarrobo, y sin resultados positivos recorrí cada lugar del extenso baldío.
Los mayores concluían con el juego de las bochas, y ninguno de mis amigos parecía dispuesto a colaborar con mi búsqueda.
Permanecían sentados sobre el recto tronco del algarrobo.
Ignorándome.
Durante largos minutos deambulé de un lado a otro, infructuosamente, ya que la estrella de Sheriff no aparecía por ningún lado.
Regresé al algarrobo, y entonces, a punto de estallar en lágrimas, la voz de Luis serenó mi acelerado corazón.
            —¡Acá está! —gritó—. ¡Acá!
            —¿Dónde? —exclamé, corriendo hacia él.
            —¡Ahí! —contestó—. ¡Sobre la rama!
Giré mi cuerpo y mis ojos la descubrieron, brillante.
Estiré el brazo, y la tomé con la mano izquierda.
Entonces…
Ante la sorpresa de quienes me habían ignorado, comencé un derrotero preñado de gritos, ya que junto con la placa mi mano había atrapado una inmensa araña negra.
Como las que argumentaban algunos de los relatos de Modesto.
Mientras corría y corría, percibía que el ácaro subía por mi brazo hasta llegar a la cara.
Cansado, me detuve para juntar fuerzas y tratar de que la araña se desprendiera de mi mano, pero impedido de generar un movimiento, sólo aguardaba que me picara.
Pero la araña no se movía.
Inerte, continuaba en el mismo lugar.
Como mi mano, inmutable a las acciones que la mente ordenaba.
Fue en ese instante, cuando escuché las risas.
            —¡Vitino pavo! —gritó «Palín» riéndose.
            —¡Gringo chivo! —expresó Modesto, sumido en otras risas.
            —¡Es de goma! —sinteticé—. ¡La araña es de goma!
Efectivamente, la araña seguía inmóvil en mi mano izquierda, esperando que separara los dedos para dejarla caer hacia el suelo.
Me senté, y comencé a reír.
Tomé la araña y la impulsé lejos, tratando de que llegara hasta el río cercano.
            —¡Gringo tonto! —masculló Luis, y corrió a buscarla.
Seguro serviría para otra chanza.
Desde aquel día…
De todos los días que compusieron las tardes que el Creador regalara a mi infancia, aprendí a compartir.
La anécdota de la araña y la estrella de Sheriff, perduró por mucho tiempo.
No existía conversación entre los amigos del barrio que se preciara de tal, si alguno olvidaba referirse a ella.
No recuerdo la fecha, pero sucedió una tarde en que el cielo, encapotado, iluminó a uno de los amigos del barrio para que trajera una pelota nueva.
Un nuevo milagro ocurrió.
Abandonamos el rito de impetrar con plegarias sin sentido, y nos congregamos, como los mayores con las bochas, para iniciar los partidos de fútbol.
Luego, los terrenos fueron ocupados con ladrillos, y cercenaron el espacio.
Como he relatado en otras puertas y espacios del presente libro, una construcción dividió nuestro campo de juegos, y se elevó, separando las visuales.
Nuevos paramentos que constituyeron nuevas construcciones.
Los amigos del barrio continuamos jugando al fútbol —en otros terrenos baldíos—.
También a las carreras de autos, siempre ajenos a la dinámica de cambio.
Así fue cómo el algarrobo fugó de la vida.
Junto al juego de bochas, en las fingidas canchas de gramilla y tierra colorada.
Así fue cómo el algarrobo ascendió al panteón de los dueños de la tierra americana.
Arrancado de cuajo y depositado en el margen opuesto a su nacimiento, para que la madera se consumiera presa de un fuego inexistente.
Nuevas llamas que incentivaron mi conciencia de escritor.
Un extraño razonamiento sobre lo correcto e incorrecto.
Lógica que la vida confirmó sobre el nuevo puente, descubriendo el perfil del «Puente viejo».
Lógica, que luego continuó otorgándome y quitándome diferentes estrellas de Sheriff.
También las voces de mis amigos.
Esas, que cerraban una puerta, para resguardar a los recuerdos.



Poética/Insoneto XXVI
Presuntuosas gotas


Presuntuosas gotas que caen
en el cauce que corre tributario.

Semejan llamas e idus conocidos
y a los rostros de la niñez pasada…

Recuperando las lluvias en el río
y a las lágrimas, liosas y asentidas.

Presuntuosas gotas que plisan
a los pliegues, en mis manos,
recuperan las rabonas inventadas…

Y los partidos de fútbol, en el barrio.

Porque en el agua, entre los sueños
con la gloria y euforia del pasado,
serán siempre la musa y recorrido
de la mística luz que otorga vida.



Capítulo XXVII
La partida de Luis y Modesto.

Cuenta la historia…
Que en el instante final, las velas encendieron a los días.
Sucedió, inequívocamente, cuando se produjo la apertura de la puerta de metal.
Una poterna que cerró a las restantes.
Condenándolas a formar para de los recuerdos.
Ese acto, crucial en el desarrollo de mi infancia, también selló al cuarto de la inocencia, permitiendo que nuevas vidas ocuparan a la mía.
Es por ese simple, estricto, y particular motivo, que al situarme en éste espacio del tiempo, confirmo la certidumbre que habitó en mí desde el ocho de febrero de 1956, cuando el primer grito fue transformado en llanto…
Prematuro.
Por cierto no he vuelto a ocupar el mismo lugar.
Circunstancia que me permitió elaborar alternativas y generar vivencias —según el desarrollo y la edad—, las que se transformaron en un rompecabezas, que cada día renace para mi mente logre rearmarlo.
Sé que no pertenezco sólo a un lugar…
Sé que eso ha sucedido, cardinalmente, porque he formado parte de la fábula que contiene a mi historia.
Una fantástica síntesis que convalida la frase, aquella que dice… “Sólo la poética permite la residencia para que el hombre pueda construir”.
Sólo los sitios establecen al lugar; y sólo éste, en cada espacio, consolida a los círculos y a los seres queridos, fortaleciendo y transmutando los afectos en la gloria que revive en los recuerdos.
La gloria del amor y de las utopías.
Quimeras que en el transcurrir de mi infancia, conducían a la puerta del corazón.
            —¿Cuándo se marcharon Luis y Modesto?
Lo hicieron una mañana, con destino a Monte Grande, en la provincia de Buenos Aires, junto a sus padres y hermana.
Una mañana en la que la mítica y la lírica, que habían conformado a la infancia, marcaron una inflexión en el espacio tiempo de mi vida.
Llegué a pensar que la partida de mis amigos, consumía una de las velas encendidas desde mi nacimiento.
No pude comprobarlo…
Por la lógica intolerante.
No pude observar restos de cera, sobre la mesa donde descansaban la conciencia y los sentimientos.
Sólo pude observar las vivencias y el inicio de los recuerdos.
            —¿La casa de Luis y Modesto?
La vivienda fue ocupada por otra familia, con hijos pequeños, que jamás compartieron con mis amigos del barrio.
Una nueva familia que iniciaba un nuevo tiempo, en el tiempo de mi infancia.
            —¿Después?
Nuevos amigos llegaron…
Otros lugares se mostraron a la vida.
Comprendí, entonces, que otras velas iluminaban con idéntica luz, mi camino hacia la meta.
            —¿Luis, recuerdas la promesa? —pregunto, y Luis me observa, sustentado por una nube.
            —¡Sí! —me contesta, imbuido en las sonrisas—. ¿Vos, Vitino…? que hiciste? —me recuerda—. La maestra Sara te había pedido que asistieras a una compañera.
            —¡Sí! En la campaña de vacunación —replico, abstraído en la apertura de las puertas que conforman la existencia—. Controlaba que colocar una sola dosis en cada cubo de azúcar.
            —¿Te gustaba? Se te había pegado como “estampilla”.
            —¡No logré decirle nada! —exclamo, y Luis me observa, aguardando una nueva pregunta—: ¿Al marcharte del barrio…? Imaginabas que la infancia…?
Luis, recostándose sobre la nube, responde:
            —¡Imaginaba!
            —¡Yo también! —irrumpe Modesto, a través de una ventana dibujada en el muro—. Pensaba que al marcharnos, el horizonte sería diferente al conocido en la Villa.
            —¡Hicimos nuestra vida en Monte Grande! —asegura Luis, que ahora se ha sentado en la nube—. En Buenos Aires nacieron nuestros hijos.
            —Allí murió nuestro padre —acota Modesto—. ¿Lo recuerdas?
Hago un profundo silencio.
            —¿Le hablaste a tus hijos sobre nosotros? —me pregunta Luis.
Emerjo del profundo silencio.
            —¡No! —afirmo, y mientras la soledad me contiene, imagino—. Creo que ese es el motivo de haber trasladado en frases mis recuerdos… ¡Palabras que rememoran nuestra historia!
El viento sopla con más fuerza, quitando a Modesto de la escena.
La nube que soportaba a Luis se rompe, y las lágrimas invaden al espejo, que concluye las miradas…
Desapareciendo.
Una gota cae sobre la vela consumida, pero no logra apagar el fuego.
Inexistente.
Ahora.
Octubre del año 2014.
Presente del futuro inmaculado, abro, leo, releo y corrijo este mensaje que he destinado a mis hijos.
Un mensaje redactado como libro…
Con las palabras que residen en los espacios y tiempos que solo a ellos pertenecen.
Porque aquel que recibe el don de volcar en palabras sus sentimientos, ha vencido a la muerte.
Como vencieron los recuerdos de la infancia a la mía.
Recuerdos guarecidos, por las puertas de mi infancia.
Recuerdos protegidos, por los duendes que aún residen en el barrio Güemes de mi Villa María natal.
Recuerdos transformados en espíritus, que certifican a la existencia como un paradigma de la vida.
Una vida que ustedes:
Germán, María Laura y María Inés…
Gestaron en mis tiempos y espacios de padre…
Como el más bello ejemplo del amor.



Poética/Insoneto XXVII
La canción del domingo


Cantaba los domingos en la mesa
en el idílico trance de la infancia,
formando parte del rito, la familia…

Una eufonía dictada por la euforia.

Eran canciones, inéditas, cual rías
vejando océanos y ríos recogidos,
y separando al mar del continente…

Mascarón de proa, y Luna en popa.

Incluyo hoy, no sé por qué, percibo
una angustia que lacera, sin sentido…

Como canciones laceradas, y elegías,
que eviternas, facultan a la historia.

Como cántaros que evaden a la fuente
y a mi vida, en canciones de domingo.

Capilla Cristo Rey (fachada actual)



Capítulo XXVIII
Incongruencia.


Cumplidos cincuenta y ocho años de vida, aún recreo los espacios y tiempos de mi infancia.
Nutrido en ellos, llego hasta la casa de la calle Bruno Ceballos —Pedro Viñas—, con la intención de liberarme, y luego, ingreso en la fábula como si fuera una quimera que retrotrae a la lógica.
Para abrir nuevamente estas puertas.
En el día de cada día…
De la vida.
Como una muestra del perdón de Dios hacia la incomprensión humana.



Agradecimientos


A Felisa y Juan.
A mis amigos, Luis y Modesto Agatiello; y a sus padres Modesto y Elsa.
A Roberto Dericia.
A la Estación de trenes del Ferrocarril Mitre de Villa María.
Al bar «El Porteñito».
A los amigos del barrio, y a los compañeros de la escuela primaria José Mármol.
A las Corbatitas, Vizcachitas, Cardenales… ¡Gracias!, y ¡perdón!
A los Barriletes, y al dueño de la librería de los sueños sublimes.
A los Cines… Monumental, Alhambra, y Rex.
A la Casa de campo en Tío Pujio.
A la Escuela Nacional, y a la Escuela Provincial de Tío Pujio.
Al señor que compraba huesos y vidrios, dinero que utilizaba para la matiné del día domingo en el Cine Monumental.
A quienes me dieron una propina en el primer festival de peñas folclóricas.
A la Escuela José Mármol, a la maestra Sara, y a mis maestras de la primaria.
A los Terrenos Baldíos —que ya no lo son—.
A la planta de Mora, al algarrobo, a los Nísperos, y a los Pinos.
A las calles de tierra.
A la pelota de cuero, y a las redes imaginadas.
Al edificio de la Capilla Cristo Rey, y a la calle Pedro Viñas.
A las tormentas del verano; y al pintor de las nubes que pueblan los murales de la Catedral.
A los Hormigueros, a los autos de plástico rellenos con masilla y bolas de metal —Con ruedas de goma, de las tapas de inyectables— y a los barcos de papel.
A mi casa natal, y a su terraza —Aunque el destino la oculte—.
Al Club Central Argentino.
A Villa María.
A todos los que me quisieron, y a quienes aún me quieren.

DEDICATORIA FINAL
A mis seres queridos.
¿Habrán podido leer éste libro?


Mamá Felisa Catalina. —05/11/2004—  Villa María.
Papá Juan Martín. —25/03/1998— Villa María.
Abuela Felisa Guarnieris, dulce como mi madre. —1975—. La Palestina, provincia de Córdoba.
Abuelo José Picotte, que continúa explicándole a Cristo la miseria de los que dicen creer en él. La Palestina, provincia de Córdoba —13/08/1962—.
Abuelo Víctor Stilp, a quien no conocí —06/09/1952—. Escobar, provincia de Buenos Aires —sepultura 7 “g” Nº 1668 Fila 2 Pozo 2 ingresó el 07 de septiembre de 1952, según Libro 1, Folio 164—.
Abuela María Winter, a quien no conocí. Desaparecida localidad de Santa Victoria, provincia de Córdoba. Junto a su cuerpo se encuentran depositados los restos mortales de su hija María Stilp Winter de Satler, hermana de Juan, de su esposo y de “Fici”.
Rubén Darío Alvaro —11/06/1969—. Villa María.
Ariel Audano —23/12/1981—. Villa María.
Luis «Flaco» Alba —09/08/2003—. Villa María.
A quienes los amaron.
A quienes aún siguen expresándoles su amor en forma silenciosa.
El mismo amor que contiene, en definitiva, el significado de haber escrito este libro.


Índice de puertas y espacios.

Primer prólogo
—Néstor Hugo Brizuela—
Segundo prólogo
—Claudia Irene Piro—
Tercer prólogo
—Hilda Norma Vale—
Capítulo I
La historia de la ciudad
Poética/Insoneto I
María de la infancia
Capítulo II
La máquina de escribir
Poética/Insoneto II
Solo, en la gloria
Capítulo III
Las actuaciones en la escuela
Poética/Insoneto III
La casa de la infancia
Capítulo IV
La vivienda de la familia Dericia
Poética/Insoneto IV
La calle
Capítulo V
La librería de los sueños sublimes
Poética/Insoneto V
Figuritas redondas
Capítulo VI
La pesca en el verano, a la vera del río
Poética/Insoneto VI
Honrar la vida en utopías
Capítulo VII
El Barrio en sus comienzos
Poética/Insoneto VII
Algarrobos caídos
Capítulo VIII
Las bicicletas y el sol
Poética/Insoneto VIII
Guadal y ladrillos
Capítulo IX
Las jaulas y los tramperos
Poética/Insoneto IX
Mi presente tan lejos
Capítulo X
El cine Alhambra
Poética/Insoneto X
Azucenas
Capítulo XI
La certeza del Boy Scout
Poética/Insoneto XI
Arremeten aves, y la brisa
Capítulo XII
La sobra de la mora
Poética/Insoneto XII
La morera
Capítulo XIII
El atrio de la capilla Cristo Rey
Poética/Insoneto XIII
Un río en las cunetas
Capítulo XIV
Los cigarrillos Clifton y la yapa
Poética/Insoneto XIV
Caminos y senderos
Capítulo XV
La escuela José Mármol
Poética/Insoneto XV
Leyendas y gomeras
Capítulo XVI
El Río Tercero —Ctalamochita—
Poética/Insoneto XVI
La capilla del barrio
Capítulo XVII
Los autos en el primer Festival
Poética/Insoneto XVII
Glicinas
Capítulo XVIII
La eternidad de Felisa y Juan
Poética/Insoneto XVIII
Mis padres
Capítulo XIX
Los juegos en el Barrio
Poética/Insoneto XIX
Opaco, el norte siempre vuelve
Capítulo XX
Los hormigueros y los autos de carrera
Poética/Insoneto XX
Ahora sueño…
Capítulo XXI
La gloria del vestuario
Poética/Insoneto XXI
En el borde de ladrillos
Capítulo XXII
El barrio, el Porteñito, los mosaicos y la luna
Poética/Insoneto XXII
A veces… Son las flores
Capítulo XXIII
La matiné de cada domingo
Poética/Insoneto XXIII
Las mandarinas
Capítulo XXIV
Los nísperos, los pinos, los barriletes y el viento
Poética/Insoneto XXIV
Sin contornos
Capítulo XXV
Los amigos del barrio
Poética/Insoneto XXV
Sensación de Poeta
Capítulo XXVI
La estrella de Sheriff y el algarrobo
Poética/Insoneto XXVI
Presuntuosas gotas
Capítulo XXVII
La partida de Luis y Modesto
Poética/Insoneto XXVII
La canción del domingo
Capítulo XXVIII
Incongruencia    
Agradecimientos
Dedicatoria final
Índice
Bibliografía
Nota final



BIBLIOGRAFÍA
Notas en pie de página


Carlos A. Martín, Villa María en la Medalla, Talleres Gráficos “J.P.” Sociedad de Hecho, Villa María, marzo de 2001.
Bernardino Calvo, Historia popular de Villa María, Villa María, Edición 1985.
Diarios “El Puntal” y “El Diario” de Villa María.
Viviana A. Luna, Hojas con Historia, Villa María septiembre de 2003, Editorial La Hoja de Villa María.


NOTA FINAL:


“—En el año 1980 comencé a plasmar en hojas de un cuaderno, los recuerdos de mi infancia —escritos bosquejados hasta el año 1977—. Para transcribirlos utilicé la mítica máquina de escribir «Brother».[93] Al asentarme en la ciudad de Córdoba, proseguí la redacción utilizando un procesador personal, y para la corrección final ―octubre del año 2014―, utilicé una notebook”



Final del libro
Puertas de mi infancia
Villa María (1867/2014)
y un espacio en su tiempo (1956/1976)

“—No se conoce ningún caso —ni, en verdad, es posible conocerlo—, en que se encuentre que una cosa es la causa eficiente de sí misma. Pues si fuera así, sería anterior a sí misma, lo cual es imposible.”[94]



[1] Abogado, Escritor, Amigo (… / 2001)
[2] Escritora, amiga, autora del libro: Bouquet de Amor.
[3] Escritora, Amiga, Personalidad ilustre de Ituzaingo, Buenos Aires.
[4] A pesar de que la Biblioteca asegura que el significado de la palabra es ¿“río de los pájaros”? me permito conjeturar a la voz como aglutinante y compuesta, vocablo originario de una variedad pre cacana que fue trasvasada en dialecto, probablemente comechingón. En tal sentido el morfema “mo” señala un color determinado. El morfema “tala” señala al árbol del mismo nombre. El morfema “chi” es corruptela del vocablo “qui” como dimidación; y “ta” señala un determinado aspecto geográfico.
[5] Posteriormente resultó electo Senador por Buenos Aires en el período 1874/1880.
[6]Ciudad vecina, ubicada sobre la margen derecha del Río Ctalamochita.
[7]Calvo, Bernardino – Historia popular de Villa María – Tomo I pagina 15 – 1985 “La ciudad de Villa María carecía de acta de fundación: Edificándola materialmente, se fundó con más eficacia, de conformidad con la primera acepción del verbo fundar, esto es, el complejo de hechos, circunstancias y acontecimientos, que dieron por resultado el comienzo de su existencia; que las autoridades de la provincia y de la Municipalidad del Tercero Abajo la reconocieron oficialmente entre el 28 de septiembre y el 1 de diciembre de 1867 y que su fundador es Manuel Anselmo Ocampo por cuanto Barrelier cumplió simplemente sus instrucciones sin realizar nada por su cuenta, como lo revela documentación conocida. Otra historia asegura que en la margen sur del río en 1826 había nacido Villa Nueva. Junto a ella una posta – Ferreyra – para que los viajeros pudieran descansar y cambiar sus caballos. No fue, sino hasta 1863, cuando el trazado del ferrocarril llegó desde Rosario, Don Manuel Anselmo Ocampo había adquirido la totalidad de los terrenos adyacentes a la estación del ferrocarril. Fue cuando otorgó el poder a Don Pablo Barrelier para la fundación de un pueblo que llevaría el nombre de su hija “María” Si bien el acta de fundación ha desaparecido, o no existe, se considera que el día en el cual fue archivado el plano de la nueva población “27 de septiembre de 1867” en el departamento topográfico de la provincia, es el día de la fundación (plano firmado por Santiago Echenique) – Extractado de Hojas con Historia. Septiembre de 2003 – año I N° I Directora: Viviana Luna.
[8] Pedro Viñas, uno de los nombres dados a la calle donde se eleva mi casa natal. Corresponde al primer intendente de la ciudad de Villa María (la calle para la fecha citada ya se denominaba Bruno Ceballos) Anteriormente, según datos que pude extraer de una nota dirigida al Director de Rentas de la Municipalidad de Villa María, por el escribano Delfín Mario Martínez, del banco Hipotecario sucursal Bell Ville, fechada el 16 de agosto de 1951, la calle de mi casa paterna se denominaba “Calle 3” o “Viñas de Victoria”. (Dicha nota fue contestada por el Director de Rentas, F. Caballero, el 28 de agosto de 1951. Y certificada por el Jefe de Obras Publicas de Villa María, el 29 de agosto del mismo año, expediente N° 35875, otorgando el final de obra correspondiente)
[9] La dinámica de cambio de la ciudad otorgó a mi viejo barrio características residenciales que lo han convertido, en 2004, en uno de los sectores más codiciados de la ciudad. (¿Ironías de la vida?)
[10] Biblioteca del Colegio de Artes y Oficios (IPET N° 2 Domingo Faustino Sarmiento – Hoy IPEM 39)
[11] “Godeco” con mueble de madera.
[12] Papel para dibujo.
[13] «La Brother» permanece en Aimogasta —ajena a las mudanzas— desde febrero de 2004.
[14] Esposa del Vice director de la Escuela de Artes y Oficios.
[15] Aberturas.
[16] Para el autor, los frutos de los nísperos son de forma ovalada. Seguramente la biblioteca asegurará que estoy equivocado.
[17] Párrafo del primer capítulo de… “El Misterio de Edwin Drood” de Charles Dickens, primera edición de mayo de 1958 de la colección Robin Hood. Editorial Acme S.A.C.I. (Artes Gráficas Bartolomé U. Chiesino S.A. Ameghino 838, Avellaneda, Buenos Aires)
[18] Párrafo del primer capítulo de… “El Misterio de Edwin Drood” de Charles Dickens, primera edición de mayo de 1958 de la colección Robin Hood. Editorial Acme S.A.C.I. (Artes Gráficas Bartolomé U. Chiesino S.A. Ameghino 838, Avellaneda, Buenos Aires)
[19] “Los Villamarienses podrán transitar desde hoy por las calles, las sendas peatonales y las ciclo vías de una de las obras más trascendentes y significativas de la historia de la ciudad: El subnivel ferroviario. Después de exactamente un año de trabajos de construcción y con un costo general de casi 2 millones de pesos, el intendente cumplirá su gran sueño, y junto al Ministro de Obras Publicas de la provincia, dejará inaugurado a las 18 el subnivel ubicado en los ex terrenos del ferrocarril, en calle Buenos Aires, entre las avenidas Sabattini e Irigoyen. Esta obra modificará totalmente el diseño urbanístico de la ciudad, porque Villa María ya no estará dividida” – La Voz Del Interior – domingo 14 de abril de 2002 (Página 14 Sección A)
[20] Pregunto… ¿Podrán algún día los hombres que gobiernan nuestros pueblos y ciudades, ser capaces de planificar los canales de recorrido - viales, ferroviarios, peatonales - imaginando que los mismos pueblos y las mismas ciudades, otro lejano o cercano día, crecerán de forma tal que rebasarán sus límites originarios?
[21] En el mes de diciembre de 2003 (momento de la corrección final) la presencia del edificio de la estación de trenes continúa siendo una barrera insalvable (A pesar del nuevo paso vial-peatonal) y una intrínseca manera de comprender que los espacios y tiempos, no poseen espacios y tiempos.
[22] Emisora radial de Buenos Aires (Transmisiones de partidos de fútbol de la “Oral Deportiva” conducida por José María Muñoz)
[23] Los habitantes de la Villa, por ese entonces (1968) solo recibían la señal abierta y en forma directa de Canal 12 de la ciudad de Córdoba (televisión) que transmitía desde las diez horas de la mañana y hasta la primera hora de la madrugada del día siguiente. En el mismo horario, lo hacia el canal 2 de Villa María, de circuito cerrado, que componía una experiencia pionera que se había iniciado en el año 1963, cuando desde la calle Corrientes, al frente del cine Opera, se habilitó el primer canal por conductores de todo el país.
[24] Dedico la narración a: Los abuelos maternos, Catalina Guarnieris y José Picotte, a la vida que me ofreció la alternativa de vivir en el campo, y a Buby, que seguramente desde algún lugar en el cielo, estará esperándome con una botella llena de migas de pan para que lo acompañe a pescar mojarritas.
[25]Según relato de Tía Carmen.
[26] De madera de paraíso (Tal aseveración surgió de la boca de Tía Carmen)
[27] El abuelo falleció en el mes de agosto del año 1962 (actualmente descansa en el cementerio de la localidad de La Palestina, Córdoba) La casa que habitamos, en el campo de la empresa donde Papá trabajaba, se encuentra tal cual la habité. De la misma manera que el edificio de la escuela nacional, en el pueblo de Tío Pujio. Años hacia el pasado, cuando en vida de Juan lo acompañé a nivelar el campo lindero con la escuela, comprobé que habían cambiado el alambrado.
[28] Se puede ingresar al campo que contiene al tambo, una vez cruzado el núcleo urbano de la localidad de Tío Pujio con dirección hacia Córdoba capital, hacia la izquierda, la tercera tranquera de acceso.
[29] Ubicado a veinte kilómetros de Villa María.
[30] En la actualidad dicho límite continúa separando el pueblo del campo.
[31] Las cicatrices en mi pierna corroboran dicha historia.
[32] Nunca más volvieron a ocasionarme miedo las historias sobrenaturales, hecho que he comprobado siendo adulto, al residir en la Córdoba del proceso militar. (Cuando regresaba en la madrugada, desde otro barrio Güemes hacia el centro, donde residía, caminando a la vera de la Cañada)
[33] Hospital Luis Pasteur.
[34] Efectuada en el Hospital por el Dr. Arabel (Padre) el hoy denominado Hospital Regional Pasteur (Data 1926 en el atrio del edificio) se inauguró el 16 de septiembre del año 1923.
[35] Tío Buby se había recibido de Perito Modelista, en la Escuela de Artes y Oficios de la ciudad de Villa María (Que tiempo después sería el IPET N° 2 Domingo Faustino Sarmiento, hoy IPEM 49) Se casó con tía Elena (Hermana menor de mamá) y buscaron nuevos horizontes en la ciudad de Buenos Aires, donde nacieron María Inés y Mónica. Falleció en la ciudad de Buenos Aires.
[36] Editorial Sigmar.
[37] El 28 de diciembre de 1940, una súbita elevación del nivel de las aguas del río Ctalamochita, derrumbo parte de un murallón (dique nivelador) que había sido impulsado desde la intendencia de Salomón Deiver. Seis años después, los vecinos consiguieron llevar adelante un petitorio para solicitar la colaboración de la provincia. Dieciocho años después de la llegada de la creciente, la Dirección de Hidráulica de la Provincia de Córdoba autoriza la voladura del paredón. En octubre de 1958 el Concejo Deliberante aprobó los planos, transfiriendo la obra a la Dirección de Hidráulica. La inauguración definitiva (Compuertas y paso peatonal) se llevó a cabo en el transcurso de 1963.
[38] Mis hijos: Germán, María Laura y María Inés, trabajan y estudian en Córdoba, mientras mi residencia se ha establecido en Aimogasta, La Rioja, a setecientos kilómetros de mi terruño. Mis nietos, Nicolás, Ignacio y Josefina viven cobijados y protegidos por ellos.
[39] Designación catastral.
[40] Reí ante su observación, porque sabía que al igual que los juegos de cruces continuos, cada camino se abría paso entre la verde gramilla, dejándonos su propio corazón de manzana, sólo para los habitantes del barrio.
[41] Moto niveladora, marca Champion.
[42] El IPEM 49 Domingo Sarmiento es uno de los íconos de Villa María. En mí época IPET 2 – IPET 14 – Escuela José Mármol, contuvo infinidad de nombres, pero siempre ha sido y será “Escuela del Trabajo”. Fue creada en 1929, bajo el nombre de “Escuela de Artes y Oficios y Mecánica Agrícola”, aunque en el lugar ya funcionaba con anterioridad la Escuela Maestros Rurales Agropecuarios e Industrial Sarmiento (fundada en 1921).
[43] “Don” Fonseca cuidaba caballos pura sangre propiedad de importantes señores de la ciudad.
[44]La Mecha”, Pickup Mercedes Benz, era un vehículo despreciado por los empleados de alto rango compañeros de trabajo de Juan, por ese particular motivo sólo mi viejo la conducía. (Nada material debe interesarnos, dado que los automóviles solo sirven para trasladarnos y con esa función han sido diseñados) Cierta vez descubrí en el patio posterior que Juan había guardado dos repuestos de la suspensión. Ignoro el destino final dado a los mismos.
[45] Hugo Pratt (Desde el cielo donde residen los dibujantes de historietas)
[46] Curcuncho Lazarte era un integrante de la familia que ocupaba el terreno baldío de la esquina de mi casa, y cuando estaba alcoholizado corría a todo el que cruzara enfrente de su rancho blandiendo en su mano en forma amenazante un pequeño cuchillo.
[47] Palabra de origen amerindio que señala a los pájaros conocidos como “gorriones”.
[48] En la actualidad, transformado en uno de los barrios residenciales más importantes de la ciudad.
[49] Desarenador que se utilizaba para la extracción y selección de áridos.
[50] Rubén Gabetta, hijo de esa familia, formaba parte del grupo de amigos de mi hermano Miguel Ángel.
[51] Ubicado hacia el norte de la ciudad de Paraná.
[52] Sur de la provincia de Entre Ríos, margen del río Paraná.
[53] Cerró sus puertas a comienzos de la década de los setenta tras la muerte del fundador de la Empresa. La misma Empresa – continuada por la familia Fiorano – a mediados de la misma década inaugura el nuevo cine “Ambassador” en las instalaciones del antiguo cine “Rex” de la calle San Martín, con la película “Aeropuerto” protagonizada por Burt Lancaster, Dean Martín y Jacqueline Bisset – el cine “Ambassador” cerró en el año 1980.
[54] El estilo del edificio se asemeja al arte islámico impreso en el palacio de la Alhambra, de la ciudad española de Granada. En su momento, la asociación española de Villa María envió al arquitecto Francisco Salomone a conocer el mencionado palacio y, a su retorno, él diseño el hall con reminiscencias árabes. En consecuencia, las imágenes contienen sólo figuras geométricas y ninguna representación humana, siguiendo la cultura del islam.
[55] Bonfiglioli, Fernando, hijo de bologneses nacido en Brasil y fallecido en 1962 en Villa María, ciudad en la que se radicó por amor a quien sería su esposa. Sus murales de la Catedral, del ex Cine Opera y de las paredes y los techos del edificio de la Casa de España (Cine Alhambra) en la calle Mitre, son motivo de atracción cultural. Bonfiglioli usó la técnica del temple, que utiliza yema de huevo, mezclada con pigmentos y cola vegetal. El restaurador del antiguo edificio, arquitecto Las Heras, respetó dicha técnica aunque con productos actuales de mayor calidad, según sus palabras… "el vencimiento de la cola vegetal ha dejado a la pintura sin fijación y, al tocarla, se queda en las manos".
[56] El Padre Hugo Salvato (Salvatto) fundador de la Comunidad Joven para la Gran Comunidad, fue el personaje que según la mayoría de los Villamarienses encuestados, merecería ser recordado dentro de cien años mediante un monumento en la plaza. Pese a ser Italiano de nacimiento, su trabajo en favor de los pobres le ha permitido gozar del reconocimiento de la sociedad local y villanovense que lo considera un verdadero defensor de los valores evangélicos y que lo apoya por medio de donaciones, no sólo de recursos, sino también de tiempo para los otros... Diario Puntal de Villa María – jueves 27 de septiembre de 2001 – pagina 16.
[57] Roberto Rodríguez (Posteriormente Obispo de la diócesis de La Rioja) asumió como Obispo de la diócesis de Villa María, advertido del “problema Salvato”… “El Diario” Villa María, domingo 19 de marzo de 2006.
[58] La juventud se arremolinó espontáneamente en torno a su figura. La estrategia para convocar fue la simpleza, la palabra directa y propuesta concretas para una generación que vivía un proceso histórico como real protagonista (…) A pesar de su dificultoso castellano, hablaba el mismo lenguaje de la gente (…) produjo un fenómeno inédito en la ciudad. Los hijos de las familias más representativas, por su buena condición económica, se confundían con los hijos de las familias obreras en las tropas de scouts que el padre Hugo había formado recién llegado a Villa María… El Diario, Villa María, domingo 19 de marzo de 2006.
[59] Movimiento nacido en Inglaterra a finales de la Primera gran guerra Mundial. Fue fundado por el General Baden Powell, quien inspiró el lema “siempre listos para servir”.
[60] Cura párroco, sepulto en el acceso a dicho edificio.
[61] Hugo Salvato falleció en Villa María, el sábado 18 de marzo de 2006.
[62] Lanchas simbolizadas en los corchos unidos con alambre, o en los botes de papel de diario pintados con lápices “Conté” que cada uno de nosotros poseía.
[63] Negocio propiedad de Luis Lombardi, un porteño que se casó con la abuela de Luis y Modesto, y se quedó en la Villa abriendo este bar que fue un hito de los comienzos del barrio. (Sus restos mortales descansan en el Cementerio La Piedad de Villa Maria)
[64] Edificación en la  esquina de las calles Pedro Viñas y Salta (hoy Bruno Ceballos esquina Salta)
[65] Autor de la novela “Amalia”.
[66]  El frente ha sido reconstruido incorporando hacia el sur una torre campanario que oculta la escalera citada (Acción lamentable, por cierto)
[67] En los cimientos que sustentan la construcción, se conservan las firmas de aquellos que colaboraron en su construcción. Entre ellas la de Juan.
[68] Nació el 19 de octubre de 1957 y cursaba el primer año del secundario cuando falleció (Leucemia) (Descansa junto a sus padres en un panteón familiar en el sector nuevo del cementerio de la ciudad de Villa María)
[69] Don Luis “El Porteñito” descansa en el cementerio “La Piedad” de Villa María. (Su esposa emigró junto con mis amigos Luis y Modesto, y falleció en Monte Grande, Buenos Aires) El edificio del bar fue remodelado y convertido en vivienda de dos niveles. La roja vereda de mosaicos vainillados permanece inexistente.
[70]  Fumar.
[71] La Escuela José Mármol desarrollaba sus actividades en los salones del primer piso del ala sur del edificio de la Escuela de Artes y Oficios (Que más tarde fue mi escuela secundaria) y como es lógico suponer, las autoridades del ciclo primario debieron adecuarse a la infraestructura prestada.
[72] La Escuela José Mármol había nacido en una vivienda (existente en 2009) ubicada en la calle Salta, veinte metros antes de llegar al Boulevard Italia, sobre la margen izquierda. Su definitivo traslado se concretó en un terreno ubicado en la unión de la calle Naciones Unidas y el Boulevard Italia, donde se construyó el edificio actual. Antes, durante los años de mi educación primaria, la escuela funcionó en el edificio de la escuela de Artes y Oficios (Espacio prestado) y esos salones tabicados se utilizaron posteriormente para dormitorios de los internos de la Escuela de Artes y Oficios. Acoto que en aquellos espacios tabicados aún permanecen las voces de la Señorita Sara, de la Sra. de Carrizo y de mis compañeros y maestras.
[73] Pedro Viñas es el nombre del Club que se formó en el barrio. En la actualidad es un Centro vecinal. En diferentes oportunidades la administración de la Escuela José Mármol obtenía el permiso para el uso de las instalaciones del club, a los efectos de realizar eventos que superaban la capacidad del espacio que disponía la institución. En el club, se congregaban los habitantes del barrio los fines de semana para bailes y otras actividades como el juego de bochas.
[74] Fundado el 02 de diciembre de 1918. poseía un campo de juego para la práctica de fútbol, una sede social, una cancha de paleta y una importante pista de baile abierta hacia el río, en la cual, se presentaban artistas nacionales. Con el tiempo, surgió en el lugar de la pista de baile una imponente pileta de natación (existente) se amplió la sede social construyendo una cáscara en hormigón armado que fue refuncionalizada como confitería bailable (actual) El campo de fútbol fue loteado y su función originaria desapareció.
[75] El Río Ctalamochita (Tal la denominación nativa) ha sido recuperado para la imagen de la ciudad, y en la actualidad pueden utilizarse las márgenes de todo su cauce, en el cruce urbano.
[76]  Este Club, a diferencia del Central Argentino, había surgido como necesidad de la clase alta villamariense y así lo demostraba, con sus canchas de tenis y su pileta tradicional.
[77] Ariel fue embestido por una lancha con motor fuera de borda el 23 de diciembre de 1981. La crónica local cita un accidente ocurrido en el embalse del río Tercero. Había cumplido 19 años (Reside en el cementerio “La Piedad” junto a Juan, Felisa y Rubén Darío)
[78] Con la idea de que la Villa fuera considerada una ciudad de turismo, la Municipalidad durante el año 1965, estudia la factibilidad de promover los valores paisajísticos del entorno urbano (Grupo Ctalamochita) dos años después, el 25 de mayo de 1967, se conforma en el Salón del Cuerpo de Bomberos Voluntarios la Asociación de Amigos del Anfiteatro y con ella, la planificación de un festival folclórico (al estilo de Cosquín y Jesús María) en enero de 1968 se concretó el primer festival. El primitivo anfiteatro erigido sobre una “cumbre” de terraplenes artificiales con tierra volcada y sillas plegables de metal, fue, con el paso de los años, revestido con cemento y sillas de hormigón comprimido pre moldeado. (El emblema es un lechuzón, ave autóctona que representa las tradiciones de tierra adentro) A pesar que el diseño original fue modificado, con la introducción de nuevas estructuras y un nuevo escenario paralelo al río. El proyecto primario es un exponente de la calidad arquitectónica que llenó las mentes de aquellos que imaginaron un futuro de grandeza para la Villa. [Como arquitecto lamento los cerramientos verticales y horizontales que modificaron el concepto del diseño original, invalidando el murallón elevado (Una Huaca amerindia – Tótem – presidiendo el tiempo) y el escenario perpendicular al cauce –abierto al público– que sin lugar a dudas conformaba un hito arquitectónico de la Villa]
[79] Colocábamos las batatas en una fogata, luego de un tiempo las extraíamos y tras quitarles la corteza las comíamos.
[80] Los adultos del barrio, y de otros sectores de la ciudad, habían convertido los terrenos baldíos de la manzana, en abiertas canchas para jugar a las bochas, y para las apuestas clandestinas.
[81] Tiempo después, como alumno de la facultad de Arquitectura, escuché a un ingeniero devenido con el tiempo en Ministro de la provincia de Córdoba, que conformó una frase -pobre frase consentida- donde intentó aclarar que el lento proceso de transformación se denominaba “dinámica de cambio”
[82] Grupo del folclore tradicional argentino.
[83] Grupo del folclore tradicional argentino.
[84] Puente que se ubica en la ruta que une Villa María con la localidad de Arroyo Cabral.
[85] Luis “flaco” Alba, falleció el sábado 09 de agosto de 2003 en una Clínica de Villa María (No pude rencontrarme con él luego de aquellas aventuras, tal vez, porque decidió dibujar historietas mientras yo me ilusionaba con ser Filosofo, aunque sólo soy un Arquitecto) Creo que el “flaco” comprendió la lectura de nuestra infancia sobre los sueños que se cumplen. (Sus hijas y esposa los representan)
[86] Desaparecida en la actualidad, se ubicaba en la esquina de San Martín y Entre Ríos.
[87] “La Madrileña” de la calle San Martín al lado del cine Premier.
[88]  En la cartelera de los cines comerciales, mientras tanto, en el mes de marzo de 1968 competían: “La isla de los delfines” con Larri Domasin, y “Lucha de gigantes” con John Wayne y Kirk Douglas en el cine Opera, que se situaba en la calle Corrientes 1163. “Los astronautas del ritmo” y “Doce del patíbulo” en el cine Monumental, de la calle General Paz 175. “Los Barqueros del Volga” y “Los súper espías” en el cine Alhambra de la avenida Mitre 72-76. “El Cid” con Charlton Heston y Sofía Loren, en el cine Premier de calle San Martín 64-68. “Tiempo de masacre” e “Infierno sobre el pacifico” en el cine Broadway de avenida Irigoyen 313 y “La casa Grande” y “Al diablo con este cura” ambas con Luis Sandrini, en el cine Rex de San Martín 34... (El Diario – Villa María – 03-12-2000)
[89] Chofer de la empresa de ómnibus “Sassi” que unía las ciudades de Villa María y Río Cuarto.
[90] La vivienda se ubicaba en el lugar que actualmente ocupa el Club del banco Nación, sobre la margen oeste del predio del anfiteatro municipal.
[91] No necesité de “nuevos revolucionarios” para reconocer al Maestro Oesterheld, el nombre de mi primer hijo lo certifica.
[92] Falleció en el año 2010.
[93] Aún conservo los manuscritos y la máquina de escribir.
[94]Santo Tomas de Aquino (Summe Theologica I Pregunta 2 Articulo 3)

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